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El pelotón de los jerseys desteñidos

Todo tiempo pasado, fue mejor?

“La más emblemática carrera no competitiva de bicicletas clásicas llega a Sudamérica”. El título de la noticia me atrapó de inmediato y comencé a navegar y buscar información: “Los participantes deberán usar bicicletas clásicas, fabricadas antes de 1987, vestirse con indumentaria de la época de su bici y recorrer un circuito de 210 Km”. Compré el formato de inmediato y comencé la búsqueda de una clásica. No me costó mucho y tuve la suerte de dar con una Caloi 10 Brasileña de 1978 en un 95% original. Ahora agendar fecha, reservar hotel, entrenar y soñar.
¿Qué es esto de recorrer 210 Km con una bicicleta antigua que pesa 16 kilos, que apenas frena, por caminos de tierra con interminables subidas, vestido como nuestros abuelos y bajo un sol abrasador?
Más de veinte participantes largamos una mañana nublada y brumosa, a las 6.30 AM, desde el faro de la península de Punta del Este. Una frase lanzada al viento por uno de ellos define esta situación: “Que lindo que es no tener que andar a las chapas y poder disfrutar de todo esto!”.
La Eroica estaba en marcha.

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En busca de la ballena blanca

Llegar a 5.30 am al faro es una sensación extraña. Sabemos que el sol está a punto de aparecer en el horizonte y nada puede detenerlo. Los primeros brillos se asoman y anticipan un día especial. Somos pocos los que contemplamos esta ceremonia y estamos reunidos aquí por la misma pasión. Se escuchan palabras en muchos idiomas, hay Italianos, Franceses, Alemanes, Ingleses, Brasileros, Uruguayos, Chilenos , Paraguayos y Argentinos.
Estamos vestidos de una forma extraña: jerseys viejos, medias a cuadros, algunas boinas, bigotes retorcidos y barbas. Algunos hasta parecen extraídos de la novela Moby Dick. Una breve charla técnica y estamos listos a partir de este simbólico puerto.

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Cargo en mi bici una pequeña cantimplora que será el tesoro máximo durante el viaje, un puñado de herramientas, un inflador y cuatro cámaras de repuesto. Creo que con esto tengo la supervivencia asegurada.
Somos más de veinte heroicos los que estamos en la línea de largada, con nuestras Bianchi, Pinarello, Benoto, Spino, Caloi, DaRosa, Monark, etc.

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Estas bicis vencieron al tiempo, al olvido y hoy están reunidas para celebrarlo.
En la largada no hay adrenalina, la cuenta regresiva es en voz baja y la emoción va por dentro, largamos entre algunos aplausos de familiares. El pelotón va en dirección al mar como en busca de la ballena blanca, doblamos en la avenida costanera y nos vamos arponeando los primeros kilómetros. Los que vienen a correr son pocos y enseguida se escapan adelante, la mayoría preferimos ir juntos y compartir la vista del mar a nuestra derecha.

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El pelotón de jerseys desteñidos avanza velozmente, se nota la experiencia de los años y para aliviar la dureza del viento de frente el pelotón comienza a rotar la punta para repartir el esfuerzo, arrancan los chistes típicos de los primeros kilómetros de una carrera que desaparecerán luego con el cansancio. Nos encontramos con la primera postal clásica de la ciudad, el puente de la Barra nos recibe con su doble joroba, los carteles que indican el recorrido de la carrera son pequeños pero visibles. Hay que estar atentos para encontrarlos y doblar a tiempo. El primero, señalando hacia la izquierda, nos saca de la postal marítima y nos interna en el primer camino de tierra.

San Carlos City

Los primeros kilómetros transcurren entre calles de tierra y asfalto. Pasamos por el pueblo de San Carlos y nuestro andar es saludado por decenas de vecinos sentados en la puerta de sus casas, un saludo tibio y respetuoso, bien Uruguayo diría yo, con un movimiento de cabeza vertical, ya que sus manos están ocupadas con mates y termos.
Dejamos definitivamente atrás el pueblo y nos internamos en un paisaje rural. Algún zorro se cruza en el camino, se detiene brevemente olfateando el horizonte y huye, los pájaros planean al lado nuestro escoltando el paso de los ciclistas, la naturaleza reina, el único sonido que es ajeno a la postal es el de los viejos frenos de nuestras bicis intentando (penosamente) hacer su trabajo. Mis herraduras Dia-compe están fatigadas por el paso del tiempo y descubro en una pronunciada bajada que el freno “suela de zapatilla en la rueda” sigue siendo tan eficaz como en aquellos viejos tiempos.
El suelo es duro y por momentos nos sorprende la arena blanda, hay que estar atentos para no perder la vertical y cuidar la bici para una larga jornada, ya que calculamos no menos de 9 horas de pedaleo.

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La cabellera de Kempes flamea en el viento

La cadena de mi bici se desmonta del último Piñon y me detengo a solucionar el problema, levanto el pulgar a un corredor que pasa ofreciendo ayuda, tomo un sorbo de agua mientras veo como se aleja y mientras subo de nuevo a mi bici pienso cuanta historia que tendrán estos “bichos”.
Mi bicicleta fue fabricada en junio de 1978, así que imagino una historia mientras pedaleo por una recta de tierra entre chacras . Imagino a un operario en una línea de montaje, en la fabrica de Caloi en la ciudad de Manaos. Está muy triste ya que su Brasil no llegó a la final del mundial, termina de ajustar la última tuerca de la bicicleta y le coloca una tarjeta con un gigantesco OK que asegura que el producto está listo para salir a la venta. La lleva junto a otras bicis idénticas colocadas en fila. Van a pasar muchos dueños y hogares distintos para que 38 años después este vehículo llegue a mis manos. Aunque no puedo asegurar que la historia del operario sea real, si puedo decir que esta Caloi me esta haciendo muy feliz, que la cabellera de Kempes ondulaba al viento en el festejo del tercer gol de la final del mundial de 1978 y que mi bici fue fabricada precisamente en ese año.

Segundo almacen de caballito

Un pequeño libro de 10x10cm será nuestro testigo de paso por los Check Points distribuidos a lo largo del circuito, lo tenemos que hacer sellar y viaja bien resguardado entre el casco y mi cabeza (técnica adquirida luego de perder el testigo en otra aventura)
Sabíamos que tendríamos aprovisionamiento de agua en estos puntos y algo de comida.
A lo lejos, en la cima de una colina, podemos ver un gazebo azul que imaginamos será el primer checkpoint. Hemos recorrido ya unos 30 o 40 kilómetros y el sol está haciendo sentir su presencia, nos detenemos para sellar el primer cuadradito de nuestro pasaporte.
La sorpresa es grata, los habitantes de ese oasis gauchesco son un parrillero en plena tarea, un mozo, dos payadores y una “china” que nos sirve agua. No es un espejismo, es parte del espíritu de esta carrera, disfrutar.
Mientras los dos músicos hacen su trabajo y suena una milonga; sello mi pasaporte, me tomo dos o tres vasos de agua fresca y lleno mi cantimplora. El mozo me ofrece un “chivito” y dudando, agradezco y rechazo la oferta. Jamás en mi vida en medio de una carrera me he comido un sándwich y me da miedo los efectos secundarios que dicho alimento puede ocasionar en los próximos 150 km.

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Un participante con una rueda pinchada me pide un inflador. Que participante de una Eroica decide largar esta carrera sin un inflador? Francesco. Francesco llego de La Toscana, la mítica ciudad donde tiene origen esta prueba histórica, para participar en esta carrera. Se trajo su Bianchi “Cheleste”, alguna herramienta, una cámara, pero no inflador
A partir de este punto recorreríamos juntos todo el circuito, le presto el inflador y mientras repara su rueda, observo la carne asada que sale de la parrilla a la mesa del mozo. Quizas todo lo que observo en este lugar sea un espejismo así que no debería caerme mal, entonces decido aceptar el ofrecimiento gastronómico.
La carne se deshace sin resistencia mientras el mozo la corta; tomate, rucula, salsa, todo en un pan casero. Sombra, mi Caloi que espera al costado del camino y Francesco luchando con su rueda pinchada. Maridaje perfecto.
Llegan corredores al Checkpoint, y uno en especial me llama la atención. Jean-Claude es un Chileno que monta una DeRosa modelo 84 y, sin dudar, acepta el ofrecimiento de la persona encargada de las bebidas, cabe aclarar que a parte de agua, la organización de este Checkpoint pertenecía a el Restaurante “Segundo almacén de caballito” de Maldonado (Uy) , que tenían preparada una mesa de vinos de la que Jean-Claude no dudo de aceptar un Rosado extraido directo de la frappera, y un chivito. Otro personaje con el que llegaríamos juntos a la meta.
Luego de perder (o ganar) unos 15 o 20 minutos en este checkpoint, partimos a lo que realmente vinimos: andar en bici.

Finca Babieca

El segundo checkpoint estaba ubicado en esta finca productora de Uvas y un exquisito aceite de oliva. Los caminos son cada vez más angostos y pintorescos, también duros y sufridos. Tiramos juntos con Francesco y Jean-Claude, los carteles nos llevan directo al casco de la finca, el camino es arenoso y lo recorremos entre olivos. Checkpoint, sellado de pasaporte y una gran mesa de frutas bajo de un añoso árbol ideal para descansar brevemente.
Nos invitan a conocer una sala en una hermosa construcción de piedra a unos metros. Al entrar, una mesa con fiambres, pan y una degustación de aceites de oliva nos sorprende. Dan ganas de quedarse un largo rato al resguardo del sol, pero debemos seguir viaje.
Una vez en el camino nos sorprende un percance, la rueda delantera de Francesco se desinfla bruscamente. Estamos en el medio de la nada y nos detenemos a reparar. Francesco solo trajo una cámara de repuesto, yo cargaba con cuatro. Como dice el dicho: “un vaso de agua y una cámara, no se le niega a nadie“. Mientras ayudo a Francesco a desarmar su rueda, Jean-Claude a unos metros nuestros nos dice: “se que esto no es de atleta Po, pero lo necesito.“, prendiendo un cigarrillo. Entre risas y cargadas seguimos reparando la bici, esta carrera definitivamente será inolvidable.
Los tres seguimos viaje en medio de un paisaje que invita a andar en bici, las cuestas parecen ir creciendo y nuestras fuerzas empiezan a consumirse, el ácido láctico empieza a inundar los músculos. A lo lejos vemos un participante caminando a la par de su bici. Sergio es Uruguayo y vino a correr esta prueba para entrenar resistencia, ya que a fin de año participa en un nuevo Dakar. Pinchó su rueda y no tiene cámara ni inflador y mucho menos herramienta. Mi sorpresa es grande, y como dice el dicho “Una camara y un vaso de agua…”. Decido ayudarlo y ya me estoy sintiendo el mecánico oficial de la prueba, el mundo es chico y cuando me dice su apellido lo reconozco inmediatamente. Como yo también tengo un pasado en carreras de motos, conocemos la misma gente. Charlamos largo rato mientras pedaleamos a la par luego de reparar su bici.

Llegando al Edén

Viña Edén es uno de los sponsors de la prueba, el casco de su finca está ubicado sobre la cima de una colina cerca del kilómetro 110 de la carrera, y cuando digo en la cima no lo digo con agrado, ya que ahí arriba estaba el checkpoint para firmar el pasaporte.
Los últimos 200 metros los hice caminando ya que a esta altura de la prueba era imposible mover una bici de más de 15 kg en esta horrible trepada.
Llegando, nos esperaba una mesa con todo lo que una persona exhausta de pedalear necesita en la vida; agua, jugos, frutas frescas, frutas secas, pasas, turrones, quesos y panes. Todo abajo de un sol tremendo y sin nada de sombra. Jean-Claude insiste y protesta: “Que Huevones son los de la organización Po’, como van a poner este checkpoint en pleno sol!, mira esos quesos!, estan arto derretidos Po’…!”.Francesco insufla su rueda para prevenir un pinchazo y yo tomo el quinto vaso de limonada casera mientras observo la vista del valle.
El paso por el próximo checkpoint deberá ser ser antes de las 13.30 hs por reglamento. De otra forma no nos obligarán a realizar el circuito de 145km. Entonces lanzo el aviso de partida a la tropa.
En el camino y disfrutando de una hermosa bajada nos sorprende un nuevo percance, Francesco comienza a perder aire en una de sus ruedas y ante el temor de pinchar, nos tenemos que detener un par de veces a reponer presión. Llegamos al control de paso y nos dicen que estamos pasados de tiempo, nos piden que abandonemos el circuito grande de 210km y que en el próximo desvío continuemos por el de 145km. Llegamos a este punto y Francesco pincha definitivamente su rueda trasera. Tengo dos opciones: ayudar y ya sin tiempo continuar la carrera juntos en los 145km o abandonarlos y jugarme a seguir en los 210km.
A esta altura de la carrera estoy disfrutando la compañía y creo que eso es lo que realmente quedará en mi memoria más que el orgullo de hacer el recorrido largo. Pienso un segundo y sabiendo que el año que viene tendré revancha, reparamos la rueda poniendo como cláusula que mi última cámara no se la doy a nadie.

Punta Ballena

Los últimos kilómetros de tierra y ripio quedan atrás e ingresamos al hermoso y noble asfalto. En búsqueda del penúltimo checkpoint de sellado, vamos hilando el recorrido siguiendo los carteles y estos nos llevan directamente a Punta Ballena.

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El mar nos acompaña a nuestra derecha como en la largada y es señal que la vuelta se está completando. Contrariamente a lo pensado, tener la llegada cerca entristece al grupo, el viento de frente completa el panorama y sabemos que esta hermosa carrera está concluyendo. Un competidor se divisa a lo lejos y tratamos de darle alcance, Francesco tira conmigo y Jean-Claude se retrasa un poco. A la entrada de Punta Ballena alcanzamos a un Alemán que corrió los 215km en piñón fijo. Heroico si los hay, totalmente acalambrado, se detiene a descansar mientras nosotros seguimos camino. Entrando a la península, hacemos un alto junto a Francesco en espera de Jean-Claude, estamos a pocos metros de la llegada y queremos compartir el arribo a la meta. Nuevamente unidos, como casi en toda la carrera, cruzamos la línea de llegada ante el aplauso de la gente que nos espera desde hace horas.
Las fotos llueven desde todos lados. Los abrazos y festejos no se hacen esperar. La fiesta llega a su fin y el viaje al pasado concluyó. Los nuevos amigos volverán a sus casas y contarán la historia vivida, recordarán anécdotas esperando ansiosos la edición de la próxima Eroica.
Francesco prometió venir equipado con una buena provisión de cámaras para la próxima edición, Jean-Claude se prendió un nuevo cigarrillo una vez cruzada la meta. Los tres prometimos volver para completar el circuito largo.

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Pensando en el futuro

Si gustan de la bicis, de hacer amigos, de la naturaleza, de los chivitos y del chardonay bien frío, les recomiendo no perderse esta carrera. Tienen tiempo desde este mismo momento, de empezar la búsqueda de algúna bici clásica, adoptarla, revivirla y rescatarla del olvido. Tengan en cuenta que las bicis y nosotros, no tenemos fecha de vencimiento. Se consiguen un viejo jersey, y hacen un viaje en el tiempo para confirmar que todo tiempo pasado fue mejor.
Si deciden correrla y lo hacen, vengan preparados y equipados, si tienen algún problema mecánico en medio del recorrido y ven venir a un ciclista en una Caloi 10, no se les ocurra pedirle ayuda. No hace falta, seguramente me detendré a darles una mano. Para el recorrido largo siempre habrá revancha.

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