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Paraíso Gravel

“¿Sabes cómo sería un día perfecto para mí ? Suponete que un día te tomas un avión y te bajas en el Caribe, en una isla, no se, Martinica ponele….”. El querido “Negro” Fontanarrosa iniciaba así uno de sus memorables cuentos (El mundo ha vivido equivocado), la pregunta retórica de inicio era formulada de un personaje a otro, ambos sentados en un bar de poco vuelo, café de por medio, y daba comienzo a una imaginaria y descriptiva aventura que los sacaría momentáneamente de su pesadumbre de estío Rosarino. Me gustaría abrir mi relato utilizando la misma fórmula interrogativa.

¿Sabes cómo sería un día perfecto para mí?, suponete que una madrugada te tomas un avión en Aeroparque y a la hora cincuenta estás en Bariloche, viajas junto a tu hijo, tan ciclista como vos, obvio. Las bicicletas van en un bolso y son las primeras que salen por la cinta transportadora del aeropuerto, buscas un lugar en el hall y te pones a armarlas. En media hora estás listo y pedaleando en busca de un camping a 120 kilómetros en medio de la montaña, a orillas de un lago, en el que pasaste muchas vacaciones de tu vida y al cual no volves hace más de 15 años.

Elegí comenzar así este relato de una aventura Gravel y Bikepacking. Cuatro días de montañas, lagos, bosques, arroyos murmurantes, grava y arena volcánica. Las compañeras elegidas para esta aventura son nuestras Reid Granite 2.0

Una mezcla explosiva

Los cada vez más convenientes vuelos Low Cost junto a la creciente difusión del Bikepacking son una mezcla explosiva. Madrugar en Buenos Aires y amanecer en Bariloche, todo en menos de dos horas y acompañados por sus bicicletas, es algo que no pueden dejar de experimentar. Luego de que el piloto anuncia que “iniciará el descenso”, mi asiento que da a la ventanilla me permite asomarme al paisaje, puedo veo el Lanin allá a lo lejos, tan lejos que quedará para otro momento. Pero más abajo y más cerca se observa el Río Limay, serpenteante, constructor de cañadones, estoico divisor de dos provincias. A su lado, como fiel compañera, corre la ruta 237. Calculo a groso modo y pienso que en unas dos horas vamos a estar rodando en ese punto del paisaje.

Las dos valijas Halawa salieron en punta por la cinta transportadora, señal de urgencia de pedaleo o simple coincidencia, vaya uno a saber. Buscamos un lugar en un rincón del aeropuerto y comenzamos la “operación armado”. Mientras dos llaves multiherramientas se encargan de volver a su forma natural a las dos bicicletas, comienzan las clásicas preguntas de las ocasionales personas asombradas: “¿de donde vienen?”; “¿a dónde van?;  ¿que buenas bicis, cuánto pesan?; ¿viajan con esas valijas?. Son los cinco minutos de fama típicos en que todo cicloturista infla el pecho y se siente una estrella.

A doce kilómetros del aeropuerto está la terminal de micros de Bariloche, es la distancia que tendremos que transportar las valijas en nuestras espaldas, el recorrido se cumple decorosamente y en un rato los bolsos descansan en el guardabultos de la estación, por un precio razonable, durante los próximos cuatro días y con un amplio horario de atención al público que nos permitirá, si todo sale bien, recuperarlas unas dos horas antes de volver a Buenos Aires.

Dejamos atrás Bariloche rápidamente, Dina Huapi de la misma forma, cruzamos el puente sobre el río Limay y a los pocos kilómetros la ruta se divide: a la izquierda la ruta 40, la emblemática, la que lleva a hacer el camino de los siete Lagos, a la que le escapamos; a la derecha la 237 que suavemente baja acompañando al río hasta la ciudad de Neuquén. Nos quedan unos 65 kilómetros de asfalto hasta Confluencia, ruta tranquila salvo por algún vehículo que nos ignora. Pegaditos a la línea blanca, como un Wing de los ‘70, transitamos la ruta atentos a los sonidos de los camiones y micros que se aproximan. Si la situación lo amerita nos tiramos a la banquina que es de grava, así que no es problema.

La ruta trepa bastante hasta llegar al Anfiteatro. Para los despistados, no imaginen un escenario, se lo llama a este lugar así porque se forma en una curva de la ruta en la parte más alta formando un vista increíble del serpenteante río, la única y eterna estrella de rock de este anfiteatro. La bajada desde este lugar sería fantástica si no se presentara un viento en contra de una intensidad digamos que interesante.

Continuamos en la ruta y comienza a soplar viento en contra cada vez más fuerte, avanzamos a rueda, apilados sobre nuestros manubrios. Apenas podemos aprovechar las bajadas porque el viento se empecina en hacer que desafiemos la ley de gravedad. Llegamos a Confluencia con la alegría de poder almorzar y reponer energías en su clásica confitería del A.C.A, la cual planificamos cómo mitad de recorrido. La alegría dura poco, descubrimos que nuestro checkpoint está cerrado y abandonado. Días después nos entraríamos que este famoso lugar, parada obligada del que ha recorrido alguna vez esta ruta, cerró sus puertas definitivamente el 1 de enero de este año. No hay plan B, solo seguir pedaleando y racionar los turrones que afortunadamente en cantidad compramos en Bariloche.

Por delante queda el Paso del Córdoba con su terrorífica trepada y 4 turrones. Hay cosas más graves.

Te verás bien, en la 63

Hay rutas que tienen hasta canciones, el mismo “Carpo” interpretó una dedicada a la famosa ruta Americana número 66. Para mí esta pequeña ruta que une en silencio la 237 con la 40 y atraviesa la provincia, es el mejor recorrido que un ciclista en Gravel puede pedir. La conocí hace casi 20 años atrás y me dejó en la mente una imborrable imagen, y en el Ford Taunus de ese momento un chasis totalmente pulido. Si, lo nuestro siempre ha sido extremo.

La ruta 63 atraviesa por el Paso del Río Córdoba, “El Paso” a partir de ahora. Es básicamente para que lo entiendan una ruta de ripio que arranca en los 700m sobre el nivel del mar. y durante 20 kilómetros trepa ininterrumpidamente hasta los 1300m, para luego hacernos descender nuevamente hasta nuestro objetivo final en los 900m. No hay mucho que debatir y este escenario da título a la nota, Paraíso Gravel.

Sería muy interesante hacer un catálogo del suelo de esta ruta para los futuros aventureros, se los describo: ripio; ripio con serrucho; arena volcánica; arena volcánica con serrucho; serrucho con serrucho; algo de piedra; tierra; arena;  y creo que no me olvido de nada.

En la trepada se nos acaban las combinaciones de transmisión, los platos chicos, los piñones grandes, el agua, los turrones, la fuerza, y el sol empieza a avisar su futuro ocaso. Si son ciclistas (no creo que nadie que no lo sea haya llegado a esta parte de la nota), habrán pasado seguramente por el clásico momento de decir: “que m.. hago aca…”. Pero cuando tus cuádriceps estallan, te bajas de la bici al llegar a la cima de esa trepada y ves que más adelante hay otra peor; te sentas a la sombra ocasional de algún árbol amigo; observas el paisaje, y ves a tu hijo al lado, te sentís como decía un viejo amigo: “Gardel con guitarra eléctrica”.

A las ocho de la noche arrancamos el descenso del Paso, quedan unos 25 kilómetros para llegar al objetivo. El Río Caleufu nos permite calmar la sed, la cantimplora se sumerge en el agua y produce el clásico borbotón al llenarse. Un Martín pescador me mira desde una rama en la orilla opuesta mientras tomo uno, dos contenidos completos de la botella y digo: “vamos, ya lo tenemos”. Un desvío de la 63 es lugar de anclaje de un cartel que dice “Lago Filo Hua Hum, 5 kilómetros”. Paramos, colocamos un par de luces Knog en el manubrio porque el sol dijo basta por hoy, y comenzamos a transitar los mejores 5 kilómetros del mundo. Una camioneta viene en sentido contrario, se detiene y su conductor nos pregunta:

“ustedes vienen de Buenos Aires?, los están esperando en el camping!!”. Avanzamos los últimos metros con el lago como compañero, un par de liebres cruzan el camino corriendo y acompañan el haz de luz que emiten nuestras linternas.

Camping del Lago Filo Hua Hum, domingo 21 hs. (13 horas antes estábamos en el barrio de Núñez).

Los dueños del paraíso

Nora y José son los dueños del paraíso. Se que puede sonar un poco bíblico pero es técnicamente la realidad. Son los dueños de este camping y los conocemos desde hace casi 20 años. A José un poco más, de verlo en televisión allá por los ‘90 cuando corría el campeonato nacional de motocross y le competía a la par a las estrellas del momento, sigue manteniendo la misma garra y empuje que tenía arriba de la moto, pero ahora la pone de lleno en mantener en orden este paraíso. Durante cuatro días lo vimos talando árboles, remolcando troncos con su camioneta, poniendo en marcha los aspersores que mantienen el verde del jardín, cuidando la huerta. Nos contaron historias de plagas de conejos y visones, de cómo sus abuelos abrieron picadas, de cómo hicieron un sistema sustentable y gratuito para tener energía eléctrica gracias a una cascada y también el secreto de su WIFI en un lugar donde no hay señal de teléfono ni cable. Ambos prepararon deliciosos desayunos y sorprendentes cenas como para hacernos olvidar que estamos lejos de casa. Los dormis son justo lo que necesitábamos: dos camas, estufa (que apagamos la tercera noche) y baño. Las noches también son perfectas.

Dolor de ojos

Las cenizas que traviesamente decidió lanzar un volcán Chileno un par de veces en la última década, han formado un piso de unos 10 centímetros en gran parte de la costa del lago y los caminos. Cuando pedaleamos o caminamos, casi invisible la ceniza vuelve a remontar vuelo y flota en el aire, irritan un poco los ojos pero el verdadero dolor es producido por tanta belleza del lugar en el que estamos.

El segundo día lo dedicamos a descansar, recorrer los caminos cercanos, la Costa del lago, los bosques, sacar fotos y videos, y recordar viejos tiempos. El sol del día empieza a despedirse y el horizonte del lago se cubre de decenas de grises entre las montañas.

El tercer día lo dedicamos  a continuar la ruta 63 hasta llegar al cruce con ruta 40 muy cerca de San Martín de Los Andes. Sin peso en las bicis recorrimos unos 100 kilómetros ida y vuelta atravesando grava 100X100, en donde el asfalto de la ruta 40 sería el límite. A mitad del camino nos reencontramos con el Lago Meliquina y su pequeña aldea de unos 150 habitantes. Plagada de hosterías y casas de té, un bar nos llama la atención y paramos a almorzar. El menú parece ser una exageración en calorías y finalmente fideos con estofado y guiso de lentejas, ambos en su versión de montaña confirman la hipótesis. Una siesta al costado del camino, bajo la reparadora sombra de un bosque es necesaria para mi organismo que tiene que dedicar sus fuerzas a pedalear o digerir el almuerzo. La sombra del bosque es demasiado tentadora.

Volveremos

Dicen que las despedidas son tristes, pero cuando pensas que tenes que recorrer 120 kilómetros que hace unos días atrás sufriste, no queda tiempo para tristeza. El secreto es planificar, y como en una final de fútbol o en los albores de una batalla, durante el desayuno del último día organizamos el recorrido para llegar a tiempo a nuestro vuelo.

El “Paso” lo alcanzaremos rápido, a los 25 kilómetros, el clima está fresco, las fuerzas intactas y el desayuno recargará las energías. Sabemos dónde repostar agua en el camino y dos grandes sándwiches preparados por Nora y cortados en varias porciones para su administración, nos tendrán que durar hasta la mitad del recorrido, después solo queda llegar. Todo se cumple a la perfección. Sorteamos el “Paso” sin problemas, la bajada es perfecta y una pequeña pinchadura es mantenida a raya con el inflador en sucesivas paradas. Confluencia nos recibe con su asfalto, inflamos las ruedas con una buena presión y recorremos los primeros 28 kilómetros en una sorpresiva hora. Todo marcha bien hasta que el viento se hace presente, la ley de Murphy del ciclista dice que si hay viento siempre será en contra y esta no sería la excepción. Al llegar a Bariloche y recuperar señal de internet descubriremos que soplaron vientos de 40 km/h. Veinte largos kilómetros de ruta plana con plato chico y piñón grande demolieron nuestra estrategia de llegada a destino, que suponía tres horas de recorte a nuestra primera jornada. Es muy difícil avanzar y la trepada al Anfiteatro se vuelve en nuestros cansados cuerpos,  más dura que el peor puerto de montaña del Tour de France. Ya sin agua ni alimentos solo queda no pensar y evitar ver el paso del tiempo en el reloj.

En la entrada a Bariloche el viento mengua un poco por las construcciones aliviando la pena, pero el tránsito se complica y obliga a reforzar la atención en el camino. Llegamos a la estación de micros de Bariloche con lo justo de tiempo y una rueda pinchada, recuperamos las valijas mientras improvisamos una merienda en plena tarea de cambio de cámara.

“Su atención por favor”

Con las valijas en la espalda, viento a favor ya que el camino era inverso y una bajada hacia el aeropuerto, transitamos los últimos minutos de esta aventura. El recorrido de los últimos kilómetros de este tour se vería reflejado en el Strava con la velocidad máxima alcanzada en estos cuatro días, con un pico de más de 45km/h de velocidad.

Después de más de 10 horas de pedaleo sin descanso, el miedo a quedar fuera del vuelo nos convierte casi en un sprinter de equipo profesional. Con el tiempo justo desarmamos y embalamos nuestras bicicletas, el Check In y despacho de las mismas se cumple una hora antes del despegue, tiempo justo para cambiarnos de ropa en el baño e iniciar el trámite de embarque. Una vez que el avión despega, nuestras pulsaciones deberían bajar, pero todo sigue igual, como en pleno ascenso al “Paso”.

No podemos dejar de pensar y planificar un nuevo viaje a este paraíso, lo imaginamos como un campamento Gravel, con amigos e invitados, no tan alocado y más suave, como para que nadie tenga excusas para no ir disfrutar de ese paraíso, ya que al fin y al cabo, para un ciclista, este debería ser su día perfecto.

Recomendaciones:

-Lean “El mundo ha vivido equivocado…”

-Escapen del miedo a perderse en la montaña.

-Rueden sobre grava y disfruten de ese sonido.

-Usen Gravel

-Imaginen su día perfecto arriba de la bici.

 Que usamos en el viaje:

-Bicicletas Gravel Reid Granite 2.0 (transmisión 2X8 Claris)

-Valijas de transporte Halawa

-Bolsos de Bikepacking Halawa y Roswheel

-Luces Knog

 

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El tour de las sierras de Pocho

Restaurante en Salsacate, Córdoba. Noche del domingo 31 de Julio.
“Terminó el Tour, ganó el Sky” me dice mi hijo Octavio, respondo desde atrás de la carta del menú con un tímido “mira vos”. Esto oculta por un lado mi avergonzarte desconocimiento (como amante del ciclismo que soy) del mundo del Tour de France y por otro una indecisión en la elección de la cena. La mesera se retira con la orden de parrillada y gaseosas para dos, mientras ultimamos los detalles para comenzar al día siguiente, muy temprano, un recorrido de dos días y 220 kilómetros de puro Bikepacking en una zona de Córdoba que desconociamos hasta ese momento.
Las Sierras De Pocho forman una cadena montañosa que se extiende de norte a sur en el sector oeste de Córdoba. Este es el lugar elegido para probar a fondo nuestras bicicletas Reid y también para compartir una de esas salidas que quedarán en el anecdotario de nuestras vidas.
La elección de la cena fue equivocada. Una sospechosa bandeja con achuras y chorizos, seguramente descongelados a fuerza de microondas y cocinados en un horno, fue suficiente para increpar a la mesera: “en donde yo vivo, la parrillada se hace en una parrilla. Por favor cambie esto por una pizza”. Por suerte la otra elección, la del escenario para esta travesía, resultaría exitosa. Y aunque sigo desconociendo el mundo del tour, el recorrido y sobre todo el final, terminaríamos tan satisfechos como los señores del equipo Sky.

220km2Grava

Etapa 1

Partimos al amanecer, entiéndase las 8hs. El hotel en el que dormimos, y en el que dejaremos al auto hasta nuestro regreso, está justo enfrente de la plaza principal, la única del pueblo. Las luces del amanecer están entrando en escena y la iglesia ubicada al otro lado de la plaza recibe justo las primeras luces del día. Sus paredes son de un blanco puro, de esos blancos que en verano encandilan a los desprevenidos. El aliento tibio de mi boca produce nubes que me envuelven en una mañana en que el frío, el sol y nuestras gravel son protagonistas.
Recorremos solo 100 metros y llegamos a la ruta que nos saca de Salsacate, esto da una idea del tamaño de este pueblo. El frío es tal que recurro al doble guante para poder sentir mis dedos. Tres kilómetros adelante llegamos a Taninga. No me animo a titularlo como pueblo, no tiene ni plaza ni iglesia. Es apenas un cruce de rutas en el que una estación de servicio, un parador y un par de construcciones asoman silenciosas. Doblamos y apuntamos por la RP28 con dirección hacia donde el sol se despedirá a última hora. La ruta nos promete un prolijo asfalto de 10km y un saldo de 25km más sobre una agradable grava. Suponemos en nuestra planificación que para la mitad del día habremos ascendido desde los 500 metros hasta 1100m, llegando a los famosos túneles de Taninga, una de las 7 maravillas (de Córdoba).


El paisaje comienza a volverse extraño y agradable, tal vez por ser una zona en donde la palmera Caranday es abundante y modifica el panorama o quizas también por que una gigantesca pirámide asoma al costado del camino.
La imagen se recorta perfectamente en el horizonte. Parece que estamos en Egipto, o si no quieren ir tan lejos digamos la península de Yucatán en tierras Mayas. El volcán Pocho se asoma triangular frente a nosotros y será la referencia observable desde decenas de kilómetros en los próximos dos días.

Dejamos atrás el asfalto y el concierto de grava comienza, esquivamos puestos de obreros que apuran la construcción de la ruta que llegará a los túneles en pocos meses, seguramente somos algunos de los últimos cicloturistas que disfrutaremos la grava virgen de este camino.
Pequeños parajes como Altos del Tala y capilla del Rosario quedan atrás. En Agua de Cal nos encontramos con uno de los personajes de la zona, el viejo Oscar. Un tanto parecido a Pepe Mujica está sentado en una mesa redonda de cemento, típica de jardín de casa, pero a 10 metros de la ruta. Algunos frascos de dulces, aceites y unos salamines colgados de una rama como lámparas que alumbran la mesa, obran como decoración minimalista en este humilde y simpático emprendimiento a la orilla de la ruta.
La parada es más que obligatoria, entre charla con degustación de salamines y pan casero recién horneado transcurre el tiempo de nuestras vidas. Nos despedimos mientras el viejo Oscar rápidamente detiene a un desprevenido turista en auto y lo recibe con un “no quiere una mielcita don…”.

Un balcón a La Rioja

Son cinco túneles y un puente bajo el cual la ruta hace un rulo en tan solo un par de kilómetros. Se construyeron en 1930 y en ese tiempo era un camino de conexión entre Cordoba y La Rioja. Hoy desplazadas por otras rutas más cómodas, es un destino de turistas que a diario llegan a su mirador. Aquí el cóndor es protagonista y seis majestuosos ejemplares se encargan de demostrarlo justo sobre nuestras cabezas.
La profunda Quebrada de Mermela nos permite desde lo alto, a donde llegamos con nuestras bicicletas, observar en el horizonte a la provincia de La Rioja. Tal vez en una noche diáfana y con buena agudeza visual se podrían ver las luces de Anillaco, tal vez.
Queda atrás el último túnel y la bajada de la montaña Rusa comienza, en apenas 15 kilómetros bajamos desde 1174 hasta los 300 metros. Me imagino que el paisaje debe de ser muy agradable, pero no hay tiempo para disfrutarlo. Velocidad, curvas, piedras, precipicios y dolor de manos que aprietan frenos. Llegamos al final de la bajada y una larga recta nos recibe, frenamos para descansar y sacar alguna toma con otro ángulo de la impresionante quebrada y de la altura en donde estábamos hace algunos minutos.


Área 51

El paisaje cambia abruptamente: llano, amenazantes espinillos y una ruta arenosa que define a una zona árida. El único desvío a la izquierda en kilómetros es el inequívoco camino a tomar en busca de nuestro destino nocturno. Chancani es un pueblo rural de escasos habitantes, tiene su plaza, su iglesia y perros callejeros que a fuerza de sol se han vuelto vagos para correr bicicletas. Está es la única señal de civilización que veremos en 80km de una recta “comecabezas”. Es una de esas rectas que los cicloturistas odiamos, pero que necesitamos cada tanto vivirlas para no morir.
Los mapas dicen que es la RP51, pero no hay un amable cartel que lo confirme y me permita sacar la foto que quisiera tener.
De norte a sur, paralela a la quebrada y trepando lenta pero inexorablemente desde los 300 hasta los 500 metros, se desarrolla esta desolada y misteriosa ruta Cordobesa, casi como la famosa Área 51 en Nevada.
Transcurren los kilómetros mientras administramos el agua de las caramañolas y devoramos la provisión de alfajores y chocolates con el azúcar necesario para alimentar motores. El sol comienza a caer tan rápido como la temperatura mientras calculamos tiempos de llegada y aceleramos para que no nos sorprenda la noche en el camino.

Buen nombre para una ciudad

San Pedro es como el conurbano de Villa Dolores, nos recibe a dos kilómetros de nuestra meta del día, y es parada obligada para nuestras almas cansadas. Las provisiones se habían acabado varios kilómetros atrás y un quiosco sería dulcemente aprovechado en la reposición de glucosa. Luego de 12 horas y 135 kilómetros llegamos a destino, mentalmente contentos y físicamente cansados, con dolores en todo el cuerpo, lo que me hace pensar en que Villa Dolores es un buen nombre para explicar cómo nos sentimos.
Bikepacking sin carpa, por que estamos en invierno. Ojo, somos guapos pero no locos, así que lo primero que hacemos en esta ciudad es buscar algún hotel para pasar la fría noche. Las noticias son malas en el primer hotel en el que consultamos, diría que casi terroríficas ya que el dueño me notifica con un auténtico acento cordobés que no solamente tiene ocupadas todas las habitaciones, sino que además no hay lugar en ningún otro lugar por la disputa de un campeonato nacional de Handball en la ciudad.
El terror impulsa nuestra pedaleada en busca del segundo hotel que aparece en el recorrido mientras no me resigno a dormir en la terminal de micros, el cual aparece instantáneamente en mi cabeza como plan B. El alma que estaba a punto de separarse de nuestros cuerpos detiene su partida ante la confirmación de una pequeña habitación disponible, el cuarto es realmente pequeño y con una sola cama doble. Imagino que sería mucho más pequeña para un jugador, o peor aún para un gigantesco arquero de Handball.
Nos separamos momentáneamente de nuestras bicicletas y las dejamos a resguardo bajo llave en el lavadero del hotel, una buena ducha de agua caliente y bajamos al restaurante haciendo ruido con nuestras zapatillas con calas. Pastas y duraznos en almíbar para reponer algo de las 3587 calorías que anuncia como consumidas Strava en mi celular. La primera etapa del tour, El Tour de las Sierras De Pocho llegaba a su fin.

Etapa 2

Villa Dolores puede tener dignamente el título de ciudad, la mañana del segundo día nos lo demuestra. Luego del desayuno, ensillamos nuestras bicicleta con los bolsos de Bikepacking. No hace falta ningún control ni regulación, las Reid Granite soportaron perfectamente el largo kilometraje ayer realizado. A dos cuadras del hotel hacemos una parada de aprovisionamiento en un quiosco: agua para los próximos 40 kilómetros, chocolates, turrones y barritas, además de una chocolatada que se me antoja. Todo esto mientras un persona me pregunta si éramos nosotros a los que ayer cruzó en la 51, de donde somos y adónde vamos. Esta es la parte en que la fama nos recibe y los cicloturistas nos sentimos estrellas, como un Froome o un Sagan en medio del Tour.
A escasas cuadras de la plaza principal nace una vieja ruta aún de tierra, bautizada con el caprichoso número 307, esta ruta nos deberá llevar a través de un camino rural en un ascenso para empezar a recuperar los metros ayer descendidos. Al final del día recuperaremos unos 700 metros de desnivel, un lindo puerto de montaña como dicen en el Tour.

Esta ruta trazada a fuerza de mulas y caballos fue abierta por el cura Brochero, pasada la mitad del siglo diecinueve. Nos sorprenden en el camino algunas aldeas, todas con iglesias, signo de la alta tradición e historia cristiana de la zona. Altautina es la primera, tan solo 20 habitantes, un arroyo que se transforma en vado para interrumpir brevemente el camino. Chivos en ambos márgenes y cotorras anidando en los grandes eucaliptos. El camino sube con una pendiente que comienza a molestar a nuestros cansados gemelos, un cartel que reza “cuesta de Altautina” nos recibe y confirma el final de una dura ascensión. Sin maillot a lunares, nos sentimos auténticos reyes de la montaña. Ciénaga de Allende, seguramente con menos habitantes que Altautina es el último punto antes de alcanzar el asfalto de la RP15.


“El hombre propone y el viento (en este caso) dispone” dice el refrán. El camino programado sería un desvío a pocos kilómetros de esta ruta de asfalto para ingresar en una ruta de grava que se interna por varios parajes hasta llegar a la mismísima Salsacate. Un viento de entre 20 y 25 km/h en contra desalienta esa incursión y decidimos achicar el recorrido unos 20km continuando por asfalto, nuestras bicicletas gravel están pensadas para un uso mixto y es un buen momento para probarlas en la ruta.
Los bolsos que cargamos están ubicados estratégicamente en la bicicleta y ayudan a mantener la aerodinámica efectiva. Esto sumado a nuestra posición sobre el manubrio rutero, nos permite luchar en buenas condiciones contra el dios Eolo.
Cuarenta duros kilómetros al frente del pelotón, poniendo el pecho al viento, me sirven para confirmar mi tarea de buen gregario según los términos ciclisticos. Octavio me va cantando los kilómetros faltantes para arribar a Taninga. La pirámide Cordobesa, como me gusta llamar al volcán Pocho, nos recibe luego de dos días.

Salsacate no tiene Photo finish

Es increíble cómo el cansancio acumulado en dos jornadas desaparece faltando tres kilómetros para la llegada, la explicación es psicológica y no física por supuesto.
Logramos completar el recorrido de 220 kilómetros en dos días, con un desnivel acumulado de 4000 metros.
Estamos a escasos 2000 metros de Salsacate, en una ruta asfaltada que desemboca en la plaza principal, y mi pregunta al destino es por qué si en los dos días no nos cruzamos con ningún ciclista, justo en este lugar nos tienen que pasar dos pilotos en MTB vestidos con remeras del Río Pinto. Quiero decir que hay dos cosas que no soporto de Salsacate, una es su “parrillada al horno” y otra es que a metros del final me pasen, sea o no sea esta la llegada del Tour De France.
Octavio me conoce y sabía que al pasarnos las dos rodado 29”, se desataría una guerra a muerte. Sin pretenderlo, un final adrenalínico concluiría nuestro viaje. Los sobrepasos se sucedieron un par de veces hasta que un mano a mano entre uno de ellos y yo, sería la toma principal de una imagen de ESPN que nunca existió.
Salsacate no tiene Photo finish pero solo quiero decir que justo ahí, donde está el cartel blanco con letras negras que anuncia la llegada al pueblo, justo ahí le saqué una bicicleta de distancia a mi rival. No levante mis brazos solo por respeto o por que tal vez soy poco efusivo. Strava marcaría luego un modesto sprint de 46km/h, gregario de lujo dirían en el Tour, más aún teniendo en cuenta estar cargado con bolsos y de años.
Concluye lo que bauticé como el Tour de las sierras De Pocho, un viaje perfecto de cicloturismo que nos sirvió para compartir grandes e imborrables momentos junto a mi hijo y para disfrutar de nuestras bicicletas gravel en donde más a gusto se sienten.
No hace falta que me otorguen el maillot amarillo, la victoria la siento igual.