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La vuelta a Londres en una Tern

Phileas Fogg, un auténtico caballero Británico si los hubo, apostó la mitad de su fortuna entre sus colegas del exclusivo Reform Club, que partiendo de Londres, y utilizando los medios de transporte disponibles en la segunda mitad del siglo XIX, daría “La vuelta al mundo en 80 días”. Para lograrlo, Fogg utilizó en su viaje distintos vehículos; buques de ultramar, trenes, barcos a vapor, goletas, trineos y hasta elefantes. Todos fueron de utilidad para ganar su apuesta. En ningún momento a Julio Verne se le ocurrió que el personaje central de su fantástica historia utilizara una bicicleta como medio de transporte. Voy a perdonar al gran Jules en esa terrible falta. En parte por que de chico y sin salir de mi casa, me hizo viajar por el mundo, bajo el mar, al centro de la tierra y llegar hasta la mismísima luna. También obviamente, porque en su época no existían las bicis como las conocemos hoy, y ni hablar de las plegables. Se me ocurre que hubiese sido perfecto que el Britanísimo Phileas Fogg iniciara su viaje pedaleando en una Brompton, desde el Big Ben, y la llevara junto a él durante su periplo. Se me podrían seguir ocurriendo más incoherentes planteos como éste mientras miro por la ventanilla del tren en el que estoy viajando, pero una voz femenina suena a través de los parlantes y me avisa que Waterloo es la próxima estación. No tengo ninguna apuesta con nadie, pero un dia antes de partir a Buenos Aires, decidí hacer un último gran recorrido a Londres y mi único medio de locomoción a diferencia de Phileas es mi plegable Tern Link D8. Comienza la vuelta a Londres.

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Waterloo

La principal diferencia de los trenes de Londres con los de mi querida Buenos Aires, es que en estos tengo la curiosa sensación de no querer llegar nunca a destino. No sé por qué, quizás por su insonorización, por sus cómodas butacas, por sus mesitas rebatibles detrás de las butacas vecinas, por el paisaje de la campiña Inglesa, por las cómodas mesas armadas donde los pasajeros comen o utilizan sus laptops, por el personal de limpieza (que recorre limpiando los vagones antes que los papeles toquen el piso), por los vagones “silenciosos” en los que no se puede hacer ruido ni hablar por teléfono, por que hay otros vagones con capacidad de solo tres bicis (y nunca hay más de tres bicis), porque las plegables no cuentan como bici, o por que el pasaje cuesta unos $270 fuera de horario pico. Todo esto hace muy dificil y triste la decisión de levantarse de la butaca.

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Bajamos del tren, damos unos pasos para apartarnos de la marea humana, y armamos nuestras bicis. Me acompaña Juan, otro entusiasta de la bici, que ha traído para acompañarme y guiarme en el recorrido su Tern Eclipse P20.

Pasamos el boleto por la maquina, e ingresamos al hall de la estación. Gente corriendo, caminando velozmente sin dudar, y muchos inmóviles con la mirada dirigida hacia arriba, como iguanas tomando sol, observando atentamente el gran cartel electrónico, en donde segundo a segundo se publican salidas, horarios y más de 15 andenes desde donde partirán a sus destinos.

Salimos a la calle y quedo shockeado por una imágen; el estacionamiento de bicicletas. Habré visto muchas imágenes como ésta en la web, pero verla personalmente me impacta, hubiese perdido un buen tiempo del recorrido contándolas, asi que a groso modo diré que había unas 1000, y no creo equivocarme por mucho.

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Tate vieja, Tate nueva

Comienza el recorrido, nos vamos hacia el norte, buscando el Támesis. Si quiero volver sano a casa ésta noche, debo concentrarme en pedalear por la izquierda, aquí se maneja ordenado pero rápido y no hay tiempo para pensar. Si en Buenos Aires nos tenemos que cuidar de los colectivos, acá los bondis son de dos pisos. Tomamos la avenida A3200 y sorteamos con éxito la primer rotonda. Avanzamos cómodamente ya en la primer bicisenda que encontramos. Una cómoda pista de dos carriles en la misma direccion, pintada totalmente de azul. Junto a un grupo de ciclistas nos detiene el semáforo rojo y me sorprendo gratamente al ver como todos se detienen sin invadir la senda peatonal, respetando la posición de llegada y manteniendo un orden impecable. Aun cuando el tránsito por la transversal había cesado, nadie intentó cruzar y todos obedientemente esperamos el cambio del color del semáforo.

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Invitados por el mapa que llevo en el manubrio, doblamos a la izquierda en una de las tantas calles de la ciudad, esta no quiere mantenerse recta y empieza a serpentear entre viejos edificios.

Las calles son angostas pero a nadie se le ocurre estacionar en un lugar prohibido, lo cual agiliza el tránsito. Llegamos a la entrada de la Tate Modern, uno de los más famosos museos de la ciudad, que días atrás acudimos a la apertura del nuevo edificio que se conecta con el viejo. Con formas vanguardistas, la estructura de más de 10 pisos merece una tarde completa para su recorrido.

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Pedalear o no pedalear

Buscamos la rivera del Támesis y, a través de una vereda ancha que balconea el río, avanzamos un poco más lento entre la muchedumbre. A pocos metros nos encontramos con un antiguo edificio. Se complica pedalear pero imitando a otros ciclistas vemos que con respeto los peatones y nosotros podemos convivir, pedalear o caminar, ser o no ser, llegamos al Teatro Globo, el de  William Shakespeare. Durante mi estadía en la ciudad, me establecí como objetivo acudir a ver una obra en este colosal teatro, y pude disfrutar de “Sueños de una noche de verano” en una representación súper contemporánea. Excelentes actores y un gran director, en el lugar ideal para hacer teatro. Recuerdo mis años de actor amateur y mis guiones de MacBeth. Si me vieran los muchachos de actuación.

Volvemos a la calle, seguimos pedaleando, paramos a sacar una foto con “The Shard” en el fondo, un gigantesco edificio que llama la atención por multiplicar en altura a sus vecinos, y por su extraña forma.

Pliego la bici y la pongo en el medio de la calle, no viene ningún auto y creo lograr una linda foto, en la toma se ve la bici plegada, reducida a su mínima expresión y de fondo el segundo rascacielos en altura de Europa.

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Tower Bridge y la torre del terror

Les puedo asegurar que cruzar el Támesis en bicicleta es algo fantástico y más haciéndolo con mi querida y porteña D8. Cruzamos el río por el Tower Bridge. Este puente fue construído a fines del siglo XIX para aliviar el paso de peatones y vehículos, pero tal vez no estaría mal que vayan pensando en uno más, ya que ahora se ha agregado al paisaje la clase turista. Varios mitos urbanos se manejan en la actualidad sobre el color celeste y blanco con el que luce pintado, unos dicen que es costumbre pintar con los colores del último país vencido en una guerra. Dudo mucho de ésto porque al imperio no le habría alcanzado el dinero para tanta pintura en el último siglo, prefiero pensar que alguien apostó: “si ese gordito nos hace un gol, pintamos el puente de celeste y blanco.”

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A unas pedaleadas de ahí llegamos a la fortaleza de su majestad, construída por Guillermo el Conquistador en el año 1066, la famosa torre blanca se convirtió allá por el 1100 en prisión, y fue la figura que representaba el terror y temor de los adversarios y los opositores al reinado de turno. Ahora es una de las atracciones principales para los turistas, que pueden recorrer el castillo y subir a la torre y hasta encadenarse para la foto.

En ésta ciudad cualquier lugar es bueno para sentarse a almorzar en un espacio público, una costumbre tradicional de los Ingleses es comer y beber en la calle, parados, en parques, en la vereda, es hora de disfrutar los sándwiches que viajan en nuestras mochilas, no se muy bien donde estamos, pero hay un buen banco, una pequeña pileta con peces nadando, una banda con más de 40 personas tocando en la calle y gente por todos lados, despreocupadas de todo. Buen provecho!

En que te has convertido Whitechapel

Guiado por Juan, ya mareado por las rotondas y perdido al entrar y salir de callejones, llegamos a Whitechapel, a pocas cuadras del centro de la ciudad se encuentra este antiguo barrio. En sus inicios, este lugar era un área de clase baja, cercana a la zona portuaria. Humildes trabajadores, burdeles y prostitutas eran sus moradores. Durante años fue un lugar para evitar, y se hizo tristemente famoso hace algún tiempo por los crímenes de “Jack el destripador”. Actualmente existen tours especiales para recorrer la zona y visitar los lugares donde hace mucho  más de un siglo aparecieron los cadáveres de 5 prostitutas brutalmente asesinadas por Jack. Hoy Whitechapel es un barrio que florece por sus galerías de arte, músicos callejeros y locales de comida de todas las culturas que en pocas cuadras nos hacen sentir que dimos la vuelta al mundo, como Phileas. El aroma de los condimentos invade las calles, gente ocupando todos los espacios que la materia deja libre. En una esquina una postal perfecta: cuatro chicos tocan “Wonderwall” de Oasis y siguen con “Sultans of Swing” de Dire Straits”. Antes del famoso solo, decido irme por temor a sentirme decepcionado. A pocas cuadras nos encontramos con un moreno, de voluptuoso afro, que toca en la viola un tema de Hendrix, y lo hace muy bien, hasta que al llegar al solo empieza a tocar con los dientes, y ahí comprendo que lo hace perfecto. Evidentemente Londres te sorprende.

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Palacio de Buckingham

Seguimos avanzando y nos encontramos al palacio de Buckingham, no llegamos al cambio de guardia, y tampoco pude poner la bici plegada junto a un soldado como lo había soñado, pero era inevitable como punto tradicional del recorrido en la ciudad, y cumplimos.

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Promedia la tarde y como venimos bien de tiempo, decidimos tener la experiencia de viajar en el Underground con nuestras bicis, nos sumergimos en una de las tantas estaciones en la ciudad con la certeza de saber que podíamos ir a cualquier lugar combinando líneas. Dos combinaciones y media hora de viaje. El subte alterna por momento los túneles y la superficie, podemos ver el sol por momentos. Cabe decir que pese a la gran cantidad de pasajeros nadie nos objeto el transporte de nuestras bicicletas, eso sí, mantengan la derecha en la escalera mecánica porque por la izquierda te pasan por arriba.

Viajamos hasta casi las afueras de Londres en el Underground para visitar el gigantesco Museo de la R.A.F. Esos mismos avioncitos que armaba y jugaba de chico, ahora los tengo en escala 1/1 frente a mi. Sprifire, Mustang, Stuka, por un momento me siento en una película de la segunda guerra y hasta diría que le noto un cierto parecido a Jonh Wayne a un turista, que junto a mi, pasa por debajo del ala de un Bombardero Lancaster.

Descarten esa tonta idea.

Estamos cerca de Abbey Road, barrio residencial, mucho más tranquilo que el centro. Vamos en busca de la famosa foto, la que todos quieren, ustedes ya saben cuál, pero les diré que si algún día vienen por estos lados, olvídense de esta tonta idea. Una foto similar a la de esos cuatros muchachos cruzando por la senda peatonal es imposible de lograr en estos días, o al menos sin compartirla con turistas. Reconozco que tuvimos la mala suerte de llegar a la esquina junto con un contingente de chicos asiaticos, de un colegio en vacaciones. Pero esto es demasiado.

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Cruzo varias veces la calle para inmortalizarme, pero siempre alguien se cuela en la foto. Evidentemente aquí no existe el tradicional orden Inglés. Cansados y malhumorados por la desorganización que el imperio tiene en este sitio decidimos retirarnos con muchas fotos pero ninguna como la de esa tapa.

Son casi la cinco y como buenos muchachos, casi Británicos, necesitamos hacer la ceremonia del “Tea of five o’clock”, momento sublime del recorrido, a pocas cuadras de la esquina donde raramente no está hundida la senda peatonal y en vano tratamos de sacarnos una foto, se encuentra uno de los varios locales que tiene un conocido chef de la ciudad : “Le Mansión Blanc”, es el lugar ideal para saborear un té, o en mi rebelde caso un capuchino con scones, crema y dulce de Frutilla. Foto y a saborear.

Lo bueno dura poco

El té queda en el pasado cuando tomamos el último sorbo, y el sabor de esos scones comienza a ser difuso. Señal de partir a nuestro próximo punto.

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El Hyde Park es un pulmón verde de gran extensión en medio de la ciudad. Tan grande es, que el turista más cercano está a por lo menos 20 metros de distancia, lo que asegura un lugar de relax. No es nuestro caso y seguimos pedaleando. Recorremos el perímetro de este parque. Perdí ya la cuenta de cuantas veces, pero comienza a garuar nuevamente.

En el extremo opuesto del parque está una salida que nos lleva directamente al Royal Albert Hall. En este increíble teatro tocó Zeppelin!!

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Llegamos a Picadilly Circus justo cuando las nubes ayudan, con la llegada de la noche, a ocultar los últimos gritos del sol. Momento ideal para ver los carteles encendidos y el éxodo de los Londinenses a sus hogares, previo paso por un pub. Decenas de personas bebiendo cervezas en la puerta de los bares, una de las más tradicionales postales que recordaré de este viaje.

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La Rueda y nuestras ruedas

Ya estamos en la cuenta regresiva para alcanzar nuestro último tren de Londres, estoy por cruzar por última vez el Támesis y un tango suena en mi cabeza, “Mi Londres querido, cuando yo te vuelva ver…”. Paramos sobre el puente y podemos sentir la corriente del río, miro al frente y veo una gigantesca rueda, el London Eye se ha convertido en un ícono de la ciudad. No intenté subir a la misma, no por miedo a la sensación de vértigo, si no tal vez por que dudé que me dejaran subir con la plegable. Gran desilusión sería ver a la misma triste y abandonada ahí abajo, desde tan arriba. A ésta altura ya conocerán el cariño que tengo por mi compañera, asi que foto desde arriba del puente, y a seguir camino.

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Se cierra el círculo y regresamos a la estación de Waterloo. El tren está a punto de partir, y buscaremos cenar cerca de casa. Cuando la ciudad parece querer descansar de tanto ruido, nuestro tren comienza a moverse hacia nuestro destino. Llegar a la estación de Guilford en las afueras de Londres es como regresar a un pueblo. El tren se detiene y la gente empieza su peregrinaje por el andén hacia sus casas. Varias Brompton llegan con sus dueños, y nos hermanamos en el molinete especial para bicicletas. Salimos de la estación y la gente se dispersa en todas direcciones, como en una explosión de fuegos artificiales. Nosotros apuntamos a un pub en el que momentos después celebraríamos el final del recorrido con hamburguesas, papas y por supuesto unas buenas cervezas.

Recorrer y conocer una ciudad en bicicleta tiene un encanto especial, en este blog intentamos plasmar nuestras experiencias y por supuesto, de contagiarlos. Vale tanto Londres como un pueblito de nuestra Patagonia. Qué tiene de especial esto? Quizas solo lo comprendan quienes lo hicieron, y lo sentirán algún dia los que aún no tuvieron la oportunidad.

Y recuerden que Phileas Fogg pudo dar la vuelta al mundo en 80 días, ganó su apuesta, obtuvo fama y gloria, pero nunca pudo disfrutar de pedalear por una de las tantas ciudades que recorrió en su viaje.

Todo lo que se habrá perdido!, verdad?

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