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Paraíso Gravel

“¿Sabes cómo sería un día perfecto para mí ? Suponete que un día te tomas un avión y te bajas en el Caribe, en una isla, no se, Martinica ponele….”. El querido “Negro” Fontanarrosa iniciaba así uno de sus memorables cuentos (El mundo ha vivido equivocado), la pregunta retórica de inicio era formulada de un personaje a otro, ambos sentados en un bar de poco vuelo, café de por medio, y daba comienzo a una imaginaria y descriptiva aventura que los sacaría momentáneamente de su pesadumbre de estío Rosarino. Me gustaría abrir mi relato utilizando la misma fórmula interrogativa.

¿Sabes cómo sería un día perfecto para mí?, suponete que una madrugada te tomas un avión en Aeroparque y a la hora cincuenta estás en Bariloche, viajas junto a tu hijo, tan ciclista como vos, obvio. Las bicicletas van en un bolso y son las primeras que salen por la cinta transportadora del aeropuerto, buscas un lugar en el hall y te pones a armarlas. En media hora estás listo y pedaleando en busca de un camping a 120 kilómetros en medio de la montaña, a orillas de un lago, en el que pasaste muchas vacaciones de tu vida y al cual no volves hace más de 15 años.

Elegí comenzar así este relato de una aventura Gravel y Bikepacking. Cuatro días de montañas, lagos, bosques, arroyos murmurantes, grava y arena volcánica. Las compañeras elegidas para esta aventura son nuestras Reid Granite 2.0

Una mezcla explosiva

Los cada vez más convenientes vuelos Low Cost junto a la creciente difusión del Bikepacking son una mezcla explosiva. Madrugar en Buenos Aires y amanecer en Bariloche, todo en menos de dos horas y acompañados por sus bicicletas, es algo que no pueden dejar de experimentar. Luego de que el piloto anuncia que “iniciará el descenso”, mi asiento que da a la ventanilla me permite asomarme al paisaje, puedo veo el Lanin allá a lo lejos, tan lejos que quedará para otro momento. Pero más abajo y más cerca se observa el Río Limay, serpenteante, constructor de cañadones, estoico divisor de dos provincias. A su lado, como fiel compañera, corre la ruta 237. Calculo a groso modo y pienso que en unas dos horas vamos a estar rodando en ese punto del paisaje.

Las dos valijas Halawa salieron en punta por la cinta transportadora, señal de urgencia de pedaleo o simple coincidencia, vaya uno a saber. Buscamos un lugar en un rincón del aeropuerto y comenzamos la “operación armado”. Mientras dos llaves multiherramientas se encargan de volver a su forma natural a las dos bicicletas, comienzan las clásicas preguntas de las ocasionales personas asombradas: “¿de donde vienen?”; “¿a dónde van?;  ¿que buenas bicis, cuánto pesan?; ¿viajan con esas valijas?. Son los cinco minutos de fama típicos en que todo cicloturista infla el pecho y se siente una estrella.

A doce kilómetros del aeropuerto está la terminal de micros de Bariloche, es la distancia que tendremos que transportar las valijas en nuestras espaldas, el recorrido se cumple decorosamente y en un rato los bolsos descansan en el guardabultos de la estación, por un precio razonable, durante los próximos cuatro días y con un amplio horario de atención al público que nos permitirá, si todo sale bien, recuperarlas unas dos horas antes de volver a Buenos Aires.

Dejamos atrás Bariloche rápidamente, Dina Huapi de la misma forma, cruzamos el puente sobre el río Limay y a los pocos kilómetros la ruta se divide: a la izquierda la ruta 40, la emblemática, la que lleva a hacer el camino de los siete Lagos, a la que le escapamos; a la derecha la 237 que suavemente baja acompañando al río hasta la ciudad de Neuquén. Nos quedan unos 65 kilómetros de asfalto hasta Confluencia, ruta tranquila salvo por algún vehículo que nos ignora. Pegaditos a la línea blanca, como un Wing de los ‘70, transitamos la ruta atentos a los sonidos de los camiones y micros que se aproximan. Si la situación lo amerita nos tiramos a la banquina que es de grava, así que no es problema.

La ruta trepa bastante hasta llegar al Anfiteatro. Para los despistados, no imaginen un escenario, se lo llama a este lugar así porque se forma en una curva de la ruta en la parte más alta formando un vista increíble del serpenteante río, la única y eterna estrella de rock de este anfiteatro. La bajada desde este lugar sería fantástica si no se presentara un viento en contra de una intensidad digamos que interesante.

Continuamos en la ruta y comienza a soplar viento en contra cada vez más fuerte, avanzamos a rueda, apilados sobre nuestros manubrios. Apenas podemos aprovechar las bajadas porque el viento se empecina en hacer que desafiemos la ley de gravedad. Llegamos a Confluencia con la alegría de poder almorzar y reponer energías en su clásica confitería del A.C.A, la cual planificamos cómo mitad de recorrido. La alegría dura poco, descubrimos que nuestro checkpoint está cerrado y abandonado. Días después nos entraríamos que este famoso lugar, parada obligada del que ha recorrido alguna vez esta ruta, cerró sus puertas definitivamente el 1 de enero de este año. No hay plan B, solo seguir pedaleando y racionar los turrones que afortunadamente en cantidad compramos en Bariloche.

Por delante queda el Paso del Córdoba con su terrorífica trepada y 4 turrones. Hay cosas más graves.

Te verás bien, en la 63

Hay rutas que tienen hasta canciones, el mismo “Carpo” interpretó una dedicada a la famosa ruta Americana número 66. Para mí esta pequeña ruta que une en silencio la 237 con la 40 y atraviesa la provincia, es el mejor recorrido que un ciclista en Gravel puede pedir. La conocí hace casi 20 años atrás y me dejó en la mente una imborrable imagen, y en el Ford Taunus de ese momento un chasis totalmente pulido. Si, lo nuestro siempre ha sido extremo.

La ruta 63 atraviesa por el Paso del Río Córdoba, “El Paso” a partir de ahora. Es básicamente para que lo entiendan una ruta de ripio que arranca en los 700m sobre el nivel del mar. y durante 20 kilómetros trepa ininterrumpidamente hasta los 1300m, para luego hacernos descender nuevamente hasta nuestro objetivo final en los 900m. No hay mucho que debatir y este escenario da título a la nota, Paraíso Gravel.

Sería muy interesante hacer un catálogo del suelo de esta ruta para los futuros aventureros, se los describo: ripio; ripio con serrucho; arena volcánica; arena volcánica con serrucho; serrucho con serrucho; algo de piedra; tierra; arena;  y creo que no me olvido de nada.

En la trepada se nos acaban las combinaciones de transmisión, los platos chicos, los piñones grandes, el agua, los turrones, la fuerza, y el sol empieza a avisar su futuro ocaso. Si son ciclistas (no creo que nadie que no lo sea haya llegado a esta parte de la nota), habrán pasado seguramente por el clásico momento de decir: “que m.. hago aca…”. Pero cuando tus cuádriceps estallan, te bajas de la bici al llegar a la cima de esa trepada y ves que más adelante hay otra peor; te sentas a la sombra ocasional de algún árbol amigo; observas el paisaje, y ves a tu hijo al lado, te sentís como decía un viejo amigo: “Gardel con guitarra eléctrica”.

A las ocho de la noche arrancamos el descenso del Paso, quedan unos 25 kilómetros para llegar al objetivo. El Río Caleufu nos permite calmar la sed, la cantimplora se sumerge en el agua y produce el clásico borbotón al llenarse. Un Martín pescador me mira desde una rama en la orilla opuesta mientras tomo uno, dos contenidos completos de la botella y digo: “vamos, ya lo tenemos”. Un desvío de la 63 es lugar de anclaje de un cartel que dice “Lago Filo Hua Hum, 5 kilómetros”. Paramos, colocamos un par de luces Knog en el manubrio porque el sol dijo basta por hoy, y comenzamos a transitar los mejores 5 kilómetros del mundo. Una camioneta viene en sentido contrario, se detiene y su conductor nos pregunta:

“ustedes vienen de Buenos Aires?, los están esperando en el camping!!”. Avanzamos los últimos metros con el lago como compañero, un par de liebres cruzan el camino corriendo y acompañan el haz de luz que emiten nuestras linternas.

Camping del Lago Filo Hua Hum, domingo 21 hs. (13 horas antes estábamos en el barrio de Núñez).

Los dueños del paraíso

Nora y José son los dueños del paraíso. Se que puede sonar un poco bíblico pero es técnicamente la realidad. Son los dueños de este camping y los conocemos desde hace casi 20 años. A José un poco más, de verlo en televisión allá por los ‘90 cuando corría el campeonato nacional de motocross y le competía a la par a las estrellas del momento, sigue manteniendo la misma garra y empuje que tenía arriba de la moto, pero ahora la pone de lleno en mantener en orden este paraíso. Durante cuatro días lo vimos talando árboles, remolcando troncos con su camioneta, poniendo en marcha los aspersores que mantienen el verde del jardín, cuidando la huerta. Nos contaron historias de plagas de conejos y visones, de cómo sus abuelos abrieron picadas, de cómo hicieron un sistema sustentable y gratuito para tener energía eléctrica gracias a una cascada y también el secreto de su WIFI en un lugar donde no hay señal de teléfono ni cable. Ambos prepararon deliciosos desayunos y sorprendentes cenas como para hacernos olvidar que estamos lejos de casa. Los dormis son justo lo que necesitábamos: dos camas, estufa (que apagamos la tercera noche) y baño. Las noches también son perfectas.

Dolor de ojos

Las cenizas que traviesamente decidió lanzar un volcán Chileno un par de veces en la última década, han formado un piso de unos 10 centímetros en gran parte de la costa del lago y los caminos. Cuando pedaleamos o caminamos, casi invisible la ceniza vuelve a remontar vuelo y flota en el aire, irritan un poco los ojos pero el verdadero dolor es producido por tanta belleza del lugar en el que estamos.

El segundo día lo dedicamos a descansar, recorrer los caminos cercanos, la Costa del lago, los bosques, sacar fotos y videos, y recordar viejos tiempos. El sol del día empieza a despedirse y el horizonte del lago se cubre de decenas de grises entre las montañas.

El tercer día lo dedicamos  a continuar la ruta 63 hasta llegar al cruce con ruta 40 muy cerca de San Martín de Los Andes. Sin peso en las bicis recorrimos unos 100 kilómetros ida y vuelta atravesando grava 100X100, en donde el asfalto de la ruta 40 sería el límite. A mitad del camino nos reencontramos con el Lago Meliquina y su pequeña aldea de unos 150 habitantes. Plagada de hosterías y casas de té, un bar nos llama la atención y paramos a almorzar. El menú parece ser una exageración en calorías y finalmente fideos con estofado y guiso de lentejas, ambos en su versión de montaña confirman la hipótesis. Una siesta al costado del camino, bajo la reparadora sombra de un bosque es necesaria para mi organismo que tiene que dedicar sus fuerzas a pedalear o digerir el almuerzo. La sombra del bosque es demasiado tentadora.

Volveremos

Dicen que las despedidas son tristes, pero cuando pensas que tenes que recorrer 120 kilómetros que hace unos días atrás sufriste, no queda tiempo para tristeza. El secreto es planificar, y como en una final de fútbol o en los albores de una batalla, durante el desayuno del último día organizamos el recorrido para llegar a tiempo a nuestro vuelo.

El “Paso” lo alcanzaremos rápido, a los 25 kilómetros, el clima está fresco, las fuerzas intactas y el desayuno recargará las energías. Sabemos dónde repostar agua en el camino y dos grandes sándwiches preparados por Nora y cortados en varias porciones para su administración, nos tendrán que durar hasta la mitad del recorrido, después solo queda llegar. Todo se cumple a la perfección. Sorteamos el “Paso” sin problemas, la bajada es perfecta y una pequeña pinchadura es mantenida a raya con el inflador en sucesivas paradas. Confluencia nos recibe con su asfalto, inflamos las ruedas con una buena presión y recorremos los primeros 28 kilómetros en una sorpresiva hora. Todo marcha bien hasta que el viento se hace presente, la ley de Murphy del ciclista dice que si hay viento siempre será en contra y esta no sería la excepción. Al llegar a Bariloche y recuperar señal de internet descubriremos que soplaron vientos de 40 km/h. Veinte largos kilómetros de ruta plana con plato chico y piñón grande demolieron nuestra estrategia de llegada a destino, que suponía tres horas de recorte a nuestra primera jornada. Es muy difícil avanzar y la trepada al Anfiteatro se vuelve en nuestros cansados cuerpos,  más dura que el peor puerto de montaña del Tour de France. Ya sin agua ni alimentos solo queda no pensar y evitar ver el paso del tiempo en el reloj.

En la entrada a Bariloche el viento mengua un poco por las construcciones aliviando la pena, pero el tránsito se complica y obliga a reforzar la atención en el camino. Llegamos a la estación de micros de Bariloche con lo justo de tiempo y una rueda pinchada, recuperamos las valijas mientras improvisamos una merienda en plena tarea de cambio de cámara.

“Su atención por favor”

Con las valijas en la espalda, viento a favor ya que el camino era inverso y una bajada hacia el aeropuerto, transitamos los últimos minutos de esta aventura. El recorrido de los últimos kilómetros de este tour se vería reflejado en el Strava con la velocidad máxima alcanzada en estos cuatro días, con un pico de más de 45km/h de velocidad.

Después de más de 10 horas de pedaleo sin descanso, el miedo a quedar fuera del vuelo nos convierte casi en un sprinter de equipo profesional. Con el tiempo justo desarmamos y embalamos nuestras bicicletas, el Check In y despacho de las mismas se cumple una hora antes del despegue, tiempo justo para cambiarnos de ropa en el baño e iniciar el trámite de embarque. Una vez que el avión despega, nuestras pulsaciones deberían bajar, pero todo sigue igual, como en pleno ascenso al “Paso”.

No podemos dejar de pensar y planificar un nuevo viaje a este paraíso, lo imaginamos como un campamento Gravel, con amigos e invitados, no tan alocado y más suave, como para que nadie tenga excusas para no ir disfrutar de ese paraíso, ya que al fin y al cabo, para un ciclista, este debería ser su día perfecto.

Recomendaciones:

-Lean “El mundo ha vivido equivocado…”

-Escapen del miedo a perderse en la montaña.

-Rueden sobre grava y disfruten de ese sonido.

-Usen Gravel

-Imaginen su día perfecto arriba de la bici.

 Que usamos en el viaje:

-Bicicletas Gravel Reid Granite 2.0 (transmisión 2X8 Claris)

-Valijas de transporte Halawa

-Bolsos de Bikepacking Halawa y Roswheel

-Luces Knog

 

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