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Vete al Diablo

Lo que nos diferencia evolutivamente de los animales, además de la posibilidad de raciocinio, es haber adoptado la capacidad de evadir una vez al año la rutina normal de supervivencia, de escapar de nuestros enemigos, de camuflar momentáneamente nuestra vida, de modificar costumbres, de relajarnos y bajar la guardia, compartir momentos tranquilos con nuestros pares y de conocer nuevos territorios de caza. A esa capacidad de adaptación, los humanos la llamamos vacaciones.
Me gustaría consultar con algún zoólogo si para algunas especies la migración sería algo similar, pero no, estoy aquí para contarles de un buen lugar que conocí al disfrutar esa capacidad evolutiva que tenemos los Homo Sapiens. Por mí, se pueden ir todos al Diablo, y por supuesto llevar sus bicicletas.

Diez días de paz y pedal

Por segunda vez en la vida las coordenadas migratorias de las vacaciones me llevaron a Punta del Diablo, un pequeño pueblo en la costa norte Uruguaya. Esta vez adopte el “modo” sedentario y nos instalamos en una pequeña cabaña para trasladar nuestra vida a ese lugar. Por supuesto que nos llevamos dos bicicletas, de otra forma la vida no es vida. Mi Reid gravel y una Tern D16 (a esta altura ya heredada por mi esposa).

Si me piden que describa Punta del Diablo diría que es: tranquilo; pintoresco; alejado; con un olor salado y a pescado en el aire cuando sopla el viento del mar; con caminos arenosos y de grava que invitan a pedalear, para perderse en senderos que nos llevan a parajes desiertos a través de repechos que nos sacan el aire.
Para un ciclista, despertarse a las siete de la mañana en este lugar es recibir un guantazo en la mejilla. Solo basta abrir la ventana de la cabaña, sentir que el silencio es solo alterado por los pájaros, olfatear el aire húmedo del rocío de la noche y ver que una calle de grava pasa justo ahí delante de tus narices.
Todas las mañanas de mis vacaciones, cuando los amantes de la playa (mayoría aquí) descansan y preparan sus sanguchitos para una tarde en la arena, yo salté de la cama y me escapé silenciosamente para recorrer en bicicleta estos hermosos parajes.

El naufragio

Una bandada bulliciosa de cotorras pasa sobre mi. Una vez que el silencio vuelve a la escena aprovecho el momento para calzar el pie derecho en el pedal y escuchar el “clac” de las calas de mis zapatillas, las ruedas de mi bicicleta giran los primeros 180 grados y el la orquesta grava empujada por las cubiertas inicia su concierto.
El pueblo tiene solo una calle de asfalto de unos 5 kilómetros que va desde la ruta 9 hasta el mar, divide al lugar en dos: grava de un lado y grava del otro. Me dirijo rumbo al sur por los senderos internos y me guio con el mapa en mi celular, los caminos son salpicados esporádicamente por alguna cabaña. Pinos, eucaliptos y palmeras de fondo. Llego al cruce con la ruta y con la misma naturalidad del pedaleo en la grava me cambio al asfalto, tal vez es esto es lo que me fascina de mi bicicleta gravel.

La banquina de la ruta es ancha y los automovilistas en Uruguay son muy respetuosos, me siento tranquilo y devoro kilómetros en busca de la pequeña aldea La Esmeralda. Un camino secundario que serpentea paralelo a la ruta me invita a salir del confort, hay partes inundadas por alguna lluvia reciente y parezco un perro jugando en el agua. Sé que mi bicicleta va a necesitar una limpieza profunda, pero la felicidad no tiene precio. “Camping El Cocal” dice un cartel en la ruta, es momento de girar y de seguir el camino que muchos kilómetros después nos hace pasar por este interesante lugar. Antes de llegar al mar, a mitad de camino, podemos dudar pero un cartel sentencia “Ya falta poco” y nos tranquiliza de la senda elegida. Paso por la entrada y lo agendo para un eventual viaje largo de cicloturismo, estoy en búsqueda de un lugar especial y continúo el pedaleo hasta que un gigantesco médano se interpone entre el mar y mis ganas de encontrar lo que busco. Cruzo el minúsculo desierto y una vez en la playa pedaleo por la arena dura esquivando la agonía de las olas.

Es una zona completamente desierta y a los dos kilómetros encuentro el tesoro. Me reciben los últimos rastros de un naufragio que está a punto de cumplir 50 años, apoyo la bicicleta para la foto obligada y no puedo dejar de viajar el tiempo: El barco de los cuatro nombres, 1943 William Howland (EEUU), 1943 Malin Head (Inglaterra) 1951 Ocean Swell (Noruega) y 1953 Cocal (Brasil). Fue un carguero N3-S-A1 que participó en la Segunda Guerra Mundial en la Royal Navy Inglesa como fuerza de apoyo y que posteriormente desempeñó tareas de carga bajo otras banderas. En 1969, bajo circunstancias no claras, encalló en las costas de Uruguay cerca de la pequeña aldea de La Esmeralda, a unos 50 kilómetros de Punta del Diablo. Actualmente solo sobrevive parte de su proa, esa que surco varios mares, que escapó de torpedos Alemanes y que conoció cientos de puertos. Hoy asoma triste cada vez que la bajamar decide brindarle honores.

El regreso decido hacerlo hasta La Esmeralda por la playa, son unos 6 kilómetros por la arena, luego un lindo camino de grava y después asfalto. El esfuerzo es grande pero me espera una siesta reparadora al final de los 70 kilómetros del recorrido del día. Mientras pedaleo de regreso, pienso: mueren tristes los barcos que encallan en la playa?

La Fortaleza

Amanece en Punta del diablo y decido recorrer en bicicleta el cercano parque Nacional de Santa Teresa. Los mapas no lo marcan, pero con un poco de voluntad encuentro entre un bosque achaparrado, la ruta que une este pueblo con una antigua vía de acceso que lleva al parque. Caminos semi asfaltados, o mejor dicho descuidados, hacen atractivo el recorrido. El camino serpentea entre el parque de más de 3000 hectáreas y brinda paisajes diversos: vistas de playas desiertas; repechos entre bosques de pinos y eucaliptos; granjas privadas; y ya en el casco principal, viveros y jardines que son una muestra de la flora particular del lugar. También cuenta con puntos de abastecimiento como una pequeña despensa, una panadería y un restaurante, y hasta un cajero automático por si nos quedamos sin efectivo.

El parque posee varios campings muy interesantes y amplios, con mucho bosque, ideales para los que gustamos estar alejados de todo, algunos tranquilos y otros no tanto, pero siempre con la posibilidad de alejarse bastante de algún vecino molesto.
La estrella de este lugar es sin dudas la fortaleza de Santa Teresa. Justo en el límite norte y a menos de 30 kilómetros de la frontera con Brasil, nos encontramos con un fuerte construido por los Portugueses en el siglo XVIII. Disputado intensamente por ser un punto estratégico, pasó varias veces de mano entre España, Portugal, Brasil y tropas Uruguayas. Se lo puede visitar y recorrer su interior para remontarnos un poco en la historia, imperdible subir a lo alto de sus murallas y observar el horizonte.

El recorrido del día sumaría unos 50 kilómetros, pero como en las vacaciones hay tiempo de sobra decidí cruzar la ruta 9 e ir en busca de la Laguna Negra, este amplio espejo de agua sirve como reservorio de agua dulce y es aprovechado para el riego de los campos del lugar. El camino de grava me conduce luego de varios kilómetros hasta la misma orilla de la laguna, tomo un breve descanso hasta que La Paz del lugar logra aturdirme y me obliga a regresar. La laguna Negra queda atrás y del monstruo, ni noticias.

Pesca del día

Punta del Diablo es una antigua aldea de pescadores artesanales. El casco principal está justo frente al mar y la calle primaria y de más movimiento tiene unos 300 metros de tierra, y en bajada, atractiva y pintoresca, es para recorrerla a pie pero teniendo una bicicleta sería un pecado no andar por estos lados. Antes del mediodía la zona es un desierto y en varias oportunidades la cruzo rumbo a la escollera natural que se interna en el mar. Mi trailer Burley está enganchado en la parte trasera de la bicicleta y transporta un par de cañas; la caja de pesca; termo; mate y un cuarto de bizcochos. Porque estamos en Uruguay, a las facturas le decimos bizcochos y no se pide por docena si no por peso.
Puedo llegar con un pequeño grado de dificultad hasta casi la punta de la escollera con la bicicleta y el trailer, desde ahí hacer unos tiros en busca de alguna brótola y volver luego de algunas horas pedaleando cuando el centro comienza a revivir y poblarse de gente.

Los atardeceres son igualmente aprovechables. Pedalear hasta la playa de los pescadores nos brinda la postal perfecta: la llegada de las famosas barcazas que traen el preciado tesoro obtenido luego de una dura jornada en el mar. La gente se aglutina para ver el espectáculo diario del desembarco, en plena playa, de la pesca del día que en minutos está lista para que los clientes compren la cena de la noche.

Cicloturismo

La Costa Uruguaya se está convirtiendo en destino para muchos ciclistas Argentinos a la hora de organizar su viaje. Desde Atlántida hasta Punta del este es el tramo más conocido, pero el departamento de Rocha, bien al norte, nos brinda una posibilidad extra: tranquilidad; bellos paisajes y caminos ideales para pedalear; pueblos pequeños; seguridad; cordialidad; buena oferta de campings y accesibilidad desde Buenos Aires. Todo esto forma un combo muy atractivo a la hora de planear unas vacaciones en bicicleta. Una buena gravel, MTB, rutera o una humilde playera, todo sirve si hay ganas de aventura. Les dejo un recorrido para que sueñen y planeen: alforjas y carpa, parando en camping. La Esmeralda, Punta del Diablo, Parque Santa Teresa, La Coronilla, Barra de Chuy, llegar hasta tierras Brasileñas y si quieren, antes de regresar, poder cantar “Brasil decime qué se siente”.

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