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En blanco y negro

Capítulo 1
“Él adoraba la ciudad de Nueva York. La idolatraba fuera de toda proporción. No, digamos que la romantizaba fuera de toda proporción. Para él, sin importar qué estación era, ésta aún era una ciudad que existía en blanco y negro, y que latía al son de las melodías de George Gershwin.”

No, comenzaré de nuevo.

“Él era muy romántico respecto a Manhattan, como lo era con todo lo demás. Medraba en el ajetreo y bullicio de las multitudes y el tráfico. Para él, Nueva York significaba mujeres bellas y hombres experimentados quienes parecían conocer todos los ángulos.”

No, no, banal. Muy banal para mi gusto. Intentaré profundizar más.

“Él era rudo y romántico como la ciudad que amaba. Detrás de sus lentes de armazón negro vivía el poder sexual de un felino. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería.”

No, no, eso va a sonar a plagio. Otra vez.

Simplemente amo la ciudad de Nueva York y podría recitar en primera persona el monólogo inicial de la película Manhattan. Por supuesto que no voy a hablar del poder sexual de felino detrás de mis gafas negras, pero sí recalcar la idea y coincidir con el señor Allen, de que a esta ciudad, como a las películas de Chaplin, los tableros de ajedrez y la camiseta de All Boys, el blanco y negro le queda perfecto. No es melancolía, tampoco algún problema visual, es que Manhattan no necesita de colores ni brillos especiales para atrapar a los turistas. Manhattan es como la describe Woody Allen: ruda, bulliciosa, romántica y monocromática.
Han pasado ya muchas palabras y todavía no escribí la que ansiosamente estarán esperando: “bicicleta”, así que empecemos.

China 5 Italia 1

Viajamos a NYC de vacaciones, pero vacaciones me suena turista y no me siento así. Prefiero decir que viajamos en plan de descubrir una ciudad, de no parar ni un minuto en los fugaces ocho días programados, de empaparnos de su cultura ciclista, con ganas de pedalear Manhattan y fieles a nuestra idea de que la bicicleta es la herramienta perfecta para descubrir cada rincón de una ciudad.
El sistema de alquiler de bicicletas de la ciudad de NYC es uno de los mejores del mundo, bicicletas de muy buena calidad, distribuidas en puntos estratégicos (y no tanto), aseguran al turista poder recorrer la isla en toda su extensión.
¿Pero por qué alquilar una si me puedo llevar la mía? Decimos que la Tern Link D8 es la ciudadana del mundo y en cada viaje en que tenemos oportunidad lo demostramos. Así que en esta ocasión nos llevamos nuestras 2 bicicletas embaladas en una maleta AirPorter y en un bolso Stow Bag para recorrer la ciudad.
El mapa ubicaba a nuestro hotel en Little Italy, pero al arribar y descubrir que el hotel es de capital chino; con empleados chinos; en una calle con negocios y vendedores callejeros chinos; vendiendo las típicas verduras y frutas Chinas, me hace creer que los chinos se están expandiendo y Little Italy cada vez está más pequeña. Solo está quedando el cartel de entrada al barrio, algún póster de “El Padrino” y un puñado de restaurantes de pastas y pizza concentrados en pocas cuadras. Creo que en fútbol esto sería equivalente a un China: 5 , Italia: 1.

La bicisenda en la puerta del hotel es un llamado a pedalear, y las Tern Link D8 hacen su bautismo Neoyorquino. La primer sorpresa agradable y desconcertante es descubrir que muchas de las bicisendas de Manhattan son mano única, lo que hace más fluido el tránsito de bicicletas. Por supuesto que cada tanto aparece algún delivery a contramano, por que esto es NYC.

Woody Allen odia a las bicicletas

Estamos pedaleando en Manhattan y me surge la necesidad de ir al encuentro de Woody Allen y pedirle explicaciones. Hace días que estoy teniendo un sentimiento encontrado con esta persona; por un lado amo su obra y soy fanático de su cine, tal vez por eso se entiende que haya visto tres veces seguidas “Annie Hall” en el avión, ante la mirada extrañada de mi vecino de asiento; pero por otro lado no puedo entender cómo este señor ha tenido tantas expresiones agresivas hacia nosotros, y que se siga manteniendo hostil hacia la comunidad ciclista de NYC. Ustedes pueden imaginar a este pequeño personaje: neurótico; despeinado; con grandes gafas de marco negro; hablando rápido y por momentos casi tartamudeando al recitar su monólogo, manifestándose abierta y públicamente en contra de los ciclistas urbanos, tratándonos de “ciclistas descontrolados”, y asegurando que “cada vez más y más personas moviéndose en bicicleta se traducirán en una alienación de los ciudadanos”. Quiero que lo sepan, Woody Allen odia a los ciclistas y esto es algo personal.

Vi luz y subí

La primer ocurrencia fue ir a su casa. Siguiendo la pista, sabía que vive desde hace más de 20 años en la calle 70 entre Av. Park y Lexington. Salí del hotel chino en Little Italy, arme en 4.2 segundos la bicicleta creyendo que los vendedores ambulantes se sorprenderían, pero para ellos el mundo siguió rodando, absortos en vender verduras de extrañas formas y frutas con colores que no había visto ni en la paleta del mismísimo Chagall.
Navego por cuadras la Chrystie St hasta empalmar con la Av 1. Me detengo a un costado de la cómoda bicisenda para contemplar por un momento el paso de las bicicletas, es de mañana y el corazón de Manhattan está latiendo fuerte, los ciclistas fluyen sin detenerse como sangre en las venas de la ciudad marcando el ritmo diario.

El tránsito en NYC es bastante más ordenado de lo que creía, y viniendo de Buenos Aires esto es un lujo, hasta los taxis me respetan. Me gusta esta ciudad por qué es un equilibrio entre el orden y el desorden, en donde existe la cantidad justa de basura en las calles para mantener alerta a nuestros anticuerpos y la gente no se detiene a pelearse por qué no tienen tiempo.
Los barrios se suceden, East village, Murray Hill, Lenox Hill y llegamos al Upper East Side. Parado frente a la casa del señor Allen mi paciencia se agota y pienso que nunca va a aparecer. No hay luz en su ventana, pero el mundo es chico y se que en algún momento lo voy a cruzar, sigo pedaleando y a muy pocas cuadras me detengo en la 66 entre las avenidas 2 y 3. Recuerdo el plano secuencia de la escena de Annie Hall donde Alvy Singer (Woody), camina conversando o mejor dicho monologueando junto C. Wolken relatando su neurótica existencia: “¿Por qué me ofrecen judías en la ensalada, porqué!?” , “¿Por qué cada vez que voy a una disquería el vendedor me dice que tiene en oferta a Wagner, porqué !?”.
Si bien mi bicicleta es un vehículo que me da la ventaja de no necesitar combustible, el motor de la misma (yo) sí lo requiere. Con nuestras bicicletas plegadas paramos en un bar en la Av 5, frente al Central Park, a reponer energías antes del próximo checkpoint.

Dos extraños amantes

En cada viaje que hago imagino una foto que pretendo hacer, la de esta ciudad ya la tenía pensada hace rato. Manhattan es una isla donde abundan puentes que la unen con el continente, quizás el más famoso e icónico sea el Brooklyn Bridge, pero voy en búsqueda de otro menos pretencioso e inmortalizado por mi no tan amigo Woody Allen.
El Queensboro Bridge une Manhattan con Queens pasando sobre la pequeña isla de Roosevelt, construido a principios del siglo 20, también es conocido como el puente de la calle 59. Pedaleando desde el Central Park por esta calle y esquivando la subida al puente, chocamos con una pequeña plaza o espacio verde a orillas del río en medio de una zona residencial. Me cuesta encontrar el ángulo exacto y no tengo el banco de plaza típico que agregaron al lugar para la toma, demasiados carteles contaminan la foto pero trato de copiar aquella en la que los dos personajes descansan contemplando el puente en una mágica imagen monocromática, mientras cae el sol en la ciudad que nunca duerme.

Since 1888

Es hora de un paréntesis en la búsqueda y hacer una de las cosas que uno no puede dejar de hacer en NYC. Vamos en búsqueda de uno de los mejores lugares para comer el famoso sándwich de pastrami Neoyorquino.
Las opciones son tres; el primero Carnegie Deli es un negocio relativamente nuevo ya que funciona desde 1937; El segundo es Eisenberg’s Sandwich, que tiene un lema muy particular: “Elevando el colesterol desde 1929” y promociona a uno de sus platos como “el Woody Allen” en honor al director que filmó una escena de Brodway Dany Rose en esta locación, Decido no concurrir a este lugar ya que cenar aquí me haría recordar el problema personal que tengo con esta persona. La tercera opción es Katz’s Delicatessen, funciona desde 1888 en la esquina de la Houston Street y Ludlow Street en pleno Lower East Side. Un negocio con 129 años de historia, y que sea recomendado por Anthony Bourdain como el mejor pastrami de NYC es suficiente para mí.
Sentado en un rincón con la bicicleta plegada a mi lado, disfruto el (hasta ahora) mejor sándwich de mi vida, mientras observo en medio del salón un cartel alegórico a una famosa escena de una película filmada en esa mesa, donde seguramente Sally pidió el mismo sándwich que estoy saboreando, aunque sin ocultar sus sensaciones como yo trato de hacerlo.

Escucho a Fred Astaire.

Midwood es un barrio de Brooklyn que se mantiene intacto y a salvo del paso del tiempo. Andar por el barrio en donde se crió Woody Allen significa volver en el tiempo varías décadas atrás, es un tradicional barrio residencial Judío donde abundan pequeños chalés de dos plantas con jardín a la entrada, sinagogas y negocios de venta de elementos típicos de su cultura. Dejaré para la próxima nota contar mi experiencia en la “Pizzería Jerusalem” algo así como el “Güerrin” de Midwood.
Sabiendo que las posibilidades de encontrarme con Woody y pedirle explicaciones se están agotando, llego al último checkpoint del recorrido.

Vamos a reconocerlo, todos tenemos una película favorita que hemos visto varias veces y lo seguiremos haciendo por la fascinación que nos causa. En mi caso iré por la vez número 20 de “Casablanca”, y temo que en alguna próxima oportunidad Rick (Humphrey Bogart) salga de la pantalla y se ponga a conversar conmigo. Algo parecido le ocurrió a Cecilia (Mia Farrow) en una de las más lindas películas del señor Allen. En el 1070 de Coney Island se encuentra el Cine Teatro “Kent” al que el cineasta reconoce como uno de los lugares significativos de su infancia, lo eligió en 1985 para ser la principal locación de su película “La rosa púrpura del Cairo”.

Entro en él, y me atacan toda clase de colores que parecen estar refugiados en este lugar escapando de los grises tradicionales que abundan en el barrio. En la sala de espera encuentro butacas de los años 60 tapizadas con banners de publicitarios de películas, olor a pochoclo y pósters de películas se reparten equitativamente. En un rincón se destaca una máquina “grúa levanta peluches”. Recorro el lugar como astronauta que pisa el suelo lunar por primera vez y me detengo en la puerta de acceso a la sala de cine, miro a través de una ventana rectangular y puedo observar la proyección de una película de dibujos animados. La puerta se abre repentinamente y salen de la sala 4 chicos corriendo, se reparten en la búsqueda de un cono de pochoclo y en alimentar la “máquina grúa” con un dólar, en búsqueda de una suerte esquiva. Vuelven con la misma velocidad a sumergirse en la sala ante mi sorpresa. No estoy seguro si eran simples espectadores o si salieron de la pantalla. Solo atino a sacar de mi bolsillo cuatro monedas de cuarto para regresar en el tiempo y jugar en la “máquina grúa”, no hay peluches dentro de pecera de acrílico, solo veo cajitas con “Spinners” como premios, como una absurda metáfora de pasado, presente y futuro. El gancho de tres brazos se posiciona verticalmente perfecto y cae como una garra de ave rapaz sobre su víctima, lo levanta, lo transporta hacia las fauces de la máquina y lo suelta. Pero el spinner, luego de rebotar en el borde que separa a los mundos, cae del lado que siempre va a estar, el de la fantasía, para que otro chico salido de la sala (o de la pantalla), vanamente lo intente capturar.
No encontré a Woody Allen en este cine y tampoco en ningún rincón de Manhattan. Sí me tope con el espíritu de sus clásicas películas y de sus personajes. Por suerte ninguno de ellos odia a las bicicletas.
Salgo del cine, armo mi bicicleta y como Mía Farrow en el final de la película “La rosa púrpura” escucho cantar a Fred Astaire: “Heaven, i’m in heaven…”.

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