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Rumbo al pueblo escondido

¿Que fue lo que impulsó al gran navegante Argentino Vito Dumas a realizar la vuelta al mundo navegando en solitario? He leído mucho al respecto y no me cabe duda de su valentía; de sus conocimientos marinos; de su organización personal y de su capacidad de resolver situaciones en condiciones extremas; pero se me cruzó por la mente la curiosa idea de que quizás le costó conseguir compañero/s para semejante aventura. Imagino algunas conversaciones antes de partir: “este fin de semana no puedo”; “que el otro si”; “mi familia no me deja”; “mejor vamos para el otro lado”; “son muchos kilómetros”. Es dura la vida del aventurero, y la soledad es a veces una decisión práctica e impulsiva. Una mañana de domingo, en el que parte del país aclama al rey Momo, decido arrancar un recorrido varias veces soñado y postergado. Me voy a pedalear un par de días, y el destino fue conocer el mítico Pueblo Escondido en la provincia de Córdoba. Me acompaña mi bicicleta Reid, una gravel ideal para este viaje. Y como le habrá pasado al señor Dumas, cuando comenté el destino, a mi también me dijeron que estaba loco.


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El futuro llegó y es el bikepacking

Un recorrido en bicicleta de 48 horas debería catalogarse como una aventura express en el manual de los biciviajeros. Tomando en cuenta mi caso, y habiendo planificado dormir una noche en el auto y la otra en un refugio en la montaña, evito transportar carpa o usar portapaquetes con grandes alforjas. Solo cinco pequeños bolsos colocados en lugares estratégicos de mi bicicleta, me permiten llevar lo básico para esta excursión. Esto señores se llama Bikepacking y es la evolución del cicloturismo, nos facilita el desplazamiento alivianando nuestro peso total y permite disfrutar una conducción rápida y agresiva. Solo llevamos lo necesario e indispensable.

La noche es placentera y extraña a la vez. Una improvisada cama en la parte trasera de mi auto obra de albergue fugaz para dormir, casi abrazados, con mi  compañera Australiana. Para evitar confusiones aclaro que este origen geográfico es el de mi bicicleta Reid Granite 2.0, una máquina pensada y diseñada para el cicloturismo.

Río de los Sauces es un típico y pequeño pueblo de las sierras Cordobesas dividido en dos por un arroyo, que por cierto tiene muchos sauces. Son las 8am y luego de dejar el auto en el camping del pueblo, a la sombra de uno de los árboles que dan nombre al lugar, comienzo el recorrido con la esperanza de dormir la próxima noche en Pueblo Escondido. Las cubiertas de mi bicicleta ya dejan huellas en tierras Cordobesas.

Emprendedurismo

La ruta ya estaba memorizada de tanta búsqueda en internet. Salgo del pueblo, me dirigo rumbo norte hacia La Cruz y doblo a la izquierda en el primer desvío a los 10 kilómetros. Desde ahí comienza un largo camino en el que el ascenso será estoico y apenas será olvidado durante alguna bajada obligada por alguna cañada. Los 80km programados para ese día son duros y los tomo con calma, los paisajes así lo ameritan.

Paro para almorzar junto a un arroyo, ante la vista de un gigantesco lagarto overo y más adelante una siesta de algunos minutos bajo un pequeño árbol al costado del camino. Anotaciones lógicas para la bitácora de viaje.

Promedia el recorrido y la tarde, cuando en la nada del camino puedo observar una pequeña casilla, un oxidado y borroso cartel ofrece bebidas y choripánes. Nadie a la vista invita a seguir mi viaje, pero me detengo por un instante y comparto con el improvisado kiosco la sombra de un añoso árbol. Solo escucho mi agitada respiración y con pocas esperanzas golpeo tímidamente la vieja casilla. A los pocos segundos aparece con un lento caminar el dueño de semejante emprendimiento. Ante mi pedido por alguna bebida no duda en expresar: “agua, gaseosas, jugo, cerveza..”. Sorprendido me decido por una Coca y el buen señor, con pinta de gaucho extraído de una pintura de Molina Campos, entra en la casilla y regresa con una botella del preciado brebaje. El valor del producto no me sorprendió en absoluto, pero sí su estado casi congelado. Podía observar los cristales de hielo naciendo en el interior del envase. Qué clase de brujería es esta en medio de la montaña?. La respuesta del buen hombre fue contundente: “tengo un freezer a gas”.

Llegan al lugar varios motoqueros enduristas y con un idéntico relato podría describir su sorpresa cuando el dueño de este oasis les trajo un par de cervezas con escarcha sobre la botella. Unos minutos de descanso sirvieron para que los clientes reunidos alrededor de esa vieja casilla decidieran nombrar a esta persona el “emprendedor del año”.

Dante desciende al infierno

El día se hizo largo y el recorrido muy duro. Partí a la mañana desde los 600 metros sobre el nivel del mar y cuando el reloj marca las 8pm estoy en los 1700 y en el comienzo del desvío a Pueblo Escondido.

En el primer acto de La Divina Comedia, Dante (el protagonista) encuentra en las puertas del infierno un cartel que dice: “Abandona la esperanza si entras aquí”. No hay nadie para confirmar el destino de este desvío, ni siquiera un cartel, pero la geografía del camino, su Dantesco descenso y alguna huella de cuatriciclo me invita a descender con la esperanza intacta de encontrar el Pueblo Escondido. Un sendero de apenas algunos metros de ancho, regado de piedras del tamaño de pelotas de fútbol, y la poca luz del anochecer me obligan a recorrer a pie 5 kilómetros en plano inclinado. Duelen los tobillos y mis zapatillas con calas resbalan en el canto rodado. A mitad del recorrido el sendero se abre y puedo observar al fondo del barranco la silueta del escondido pueblo.

El último kilómetro del recorrido es dentro de una selva en galería, por lo que debo recurrir a mi potente luz Knog para llegar a destino. Me recibe el grito constante del río que bordea el pueblo y una pasarela colgante que debo atravesar con paso firme para evitar el bamboleo.  La construcción principal del lugar la reconozco por fotos y pertenece a un viejo campamento minero que explotaba de vida a mediados del siglo pasado, antes de que el tungsteno se vuelva más barato traerlo de China. Una débil luz de led que me imagino no será alimentada por más de 12 voltios, me atrae como faro al encuentro del dueño del lugar. Carlos me guía a la habitación que alquilo para pasar la noche. Un cuarto de tres por tres, con un colchón en el piso, en donde pondré mi bolsa de dormir. Dejo a mi compañera Australiana a resguardo y mi anfitrión me lleva al salón comedor del lugar. Son las 21hs y se está a punto de servir la cena, la mesa es comunitaria y comparto con mis ocasionales compañeros de ruta el eterno menú fijo del lugar: Fideos, pero con la amable posibilidad de repetición sin limite (con 4 opciones de salsa, dos de las cuales creería que son las mismas).

 

El cansancio acumulado de la jornada me impide memorizar el nombre de la gente reunida ahí, solo recuerdo un cartel a la entrada que dice: “aquí no hay seres extraños, solo gente que aún no conoces”. Tres Franceses aporteñados luego de 20 años en Buenos Aires, una joven pareja de Villa María y yo, nos encargamos de liquidar la cena servida. Luego del postre nadie puede evitar el desafío de un partido de truco. Estoy en el fondo de un profundo valle, rodeado por montañas. Sin energía eléctrica, wi-fi o señal de teléfono, simplemente disfrutando de la magia que brinda un viaje de cicloturismo. El cansancio es abrumador y la madrugada acecha, es lo único por lo que acepte una falta envido con 28, el final de la noche y del partido es lógico.

Amanece en la ruta

Duermo como nunca en mi vida, o mejor dicho como un ciclista que devoró 80km de subidas. No hace falta despertador, simplemente prestar atención a los sonidos del amanecer. En Pueblo Escondido sobran pájaros y me lo hicieron saber apenas salio el sol. En la dura subida de 5km hasta el camino principal, aprovecho para sacar fotos y despedirme visualmente de este mágico pueblo. Nuevamente en la ruta principal comienzo a disfrutar un camino que desciende, pero a los pocos metros un impulso terrorífico me hace bloquear los dos frenos en plena bajada, descubro que había perdido mi teléfono en algún momento de la subida al salir del pueblo. Tres vacas al costado del camino quedan petrificadas y observan tratando de interpretar los extraños sonidos producidos por este ciclista que simplemente está maldiciendo todo lo que existe sobre la faz de la tierra. Regreso a la puerta del infierno y juraría haber visto al mismo cartel que recibió a Dante. Oculto mi bicicleta en un matorral y comienzo a descender a Pueblo Escondido por segunda vez en mi vida, todo un récord. Unos tres o cuatro kilómetros más abajo logro encontrar mi teléfono entre las piedras.Once horas, treinta y seis minutos. Subo a mi bicicleta y comienzo el regreso, las tres vacas quedan inmovilizadas nuevamente ante el grito de “¡lo encontreee!”.

 

El camino de regreso sería casi igual, una parada en el puesto del emprendedor más famoso de las sierras de Córdoba, y un camino alternativo recomendado por la misma persona, pero en su faceta de guía de turismo. Esta ruta atravesaría pueblos como Lutti y Cañada de los Sauces, llevándome de regreso en un hermoso plano inclinado. Mi Reid literalmente vuela en las bajadas, la posición de manejo es ideal para tomar velocidad y su horquilla de carbono hace notablemente liviano el tren delantero, los vados y pozos apenas se sienten simplemente tirando un poco del manubrio. El regreso es perfecto y tan sincronizado que la única pinchadura me sorprende justamente en un tramo cubierto de sombra y con un arroyo de aguas cristalinas.

El que apenas 48 horas atras era un bullicioso camping del pueblo, es ahora un sitio desierto salvo por el auto que aguarda mi regreso. Una larga ducha en los baños del lugar limpian las huellas de mi cuerpo, luego de la jornada de cicloturismo que acababa de concluir.

La Reid, junto a su pequeño equipaje, dice misión cumplida y se zambulle en el baúl del auto. Una pequeña parada en un kiosco para juntar provisiones y en una estación de servicio para no detenerme nunca más hasta casa. Acelero sobre la autopista Córdoba-Rosario y los kilómetros empiezan a pasar velozmente frente a mis ojos, se mezclan con imágenes de trepadas; de arroyos; de piedras bajo mis zapatillas; de gauchos emprendedores; de fideos con salsa; de partido de truco en la madrugada; y de vacas petrificadas. Todo tan fugaz y perfecto como una salida de Bikepacking.

 

 

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