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Instantáneas de un verano Neoyorquino

A la hora de empezar escribir estas líneas, algo me lleva a hacer referencia al genial cuento de Borges; “Funes el memorioso”. A ese extraño personaje que sufría de hipermnesia y que recordaba las imágenes de todo lo visto, que podía describir con perfecta precisión todo lo que había pasado delante de sus ojos.
Dicen los científicos que cuando dormimos, en la primer fase del sueño, nuestro cerebro se encarga de retener las imágenes más importantes para archivarlas como recuerdos, y borra todo lo demás. Así, en nuestra vida perdemos miles de recuerdos e imágenes, solo lo relevante perdura. Como decía Ireneo Funes, el protagonista del cuento de Borges: “el dormir me distrae del mundo”. En este viaje, la ciudad de Nueva York me mantiene en vigilia permanente; bicicletas a cada paso, en cada girar de esquina, en las veredas y en las calles, detenidas o desafiando la gravedad, con su dueño o abandonadas, pero siempre una bicicleta atrae mi mirada.

Estoy pedaleando en la ciudad y capturando imágenes con mi cámara fotográfica. Ella me ayudará a recordar las miles de instantáneas que la cultura ciclista de Nueva York me ofreció en este viaje y que mi cerebro diabólicamente se encargará de borrar. El otro camino, el que eligió Funes, el de no dormir para evitar perder recuerdos, me resulta un tanto difícil. De las cientos de imágenes capturadas, comparto algunas que representan parte de lo vivido en una nueva aventura en bicicleta.

Dos ciclistas comparten una parada obligada, esperan atentamente el momento exacto en que el caudal de vehículos disminuya para impulsar su pie apoyado en el pedal, preparados como soldados con el dedo en el gatillo. De no ser por un par de autos ya hubieran arrancado, aunque el semáforo negara ridículamente su avance.
Uno es un clásico Messenger de los que abundan en la ciudad, en su bolso transporta seguramente uno o varios elementos preciados, que otros sujetos indispensables en la ecuación estarán esperando ansiosamente. El otro ciclista no es un profesional del pedal, pero seguramente habrá elegido la bicicleta por una cuestión económica, de tiempo o comodidad y está viajando hacia o de regreso de algún punto.
Los dos comparten el carril de la ciclovía y el mismo gusto por un vehículo tan simple y tan poderosamente adictivo.

La arqueología es la ciencia que estudia los cambios que se producen en la sociedad, a través de restos materiales distribuidos en el espacio y en el tiempo. Existen diversas ramas, pero esta ciudad le abriría las puertas a especialistas en arqueología ciclística. Me animo a apostar, que caminando en cualquier parte de la ciudad, difícilmente transitemos más de 100 metros sin encontrar una bicicleta abandonada o semi-desarmada atada en algún poste.
Cuánto hace que esta bicicleta está en este lugar? Quien fue su dueño/a? Por qué se la abandonó? Quienes comenzaron con el desguace? Cuantos fueron y durante cuánto tiempo? Utilizaron sus piezas para venderlas o como repuestos? Creo que estas son preguntas que solo un arqueólogo podría responder.
Una ciudad poblada de ciclistas de mal corazón que abandonan sus corceles heridos en plena batalla y de misteriosos duendes reducidores de esqueletos de acero y de aluminio.

Recorremos el barrio Judío Ortodoxo de Brooklyn un día sábado, nos situamos en una ciudad desierta. Parece abandonada, pero solo faltan unas horas para que llegue el domingo y que en ese momento arranque la semana frenética y bulliciosa entre mercados y negocios de la colectividad. Edificios bajos, no más de 8 pisos, generalmente con frentes de ladrillos un poco grises y descuidados. Son familias numerosas con muchos chicos, y que por supuesto están influidos por la cultura ciclísta de Nueva York. Qué pasa cuando se mezcla una gran familia con niños amantes de las bicicletas y casas pequeñas? En este caso, en la puerta de acceso descansan varias bicicletas de distintos rodados y de juveniles dueños. A la hora de regreso del colegio seguramente rodarán por las veredas del barrio, se encargarán de cansar irremediablemente a sus pilotos antes de que estos sean llamados por sus madres para hacer sus tareas, al final del día serán depositadas nuevamente en la puerta de sus casas para la diaria rutina del abandono.

En más de una oportunidad, pude observar una inquietante y fugaz escena. Las primeras veces no tuve la oportunidad, pero ya alertado por la situación, la cámara estaba preparada y lista para disparar. En el barrio de Harlem y durante una pedaleada, logre captar una imagen bastante usual en la ciudad. Decenas de adolescentes sobre sus bicis, casi como un enjambre, aparecen y desaparecen con la misma velocidad; juegan con sus bicicletas recorriendo metros en una rueda y manteniendo una envidiable sincronización para no chocarse entre ellos.
Busqué infructuosamente algún canasto delantero con un E.T camuflado entre ese pelotón de chicos. Aunque no se elevaron hacia el cielo, los vi desafiar constantemente las leyes de gravedad.

Si la memoria no me falla, Lotus fue una marca diseñada para ser comercializada en Estados Unidos y fabricada en Japón, en este caso con una impronta ochentosa clásica: doble comando, frenos Diacompe y cambios Suntour. Me hace acordar a una de mis bicicletas, una Caloi Brasileña de la misma época. Caminando por el barrio de Tribeca me llamó la atención, no por su parecido con la mía, que sabía descansaba segura y abrigada en algún rincón de mi casa a más de diez mil kilómetros, si no por qué la vi en un estado de pre abandono. Tal vez dentro de unos meses apenas quede el cuadro atado al poste. Espero que su dueño recapacite, solo tiene que reparar una posible pinchadura en su rueda trasera y cambiar una cadena agonizante.

Desde 1934 en Broadway y la 80, en pleno barrio Upper West Side, funciona Zabar’s. Este negocio fue fundado por inmigrantes Judío-Húngaros y es literalmente un paraíso alimenticio. En sus góndolas abundan todo tipo de delicias: quesos, embutidos, panes y bebidas. No puedo dejar de fantasear con una imagen: vivir en esta ciudad, ser el dueño de ésta hermosa Bianchi, pedalear atravesando toda la ciudad y regresar con el tráiler cargado de provisiones mi casa. Será ésta la vida del dueño de esa bicicleta? Mientras pienso en esto entro a Zabar’s y compro el almuerzo que disfrutaré minutos después en una plaza contigua al museo de historia natural de NY.

 

Puede ser que los deliveries en NY tengan una imagen estereotipada, extraída de películas de mensajeros de Nueva York como “Premium Rush”, con Joseph Gordon Levitt dándole vida a un joven que pedalea velozmente en su bicicleta sin frenos con una gran mochila en la espalda cargando sus envíos.
No quisiera derribar su icónica imagen, pero debo decirles que el típico mensajero de Nueva York anda en una bicicleta híbrida o MTB, penosamente recubierta de tiras de cámaras viejas para protegerlas del maltrato y generalmente llevan un horrible canasto en la parte delantera. Luego de arruinar su imagen romántica del mensajero, les digo que ésta foto fue sacada en la puerta de una mensajería en el céntrico barrio de Lower East Side, donde minuto a minuto llegan y salen jóvenes con sus bicicletas, en su mayoría inmigrantes latinos, que son una parte fundamental en la distribución de mercadería, alimentos y correspondencia en la ciudad.

Los vagabundos duermen de día. Quizás porque a la noche se sienten a gusto lejos de la mirada de los otros, o quizás porque es el momento en que se sienten dueños de la ciudad que de alguna forma, y con historias diferentes, les dió la espalda.
Williamsburg es un barrio de Brooklyn con un interesante desarrollo en los últimos años. Galerías de arte, bares y negocios están haciendo pujante a éste lugar que le quitó el turismo a lugares clásicos como el Soho. Pedaleando pude observar en una tarde como este personaje dormía en un banco, aferrado a su bicicleta y junto a un oso de peluche. Las historias de la gente en situación de calle son crudas y nunca sabemos hasta dónde nos llevarán y cómo llegaron a esta situación. Lo cierto es que este señor duerme de la mano con su bien mantenida bicicleta. La cultura ciclista está en todas las clases y grupos sociales.

Ésta es una ciclovía que recorre toda la rivera del Río Hudson, de norte a sur, a metros del río y rodeada de verde. A la altura de la calle 100 aproximadamente, en el barrio de Morningside Heights, capturé ésta imagen. La bicicleta no es usada solamente por mensajeros y como medio de transporte, también es usada para actividades de ocio y para transportar a parte de la familia. Este pequeño y cómodo trailer es el elemento justo para que un padre lleve a su hijo, la herramienta justa para que el niño absorba la cultura de la bicicleta sin recurrir a cursos ni clases, lo hará con naturalidad y seguramente en poco tiempo querrá empezar a pedalear.

 


 

Estoy disfrutando un café, sentado en la vereda de un bar en Little Italy. Mi Tern D8 está plegada junto a mí y descansa del recorrido diario. Pienso en la fascinación que he tenido respecto a la cultura ciclista de este lugar. Una ciudad totalmente recorrible en bicicleta: amplias ciclovías; sectores en avenidas destinados a las bicis; amplios espacios verdes de cara al río y un respeto vehicular que dudaba encontrar. Todo esto colaboró para que la bicicleta forme parte de la rutina diaria de miles de personas: trabajadores, estudiantes, turistas, niños y como lo demuestra el registro fotográfico, hasta vagabundos.
Regreso a Buenos Aires, a la selva, a las ciclovías en declive, a las esquinas con profundos desagües, a los empedrados coloniales, a la ciudad de cómodos deliveries en moto, la de los paragolpes cerca de mis piernas, a la esperanza de crecer como sociedad y desarrollar nuestra cultura ciclísta. Regreso contento.

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