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Una nueva especie

Cuando en el año 1831 el HMS Beagle partió de un frío y brumoso puerto de Inglaterra, su pasajero más famoso, el señor Charles Darwin, no calculó que los dos años originales planeados de viaje alrededor del mundo se convertirían en 5. Seguramente habrá aprovechado cada instante extra para escribir todas las visiones y sensaciones obtenidas en su viaje, cada nueva especie observada sería detallada en sus borradores que posteriormente sentarían las bases para su famoso libro “La evolución de las especies”.

El slogan de Giancarlo Brocci, el creador de esta carrera, dice: “Eroicos, una especie en vías de multiplicación”, y me hace reflexionar sobre el tema en el amanecer de un frío domingo, donde mis compañeros son los futuros 180 kilómetros de la prueba principal; una amenazante garúa; un interesante viento de origen oceánico; el alma pétrea del viejo faro de la península y un puñado de ciclistas empecinados en desafiar a la modernidad. Estoy seguro de que estos “Eroicos” hubieran sido agregados en el libro de Darwin como una nueva especie, si los tiempos de ambos hubieran coexistido. La Eroica, una prueba reservada para bicicletas clásicas llegó para quedarse en el calendario mundial, una nueva especie o tribu ciclista se ha instalado y ha comenzado a multiplicarse.

180km1Grava/Asfalto

Una gran familia

Esta prueba no es una carrera, y si no entienden esto a la hora de largar estarán en problemas. La frase icónica este año que sintetiza esto es: “tenemos un tiempo límite de 12 horas, aprovechemos todo ese tiempo”. A las 7 de la mañana somos pocos los que vamos en busca de los 180km de la prueba larga. Pocos, pero nos conocemos, sabemos nuestros nombres, de qué país venimos, si estuvimos el año pasado y como nos fue, de nuestras bicicletas. Se puede decir que somos una gran familia y estamos todos juntos desayunando los primeros kilómetros de asfalto mientras pedaleamos como una gran cofradía, a través del camino que separan la plaza del faro y el puente de la Barra.

A poco menos de media hora de haber comenzado a rodar, nos recibe la primer calle de grava y nos despedimos alegremente del asfalto. Esta prueba surgió en La Toscana Italia, como homenaje al ciclismo clásico y para concientizar sobre la necesidad de proteger los caminos rurales. Vinimos en búsqueda de la música que ejecutan nuestras ruedas apartando piedras y empujando tierra. El concierto ha comenzado.

Kilómetro 20, el estóico pelotón de los Jerseys desteñidos llega unido al primer checkpoint. El solo hecho de hacer sellar el pasaporte produce la separación de los ciclistas una vez reanudada la marcha. Comienza aquí una etapa distinta, en donde la cabeza comienza a jugar un papel importante, se comienza a pedalear solo y en las primeras trepadas nuestros queridos cambios a fricción empiezan a despertarse de su largo letargo. Mi Caloi 10 se siente como en 1978, año en que salió de fábrica. Yo podría decir que también me siento en esa época, con unos vitales 15 años. La realidad es que ya pasaron casi 40 primaveras y tanto mi Caloi como yo, nos estamos burlando de ese término moderno llamado “obsolescencia programada”.

La misa ciclista

Nos acercamos al kilómetro 50, las calles de tierra se han ido afinando y a esta altura ya son senderos poco transitados. Una gran bajada con una curva cerrada a la izquierda, cubierta con grava de la linda, hace sonar la alarma en la conducción. Conservo penosamente el equilibrio mientras derrapo, esta sensación produce éxtasis en mi alma ciclista. En el fondo de esa bajada, un ancho arroyo de aguas transparentes, apenas sombreado por un puente, me despierta las ganas de matear con los pies en el agua y una cañita mojarrera en la mano.

La subida es dura pero al final se divisa el próximo checkpoint. Llego a la pequeña Iglesia de San Benito, es domingo cerca de las 10 hs, no hay misa y la ceremonia es nuestra. Momento para recargar el alma, agua y un par de sándwiches mientras descansamos unos minutos y contemplamos el paisaje.

Lllega al checkpoint Joao, un Portugués que participa con una bicicleta idéntica a la mía y con el que nos auto nombramos “Equipo oficial Caloi”. Reanudo la marcha y al poco tiempo descubro que mi rueda delantera comienza a perder consistencia. Una rueda desinflada y una calle con serrucho no son una buena combinación, por lo que comienzo a parar cada 5 kilómetros para completar el aire perdido, con la esperanza de llegar al próximo checkpoint en la bodega Garzón, en dónde podré cambiar cámara con mayor comodidad.

Un lugar en el mundo

La fascinación que produce el vino en mucha gente, la comparo con lo que siento al pedalear a través de un viñedo. Entrar a los campos de Garzón es una experiencia fantástica, y gracias a los cárteles de la organización puedo ir hilvanado el recorrido  que se asemeja a un gran laberinto de hermosas plantas simétricamente separadas y con callejones que invitan a perderse. Luego de varios kilómetros llego al mejor checkpoint del recorrido, con dos metas a cumplir: zambullirme en la mesa de comidas que nos tienen preparada y comer un gran racimo de uvas, o en su defecto beber el producto derivado de ellas, y por supuesto si sobra algo de tiempo reparar la rueda delantera. No fue tan duro llegar al casco principal del Garzón, que está en la cima de una colina. Quizás por una baja altimetría del terreno o por las ganas de alimentarme.

Estamos en el kilómetro 80, casi a mitad del recorrido y es el momento de un buen relax. Solo falta una alfombra roja, nos reciben como estrellas, algo razonable por nuestra condición de Eroicos. Fotos, cámaras de video, drones que nos sobrevuelan captando ángulos cenitales, todo eso mientras compartimos el mejor momento de la prueba. Varios vasos de limonada y jugo helado hidratan mi pérdida líquida desde que salimos del faro. Esta es solo la entrada para luego ir al plato principal, un ahumado de cerdo, seguido de mortadela con pistachos regada de una fina lluvia de aceite de oliva. Todo esto acompañado con una copa de pinot noir de la casa, sentados cómodamente en un deck con vista al valle.

Abro paréntesis para recordar ese mágico pero real momento, e invitarlos a que cierren los ojos y sueñen con participar el próximo año, no acepto personalidades tibias en esta fantasía, se convierten en Eroicos o siguen leyendo mis crónicas.

Pueblo Garzón: 600 habitantes

Si alguno se pregunta si cambie la cámara en el checkpoint de la bodega, debo decir que si, quedaron unos segundos después del almuerzo para esa tarea; estamos nuevamente en camino después de una arquitectónica y estética salida de la bodega.

Como piezas de ajedrez sobrevivientes en una partida ya avanzada, los ciclistas nos separamos por la ruta en busca de Pueblo Garzón, un bello lugar con tan solo 600 vecinos, donde la plaza principal (obviamente única), tiene lo que hay que tener para ser desconocidamente famosa si se me permite el oxímoron: una infaltable iglesia; una pequeña casa que no llega a tener el título de municipalidad; cuatro calles de tierra que la rodean; y el restaurante de Francis Mallmann en una esquina. Si sumamos todo esto y le agregamos una mesa de checkpoint, será suficiente para volver al día siguiente a sentarnos en un banco de esa plaza a contemplar un rato su pacífica vida.

Dejando atrás el pueblo comenzamos a transitar una ruta asfaltada con apenas dos semanas de vida. Para los 600 vecinos es una revolución, para nosotros es un pequeño descanso de la grava en nuestro largo regreso al punto de partida.

The answer is blowing in the wind

Las sierras están quedando atrás y nuestro descenso hacia el mar es lento como arroyo de llanura, solo es interrumpido por un checkpoint sobre la ruta 9. Sellamos pasaporte y reponemos energías con más sándwiches. Los Eroicos no sabemos de barras energéticas ni de geles, y cuando nos hablan de carbono o de aluminio, es posible que el solo oír dichas palabras nos produzca algún brote alérgico en nuestro cuerpo. Me anuncian que el próximo destino en nuestro agradable recorrido será el faro de José Ignacio, la ruta de grava y luego de asfalto nos lleva hacia el mar, pero el arribo se hace desear en la tarde de domingo. Un empecinado viento en contra nos acerca la respuesta, se comienza a oler el mar en el viento. En la última trepada cierro los ojos al llegar a la cima, como al pasar la hoja en un tomo de enciclopedia pasamos instantáneamente del paisaje de llanura a una postal marítima. Casi a la entrada del faro me encuentro con la camioneta de la organización que me da las instrucciones de seguir camino ya que el checkpoint del faro estaba siendo levantado por problemas técnicos, lamentaría mucho esto más adelante al saber que algunos pudieron disfrutar del lugar y de un sabroso plato de fideos que servían ahí..

La Linda

Pedaleo solo por la ruta, con el Atlántico bramante a mi izquierda y la laguna de José Ignacio a mi diestra, sin saberlo estoy cerca de un último regalo de esta prueba. Pocos kilómetros después de dejar atrás la laguna, el camino se interna nuevamente hacia la sierra, un circuito de 20 kilómetros me depositará nuevamente en la ruta por la que transito, pero antes me brindara la vista de un arroyo y chacras de la zona. Mientras gigantescos cuervos y caranchos planean gracias al viento y a las térmicas de las colinas, yo juego como un gato con sus sombras y trato de pisar sus siluetas por el recto camino que transito. Llegando a una zona urbana y prestando atención a las señales de la carrera, logro encontrar el parador La Linda. Llego solo y descubro a poco del final de la prueba un interesante restaurante con una gran salón y una interminable mesa de refrigerios. Mientras una chica sella mi pasaporte veo una gigantesca horma de queso oradada por una amable cuchara, una buena variedad de fiambres y un sabroso vino tinto que da un maridaje perfecto a esta hora de la tarde, junto con la tranquilidad de que nada detendrá mi avance hasta la llegada.

Llegan al checkpoint Eduardo y Maxi, compartimos un agradable y sabroso momento. Deben ser como las cuatro de la tarde pero poco importa, tampoco influye nuestra posición en la prueba, arrancamos para completar los últimos 15 kilómetros. Comparto este último trayecto con Eduardo Morena, de Buenos Aires, con 4 Eroicas en sus espaldas. Junto a él recorrimos una buena parte del trayecto charlando y disfrutando las bicicletas, una pedaleada que nos debíamos desde Argentina. Las amistades que se forjan entre Eroicos suelen ser inquebrantables, y lo confirmo un día después de la prueba al recibir un email de mi amigo Jean-Claude, un Chileno con el que corrimos a la par en la anterior edición. No pudo venir en ésta oportunidad, pero me envió saludos y deseos de que complete la vuelta.

Último sprint en el pasado

Quedaron atrás las calles de grava, los campos y colinas, entramos en Punta del Este y vamos en busca del faro, es el último sprint. Eduardo perdona mi retraso final, culpa de los 5 kilos de diferencia en nuestras bicicletas y bordeamos el último tramo de mar a la par. La llegada es sin bandera a cuadros, pero con la emoción y alegría de haber completado la larga vuelta. 180km, casi 9 horas, un promedio de 20 km/h. Será una anécdota para los que gustamos de las estadísticas y una idea de esfuerzo para los que gusten aventurarse en esta prueba.

Las fotos, los abrazos y las sonrisas se adueñan del paisaje en el atardecer peninsular, juraría que tengo ganas de largar nuevamente, pero tendre que esperar un año, o tal vez menos si tomo en cuenta el calendario mundial: California, Sudafrica, España, Japón, Italia, Canadá. Así es, la semilla está germinando en todos los continentes. Observo llegar a más corredores y en su cara veo algo más que felicidad. No sé cuál es la palabra justa para describirlo. Miro por un momento el mar, ese que transitó Darwin en busca de nuevas especies, y confirmo que la evolución se hizo presente aquí, nació una nueva especie de ciclistas, los Eroicos han comenzado a multiplicarse.

 

Fotos por: Rodrigo Guillenea y Gustavo Almada

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