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El tour de las sierras de Pocho

Restaurante en Salsacate, Córdoba. Noche del domingo 31 de Julio.
“Terminó el Tour, ganó el Sky” me dice mi hijo Octavio, respondo desde atrás de la carta del menú con un tímido “mira vos”. Esto oculta por un lado mi avergonzarte desconocimiento (como amante del ciclismo que soy) del mundo del Tour de France y por otro una indecisión en la elección de la cena. La mesera se retira con la orden de parrillada y gaseosas para dos, mientras ultimamos los detalles para comenzar al día siguiente, muy temprano, un recorrido de dos días y 220 kilómetros de puro Bikepacking en una zona de Córdoba que desconociamos hasta ese momento.
Las Sierras De Pocho forman una cadena montañosa que se extiende de norte a sur en el sector oeste de Córdoba. Este es el lugar elegido para probar a fondo nuestras bicicletas Reid y también para compartir una de esas salidas que quedarán en el anecdotario de nuestras vidas.
La elección de la cena fue equivocada. Una sospechosa bandeja con achuras y chorizos, seguramente descongelados a fuerza de microondas y cocinados en un horno, fue suficiente para increpar a la mesera: “en donde yo vivo, la parrillada se hace en una parrilla. Por favor cambie esto por una pizza”. Por suerte la otra elección, la del escenario para esta travesía, resultaría exitosa. Y aunque sigo desconociendo el mundo del tour, el recorrido y sobre todo el final, terminaríamos tan satisfechos como los señores del equipo Sky.

220km2Grava

Etapa 1

Partimos al amanecer, entiéndase las 8hs. El hotel en el que dormimos, y en el que dejaremos al auto hasta nuestro regreso, está justo enfrente de la plaza principal, la única del pueblo. Las luces del amanecer están entrando en escena y la iglesia ubicada al otro lado de la plaza recibe justo las primeras luces del día. Sus paredes son de un blanco puro, de esos blancos que en verano encandilan a los desprevenidos. El aliento tibio de mi boca produce nubes que me envuelven en una mañana en que el frío, el sol y nuestras gravel son protagonistas.
Recorremos solo 100 metros y llegamos a la ruta que nos saca de Salsacate, esto da una idea del tamaño de este pueblo. El frío es tal que recurro al doble guante para poder sentir mis dedos. Tres kilómetros adelante llegamos a Taninga. No me animo a titularlo como pueblo, no tiene ni plaza ni iglesia. Es apenas un cruce de rutas en el que una estación de servicio, un parador y un par de construcciones asoman silenciosas. Doblamos y apuntamos por la RP28 con dirección hacia donde el sol se despedirá a última hora. La ruta nos promete un prolijo asfalto de 10km y un saldo de 25km más sobre una agradable grava. Suponemos en nuestra planificación que para la mitad del día habremos ascendido desde los 500 metros hasta 1100m, llegando a los famosos túneles de Taninga, una de las 7 maravillas (de Córdoba).


El paisaje comienza a volverse extraño y agradable, tal vez por ser una zona en donde la palmera Caranday es abundante y modifica el panorama o quizas también por que una gigantesca pirámide asoma al costado del camino.
La imagen se recorta perfectamente en el horizonte. Parece que estamos en Egipto, o si no quieren ir tan lejos digamos la península de Yucatán en tierras Mayas. El volcán Pocho se asoma triangular frente a nosotros y será la referencia observable desde decenas de kilómetros en los próximos dos días.

Dejamos atrás el asfalto y el concierto de grava comienza, esquivamos puestos de obreros que apuran la construcción de la ruta que llegará a los túneles en pocos meses, seguramente somos algunos de los últimos cicloturistas que disfrutaremos la grava virgen de este camino.
Pequeños parajes como Altos del Tala y capilla del Rosario quedan atrás. En Agua de Cal nos encontramos con uno de los personajes de la zona, el viejo Oscar. Un tanto parecido a Pepe Mujica está sentado en una mesa redonda de cemento, típica de jardín de casa, pero a 10 metros de la ruta. Algunos frascos de dulces, aceites y unos salamines colgados de una rama como lámparas que alumbran la mesa, obran como decoración minimalista en este humilde y simpático emprendimiento a la orilla de la ruta.
La parada es más que obligatoria, entre charla con degustación de salamines y pan casero recién horneado transcurre el tiempo de nuestras vidas. Nos despedimos mientras el viejo Oscar rápidamente detiene a un desprevenido turista en auto y lo recibe con un “no quiere una mielcita don…”.

Un balcón a La Rioja

Son cinco túneles y un puente bajo el cual la ruta hace un rulo en tan solo un par de kilómetros. Se construyeron en 1930 y en ese tiempo era un camino de conexión entre Cordoba y La Rioja. Hoy desplazadas por otras rutas más cómodas, es un destino de turistas que a diario llegan a su mirador. Aquí el cóndor es protagonista y seis majestuosos ejemplares se encargan de demostrarlo justo sobre nuestras cabezas.
La profunda Quebrada de Mermela nos permite desde lo alto, a donde llegamos con nuestras bicicletas, observar en el horizonte a la provincia de La Rioja. Tal vez en una noche diáfana y con buena agudeza visual se podrían ver las luces de Anillaco, tal vez.
Queda atrás el último túnel y la bajada de la montaña Rusa comienza, en apenas 15 kilómetros bajamos desde 1174 hasta los 300 metros. Me imagino que el paisaje debe de ser muy agradable, pero no hay tiempo para disfrutarlo. Velocidad, curvas, piedras, precipicios y dolor de manos que aprietan frenos. Llegamos al final de la bajada y una larga recta nos recibe, frenamos para descansar y sacar alguna toma con otro ángulo de la impresionante quebrada y de la altura en donde estábamos hace algunos minutos.


Área 51

El paisaje cambia abruptamente: llano, amenazantes espinillos y una ruta arenosa que define a una zona árida. El único desvío a la izquierda en kilómetros es el inequívoco camino a tomar en busca de nuestro destino nocturno. Chancani es un pueblo rural de escasos habitantes, tiene su plaza, su iglesia y perros callejeros que a fuerza de sol se han vuelto vagos para correr bicicletas. Está es la única señal de civilización que veremos en 80km de una recta “comecabezas”. Es una de esas rectas que los cicloturistas odiamos, pero que necesitamos cada tanto vivirlas para no morir.
Los mapas dicen que es la RP51, pero no hay un amable cartel que lo confirme y me permita sacar la foto que quisiera tener.
De norte a sur, paralela a la quebrada y trepando lenta pero inexorablemente desde los 300 hasta los 500 metros, se desarrolla esta desolada y misteriosa ruta Cordobesa, casi como la famosa Área 51 en Nevada.
Transcurren los kilómetros mientras administramos el agua de las caramañolas y devoramos la provisión de alfajores y chocolates con el azúcar necesario para alimentar motores. El sol comienza a caer tan rápido como la temperatura mientras calculamos tiempos de llegada y aceleramos para que no nos sorprenda la noche en el camino.

Buen nombre para una ciudad

San Pedro es como el conurbano de Villa Dolores, nos recibe a dos kilómetros de nuestra meta del día, y es parada obligada para nuestras almas cansadas. Las provisiones se habían acabado varios kilómetros atrás y un quiosco sería dulcemente aprovechado en la reposición de glucosa. Luego de 12 horas y 135 kilómetros llegamos a destino, mentalmente contentos y físicamente cansados, con dolores en todo el cuerpo, lo que me hace pensar en que Villa Dolores es un buen nombre para explicar cómo nos sentimos.
Bikepacking sin carpa, por que estamos en invierno. Ojo, somos guapos pero no locos, así que lo primero que hacemos en esta ciudad es buscar algún hotel para pasar la fría noche. Las noticias son malas en el primer hotel en el que consultamos, diría que casi terroríficas ya que el dueño me notifica con un auténtico acento cordobés que no solamente tiene ocupadas todas las habitaciones, sino que además no hay lugar en ningún otro lugar por la disputa de un campeonato nacional de Handball en la ciudad.
El terror impulsa nuestra pedaleada en busca del segundo hotel que aparece en el recorrido mientras no me resigno a dormir en la terminal de micros, el cual aparece instantáneamente en mi cabeza como plan B. El alma que estaba a punto de separarse de nuestros cuerpos detiene su partida ante la confirmación de una pequeña habitación disponible, el cuarto es realmente pequeño y con una sola cama doble. Imagino que sería mucho más pequeña para un jugador, o peor aún para un gigantesco arquero de Handball.
Nos separamos momentáneamente de nuestras bicicletas y las dejamos a resguardo bajo llave en el lavadero del hotel, una buena ducha de agua caliente y bajamos al restaurante haciendo ruido con nuestras zapatillas con calas. Pastas y duraznos en almíbar para reponer algo de las 3587 calorías que anuncia como consumidas Strava en mi celular. La primera etapa del tour, El Tour de las Sierras De Pocho llegaba a su fin.

Etapa 2

Villa Dolores puede tener dignamente el título de ciudad, la mañana del segundo día nos lo demuestra. Luego del desayuno, ensillamos nuestras bicicleta con los bolsos de Bikepacking. No hace falta ningún control ni regulación, las Reid Granite soportaron perfectamente el largo kilometraje ayer realizado. A dos cuadras del hotel hacemos una parada de aprovisionamiento en un quiosco: agua para los próximos 40 kilómetros, chocolates, turrones y barritas, además de una chocolatada que se me antoja. Todo esto mientras un persona me pregunta si éramos nosotros a los que ayer cruzó en la 51, de donde somos y adónde vamos. Esta es la parte en que la fama nos recibe y los cicloturistas nos sentimos estrellas, como un Froome o un Sagan en medio del Tour.
A escasas cuadras de la plaza principal nace una vieja ruta aún de tierra, bautizada con el caprichoso número 307, esta ruta nos deberá llevar a través de un camino rural en un ascenso para empezar a recuperar los metros ayer descendidos. Al final del día recuperaremos unos 700 metros de desnivel, un lindo puerto de montaña como dicen en el Tour.

Esta ruta trazada a fuerza de mulas y caballos fue abierta por el cura Brochero, pasada la mitad del siglo diecinueve. Nos sorprenden en el camino algunas aldeas, todas con iglesias, signo de la alta tradición e historia cristiana de la zona. Altautina es la primera, tan solo 20 habitantes, un arroyo que se transforma en vado para interrumpir brevemente el camino. Chivos en ambos márgenes y cotorras anidando en los grandes eucaliptos. El camino sube con una pendiente que comienza a molestar a nuestros cansados gemelos, un cartel que reza “cuesta de Altautina” nos recibe y confirma el final de una dura ascensión. Sin maillot a lunares, nos sentimos auténticos reyes de la montaña. Ciénaga de Allende, seguramente con menos habitantes que Altautina es el último punto antes de alcanzar el asfalto de la RP15.


“El hombre propone y el viento (en este caso) dispone” dice el refrán. El camino programado sería un desvío a pocos kilómetros de esta ruta de asfalto para ingresar en una ruta de grava que se interna por varios parajes hasta llegar a la mismísima Salsacate. Un viento de entre 20 y 25 km/h en contra desalienta esa incursión y decidimos achicar el recorrido unos 20km continuando por asfalto, nuestras bicicletas gravel están pensadas para un uso mixto y es un buen momento para probarlas en la ruta.
Los bolsos que cargamos están ubicados estratégicamente en la bicicleta y ayudan a mantener la aerodinámica efectiva. Esto sumado a nuestra posición sobre el manubrio rutero, nos permite luchar en buenas condiciones contra el dios Eolo.
Cuarenta duros kilómetros al frente del pelotón, poniendo el pecho al viento, me sirven para confirmar mi tarea de buen gregario según los términos ciclisticos. Octavio me va cantando los kilómetros faltantes para arribar a Taninga. La pirámide Cordobesa, como me gusta llamar al volcán Pocho, nos recibe luego de dos días.

Salsacate no tiene Photo finish

Es increíble cómo el cansancio acumulado en dos jornadas desaparece faltando tres kilómetros para la llegada, la explicación es psicológica y no física por supuesto.
Logramos completar el recorrido de 220 kilómetros en dos días, con un desnivel acumulado de 4000 metros.
Estamos a escasos 2000 metros de Salsacate, en una ruta asfaltada que desemboca en la plaza principal, y mi pregunta al destino es por qué si en los dos días no nos cruzamos con ningún ciclista, justo en este lugar nos tienen que pasar dos pilotos en MTB vestidos con remeras del Río Pinto. Quiero decir que hay dos cosas que no soporto de Salsacate, una es su “parrillada al horno” y otra es que a metros del final me pasen, sea o no sea esta la llegada del Tour De France.
Octavio me conoce y sabía que al pasarnos las dos rodado 29”, se desataría una guerra a muerte. Sin pretenderlo, un final adrenalínico concluiría nuestro viaje. Los sobrepasos se sucedieron un par de veces hasta que un mano a mano entre uno de ellos y yo, sería la toma principal de una imagen de ESPN que nunca existió.
Salsacate no tiene Photo finish pero solo quiero decir que justo ahí, donde está el cartel blanco con letras negras que anuncia la llegada al pueblo, justo ahí le saqué una bicicleta de distancia a mi rival. No levante mis brazos solo por respeto o por que tal vez soy poco efusivo. Strava marcaría luego un modesto sprint de 46km/h, gregario de lujo dirían en el Tour, más aún teniendo en cuenta estar cargado con bolsos y de años.
Concluye lo que bauticé como el Tour de las sierras De Pocho, un viaje perfecto de cicloturismo que nos sirvió para compartir grandes e imborrables momentos junto a mi hijo y para disfrutar de nuestras bicicletas gravel en donde más a gusto se sienten.
No hace falta que me otorguen el maillot amarillo, la victoria la siento igual.

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