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Vete al Diablo

Lo que nos diferencia evolutivamente de los animales, además de la posibilidad de raciocinio, es haber adoptado la capacidad de evadir una vez al año la rutina normal de supervivencia, de escapar de nuestros enemigos, de camuflar momentáneamente nuestra vida, de modificar costumbres, de relajarnos y bajar la guardia, compartir momentos tranquilos con nuestros pares y de conocer nuevos territorios de caza. A esa capacidad de adaptación, los humanos la llamamos vacaciones.
Me gustaría consultar con algún zoólogo si para algunas especies la migración sería algo similar, pero no, estoy aquí para contarles de un buen lugar que conocí al disfrutar esa capacidad evolutiva que tenemos los Homo Sapiens. Por mí, se pueden ir todos al Diablo, y por supuesto llevar sus bicicletas.

Diez días de paz y pedal

Por segunda vez en la vida las coordenadas migratorias de las vacaciones me llevaron a Punta del Diablo, un pequeño pueblo en la costa norte Uruguaya. Esta vez adopte el “modo” sedentario y nos instalamos en una pequeña cabaña para trasladar nuestra vida a ese lugar. Por supuesto que nos llevamos dos bicicletas, de otra forma la vida no es vida. Mi Reid gravel y una Tern D16 (a esta altura ya heredada por mi esposa).

Si me piden que describa Punta del Diablo diría que es: tranquilo; pintoresco; alejado; con un olor salado y a pescado en el aire cuando sopla el viento del mar; con caminos arenosos y de grava que invitan a pedalear, para perderse en senderos que nos llevan a parajes desiertos a través de repechos que nos sacan el aire.
Para un ciclista, despertarse a las siete de la mañana en este lugar es recibir un guantazo en la mejilla. Solo basta abrir la ventana de la cabaña, sentir que el silencio es solo alterado por los pájaros, olfatear el aire húmedo del rocío de la noche y ver que una calle de grava pasa justo ahí delante de tus narices.
Todas las mañanas de mis vacaciones, cuando los amantes de la playa (mayoría aquí) descansan y preparan sus sanguchitos para una tarde en la arena, yo salté de la cama y me escapé silenciosamente para recorrer en bicicleta estos hermosos parajes.

El naufragio

Una bandada bulliciosa de cotorras pasa sobre mi. Una vez que el silencio vuelve a la escena aprovecho el momento para calzar el pie derecho en el pedal y escuchar el “clac” de las calas de mis zapatillas, las ruedas de mi bicicleta giran los primeros 180 grados y el la orquesta grava empujada por las cubiertas inicia su concierto.
El pueblo tiene solo una calle de asfalto de unos 5 kilómetros que va desde la ruta 9 hasta el mar, divide al lugar en dos: grava de un lado y grava del otro. Me dirijo rumbo al sur por los senderos internos y me guio con el mapa en mi celular, los caminos son salpicados esporádicamente por alguna cabaña. Pinos, eucaliptos y palmeras de fondo. Llego al cruce con la ruta y con la misma naturalidad del pedaleo en la grava me cambio al asfalto, tal vez es esto es lo que me fascina de mi bicicleta gravel.

La banquina de la ruta es ancha y los automovilistas en Uruguay son muy respetuosos, me siento tranquilo y devoro kilómetros en busca de la pequeña aldea La Esmeralda. Un camino secundario que serpentea paralelo a la ruta me invita a salir del confort, hay partes inundadas por alguna lluvia reciente y parezco un perro jugando en el agua. Sé que mi bicicleta va a necesitar una limpieza profunda, pero la felicidad no tiene precio. “Camping El Cocal” dice un cartel en la ruta, es momento de girar y de seguir el camino que muchos kilómetros después nos hace pasar por este interesante lugar. Antes de llegar al mar, a mitad de camino, podemos dudar pero un cartel sentencia “Ya falta poco” y nos tranquiliza de la senda elegida. Paso por la entrada y lo agendo para un eventual viaje largo de cicloturismo, estoy en búsqueda de un lugar especial y continúo el pedaleo hasta que un gigantesco médano se interpone entre el mar y mis ganas de encontrar lo que busco. Cruzo el minúsculo desierto y una vez en la playa pedaleo por la arena dura esquivando la agonía de las olas.

Es una zona completamente desierta y a los dos kilómetros encuentro el tesoro. Me reciben los últimos rastros de un naufragio que está a punto de cumplir 50 años, apoyo la bicicleta para la foto obligada y no puedo dejar de viajar el tiempo: El barco de los cuatro nombres, 1943 William Howland (EEUU), 1943 Malin Head (Inglaterra) 1951 Ocean Swell (Noruega) y 1953 Cocal (Brasil). Fue un carguero N3-S-A1 que participó en la Segunda Guerra Mundial en la Royal Navy Inglesa como fuerza de apoyo y que posteriormente desempeñó tareas de carga bajo otras banderas. En 1969, bajo circunstancias no claras, encalló en las costas de Uruguay cerca de la pequeña aldea de La Esmeralda, a unos 50 kilómetros de Punta del Diablo. Actualmente solo sobrevive parte de su proa, esa que surco varios mares, que escapó de torpedos Alemanes y que conoció cientos de puertos. Hoy asoma triste cada vez que la bajamar decide brindarle honores.

El regreso decido hacerlo hasta La Esmeralda por la playa, son unos 6 kilómetros por la arena, luego un lindo camino de grava y después asfalto. El esfuerzo es grande pero me espera una siesta reparadora al final de los 70 kilómetros del recorrido del día. Mientras pedaleo de regreso, pienso: mueren tristes los barcos que encallan en la playa?

La Fortaleza

Amanece en Punta del diablo y decido recorrer en bicicleta el cercano parque Nacional de Santa Teresa. Los mapas no lo marcan, pero con un poco de voluntad encuentro entre un bosque achaparrado, la ruta que une este pueblo con una antigua vía de acceso que lleva al parque. Caminos semi asfaltados, o mejor dicho descuidados, hacen atractivo el recorrido. El camino serpentea entre el parque de más de 3000 hectáreas y brinda paisajes diversos: vistas de playas desiertas; repechos entre bosques de pinos y eucaliptos; granjas privadas; y ya en el casco principal, viveros y jardines que son una muestra de la flora particular del lugar. También cuenta con puntos de abastecimiento como una pequeña despensa, una panadería y un restaurante, y hasta un cajero automático por si nos quedamos sin efectivo.

El parque posee varios campings muy interesantes y amplios, con mucho bosque, ideales para los que gustamos estar alejados de todo, algunos tranquilos y otros no tanto, pero siempre con la posibilidad de alejarse bastante de algún vecino molesto.
La estrella de este lugar es sin dudas la fortaleza de Santa Teresa. Justo en el límite norte y a menos de 30 kilómetros de la frontera con Brasil, nos encontramos con un fuerte construido por los Portugueses en el siglo XVIII. Disputado intensamente por ser un punto estratégico, pasó varias veces de mano entre España, Portugal, Brasil y tropas Uruguayas. Se lo puede visitar y recorrer su interior para remontarnos un poco en la historia, imperdible subir a lo alto de sus murallas y observar el horizonte.

El recorrido del día sumaría unos 50 kilómetros, pero como en las vacaciones hay tiempo de sobra decidí cruzar la ruta 9 e ir en busca de la Laguna Negra, este amplio espejo de agua sirve como reservorio de agua dulce y es aprovechado para el riego de los campos del lugar. El camino de grava me conduce luego de varios kilómetros hasta la misma orilla de la laguna, tomo un breve descanso hasta que La Paz del lugar logra aturdirme y me obliga a regresar. La laguna Negra queda atrás y del monstruo, ni noticias.

Pesca del día

Punta del Diablo es una antigua aldea de pescadores artesanales. El casco principal está justo frente al mar y la calle primaria y de más movimiento tiene unos 300 metros de tierra, y en bajada, atractiva y pintoresca, es para recorrerla a pie pero teniendo una bicicleta sería un pecado no andar por estos lados. Antes del mediodía la zona es un desierto y en varias oportunidades la cruzo rumbo a la escollera natural que se interna en el mar. Mi trailer Burley está enganchado en la parte trasera de la bicicleta y transporta un par de cañas; la caja de pesca; termo; mate y un cuarto de bizcochos. Porque estamos en Uruguay, a las facturas le decimos bizcochos y no se pide por docena si no por peso.
Puedo llegar con un pequeño grado de dificultad hasta casi la punta de la escollera con la bicicleta y el trailer, desde ahí hacer unos tiros en busca de alguna brótola y volver luego de algunas horas pedaleando cuando el centro comienza a revivir y poblarse de gente.

Los atardeceres son igualmente aprovechables. Pedalear hasta la playa de los pescadores nos brinda la postal perfecta: la llegada de las famosas barcazas que traen el preciado tesoro obtenido luego de una dura jornada en el mar. La gente se aglutina para ver el espectáculo diario del desembarco, en plena playa, de la pesca del día que en minutos está lista para que los clientes compren la cena de la noche.

Cicloturismo

La Costa Uruguaya se está convirtiendo en destino para muchos ciclistas Argentinos a la hora de organizar su viaje. Desde Atlántida hasta Punta del este es el tramo más conocido, pero el departamento de Rocha, bien al norte, nos brinda una posibilidad extra: tranquilidad; bellos paisajes y caminos ideales para pedalear; pueblos pequeños; seguridad; cordialidad; buena oferta de campings y accesibilidad desde Buenos Aires. Todo esto forma un combo muy atractivo a la hora de planear unas vacaciones en bicicleta. Una buena gravel, MTB, rutera o una humilde playera, todo sirve si hay ganas de aventura. Les dejo un recorrido para que sueñen y planeen: alforjas y carpa, parando en camping. La Esmeralda, Punta del Diablo, Parque Santa Teresa, La Coronilla, Barra de Chuy, llegar hasta tierras Brasileñas y si quieren, antes de regresar, poder cantar “Brasil decime qué se siente”.

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Rumbo al pueblo escondido

¿Que fue lo que impulsó al gran navegante Argentino Vito Dumas a realizar la vuelta al mundo navegando en solitario? He leído mucho al respecto y no me cabe duda de su valentía; de sus conocimientos marinos; de su organización personal y de su capacidad de resolver situaciones en condiciones extremas; pero se me cruzó por la mente la curiosa idea de que quizás le costó conseguir compañero/s para semejante aventura. Imagino algunas conversaciones antes de partir: “este fin de semana no puedo”; “que el otro si”; “mi familia no me deja”; “mejor vamos para el otro lado”; “son muchos kilómetros”. Es dura la vida del aventurero, y la soledad es a veces una decisión práctica e impulsiva. Una mañana de domingo, en el que parte del país aclama al rey Momo, decido arrancar un recorrido varias veces soñado y postergado. Me voy a pedalear un par de días, y el destino fue conocer el mítico Pueblo Escondido en la provincia de Córdoba. Me acompaña mi bicicleta Reid, una gravel ideal para este viaje. Y como le habrá pasado al señor Dumas, cuando comenté el destino, a mi también me dijeron que estaba loco.

El futuro llegó y es el bikepacking

Un recorrido en bicicleta de 48 horas debería catalogarse como una aventura express en el manual de los biciviajeros. Tomando en cuenta mi caso, y habiendo planificado dormir una noche en el auto y la otra en un refugio en la montaña, evito transportar carpa o usar portapaquetes con grandes alforjas. Solo cinco pequeños bolsos colocados en lugares estratégicos de mi bicicleta, me permiten llevar lo básico para esta excursión. Esto señores se llama Bikepacking y es la evolución del cicloturismo, nos facilita el desplazamiento alivianando nuestro peso total y permite disfrutar una conducción rápida y agresiva. Solo llevamos lo necesario e indispensable.

La noche es placentera y extraña a la vez. Una improvisada cama en la parte trasera de mi auto obra de albergue fugaz para dormir, casi abrazados, con mi  compañera Australiana. Para evitar confusiones aclaro que este origen geográfico es el de mi bicicleta Reid Granite 2.0, una máquina pensada y diseñada para el cicloturismo.

Río de los Sauces es un típico y pequeño pueblo de las sierras Cordobesas dividido en dos por un arroyo, que por cierto tiene muchos sauces. Son las 8am y luego de dejar el auto en el camping del pueblo, a la sombra de uno de los árboles que dan nombre al lugar, comienzo el recorrido con la esperanza de dormir la próxima noche en Pueblo Escondido. Las cubiertas de mi bicicleta ya dejan huellas en tierras Cordobesas.

Emprendedurismo

La ruta ya estaba memorizada de tanta búsqueda en internet. Salgo del pueblo, me dirigo rumbo norte hacia La Cruz y doblo a la izquierda en el primer desvío a los 10 kilómetros. Desde ahí comienza un largo camino en el que el ascenso será estoico y apenas será olvidado durante alguna bajada obligada por alguna cañada. Los 80km programados para ese día son duros y los tomo con calma, los paisajes así lo ameritan.

Paro para almorzar junto a un arroyo, ante la vista de un gigantesco lagarto overo y más adelante una siesta de algunos minutos bajo un pequeño árbol al costado del camino. Anotaciones lógicas para la bitácora de viaje.

Promedia el recorrido y la tarde, cuando en la nada del camino puedo observar una pequeña casilla, un oxidado y borroso cartel ofrece bebidas y choripánes. Nadie a la vista invita a seguir mi viaje, pero me detengo por un instante y comparto con el improvisado kiosco la sombra de un añoso árbol. Solo escucho mi agitada respiración y con pocas esperanzas golpeo tímidamente la vieja casilla. A los pocos segundos aparece con un lento caminar el dueño de semejante emprendimiento. Ante mi pedido por alguna bebida no duda en expresar: “agua, gaseosas, jugo, cerveza..”. Sorprendido me decido por una Coca y el buen señor, con pinta de gaucho extraído de una pintura de Molina Campos, entra en la casilla y regresa con una botella del preciado brebaje. El valor del producto no me sorprendió en absoluto, pero sí su estado casi congelado. Podía observar los cristales de hielo naciendo en el interior del envase. Qué clase de brujería es esta en medio de la montaña?. La respuesta del buen hombre fue contundente: “tengo un freezer a gas”.

Llegan al lugar varios motoqueros enduristas y con un idéntico relato podría describir su sorpresa cuando el dueño de este oasis les trajo un par de cervezas con escarcha sobre la botella. Unos minutos de descanso sirvieron para que los clientes reunidos alrededor de esa vieja casilla decidieran nombrar a esta persona el “emprendedor del año”.

Dante desciende al infierno

El día se hizo largo y el recorrido muy duro. Partí a la mañana desde los 600 metros sobre el nivel del mar y cuando el reloj marca las 8pm estoy en los 1700 y en el comienzo del desvío a Pueblo Escondido.

En el primer acto de La Divina Comedia, Dante (el protagonista) encuentra en las puertas del infierno un cartel que dice: “Abandona la esperanza si entras aquí”. No hay nadie para confirmar el destino de este desvío, ni siquiera un cartel, pero la geografía del camino, su Dantesco descenso y alguna huella de cuatriciclo me invita a descender con la esperanza intacta de encontrar el Pueblo Escondido. Un sendero de apenas algunos metros de ancho, regado de piedras del tamaño de pelotas de fútbol, y la poca luz del anochecer me obligan a recorrer a pie 5 kilómetros en plano inclinado. Duelen los tobillos y mis zapatillas con calas resbalan en el canto rodado. A mitad del recorrido el sendero se abre y puedo observar al fondo del barranco la silueta del escondido pueblo.

El último kilómetro del recorrido es dentro de una selva en galería, por lo que debo recurrir a mi potente luz Knog para llegar a destino. Me recibe el grito constante del río que bordea el pueblo y una pasarela colgante que debo atravesar con paso firme para evitar el bamboleo.  La construcción principal del lugar la reconozco por fotos y pertenece a un viejo campamento minero que explotaba de vida a mediados del siglo pasado, antes de que el tungsteno se vuelva más barato traerlo de China. Una débil luz de led que me imagino no será alimentada por más de 12 voltios, me atrae como faro al encuentro del dueño del lugar. Carlos me guía a la habitación que alquilo para pasar la noche. Un cuarto de tres por tres, con un colchón en el piso, en donde pondré mi bolsa de dormir. Dejo a mi compañera Australiana a resguardo y mi anfitrión me lleva al salón comedor del lugar. Son las 21hs y se está a punto de servir la cena, la mesa es comunitaria y comparto con mis ocasionales compañeros de ruta el eterno menú fijo del lugar: Fideos, pero con la amable posibilidad de repetición sin limite (con 4 opciones de salsa, dos de las cuales creería que son las mismas).

 

El cansancio acumulado de la jornada me impide memorizar el nombre de la gente reunida ahí, solo recuerdo un cartel a la entrada que dice: “aquí no hay seres extraños, solo gente que aún no conoces”. Tres Franceses aporteñados luego de 20 años en Buenos Aires, una joven pareja de Villa María y yo, nos encargamos de liquidar la cena servida. Luego del postre nadie puede evitar el desafío de un partido de truco. Estoy en el fondo de un profundo valle, rodeado por montañas. Sin energía eléctrica, wi-fi o señal de teléfono, simplemente disfrutando de la magia que brinda un viaje de cicloturismo. El cansancio es abrumador y la madrugada acecha, es lo único por lo que acepte una falta envido con 28, el final de la noche y del partido es lógico.

Amanece en la ruta

Duermo como nunca en mi vida, o mejor dicho como un ciclista que devoró 80km de subidas. No hace falta despertador, simplemente prestar atención a los sonidos del amanecer. En Pueblo Escondido sobran pájaros y me lo hicieron saber apenas salio el sol. En la dura subida de 5km hasta el camino principal, aprovecho para sacar fotos y despedirme visualmente de este mágico pueblo. Nuevamente en la ruta principal comienzo a disfrutar un camino que desciende, pero a los pocos metros un impulso terrorífico me hace bloquear los dos frenos en plena bajada, descubro que había perdido mi teléfono en algún momento de la subida al salir del pueblo. Tres vacas al costado del camino quedan petrificadas y observan tratando de interpretar los extraños sonidos producidos por este ciclista que simplemente está maldiciendo todo lo que existe sobre la faz de la tierra. Regreso a la puerta del infierno y juraría haber visto al mismo cartel que recibió a Dante. Oculto mi bicicleta en un matorral y comienzo a descender a Pueblo Escondido por segunda vez en mi vida, todo un récord. Unos tres o cuatro kilómetros más abajo logro encontrar mi teléfono entre las piedras.Once horas, treinta y seis minutos. Subo a mi bicicleta y comienzo el regreso, las tres vacas quedan inmovilizadas nuevamente ante el grito de “¡lo encontreee!”.

 

El camino de regreso sería casi igual, una parada en el puesto del emprendedor más famoso de las sierras de Córdoba, y un camino alternativo recomendado por la misma persona, pero en su faceta de guía de turismo. Esta ruta atravesaría pueblos como Lutti y Cañada de los Sauces, llevándome de regreso en un hermoso plano inclinado. Mi Reid literalmente vuela en las bajadas, la posición de manejo es ideal para tomar velocidad y su horquilla de carbono hace notablemente liviano el tren delantero, los vados y pozos apenas se sienten simplemente tirando un poco del manubrio. El regreso es perfecto y tan sincronizado que la única pinchadura me sorprende justamente en un tramo cubierto de sombra y con un arroyo de aguas cristalinas.

El que apenas 48 horas atras era un bullicioso camping del pueblo, es ahora un sitio desierto salvo por el auto que aguarda mi regreso. Una larga ducha en los baños del lugar limpian las huellas de mi cuerpo, luego de la jornada de cicloturismo que acababa de concluir.

La Reid, junto a su pequeño equipaje, dice misión cumplida y se zambulle en el baúl del auto. Una pequeña parada en un kiosco para juntar provisiones y en una estación de servicio para no detenerme nunca más hasta casa. Acelero sobre la autopista Córdoba-Rosario y los kilómetros empiezan a pasar velozmente frente a mis ojos, se mezclan con imágenes de trepadas; de arroyos; de piedras bajo mis zapatillas; de gauchos emprendedores; de fideos con salsa; de partido de truco en la madrugada; y de vacas petrificadas. Todo tan fugaz y perfecto como una salida de Bikepacking.

 

 

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Una nueva especie

Cuando en el año 1831 el HMS Beagle partió de un frío y brumoso puerto de Inglaterra, su pasajero más famoso, el señor Charles Darwin, no calculó que los dos años originales planeados de viaje alrededor del mundo se convertirían en 5. Seguramente habrá aprovechado cada instante extra para escribir todas las visiones y sensaciones obtenidas en su viaje, cada nueva especie observada sería detallada en sus borradores que posteriormente sentarían las bases para su famoso libro “La evolución de las especies”.

El slogan de Giancarlo Brocci, el creador de esta carrera, dice: “Eroicos, una especie en vías de multiplicación”, y me hace reflexionar sobre el tema en el amanecer de un frío domingo, donde mis compañeros son los futuros 180 kilómetros de la prueba principal; una amenazante garúa; un interesante viento de origen oceánico; el alma pétrea del viejo faro de la península y un puñado de ciclistas empecinados en desafiar a la modernidad. Estoy seguro de que estos “Eroicos” hubieran sido agregados en el libro de Darwin como una nueva especie, si los tiempos de ambos hubieran coexistido. La Eroica, una prueba reservada para bicicletas clásicas llegó para quedarse en el calendario mundial, una nueva especie o tribu ciclista se ha instalado y ha comenzado a multiplicarse.

Una gran familia

Esta prueba no es una carrera, y si no entienden esto a la hora de largar estarán en problemas. La frase icónica este año que sintetiza esto es: “tenemos un tiempo límite de 12 horas, aprovechemos todo ese tiempo”. A las 7 de la mañana somos pocos los que vamos en busca de los 180km de la prueba larga. Pocos, pero nos conocemos, sabemos nuestros nombres, de qué país venimos, si estuvimos el año pasado y como nos fue, de nuestras bicicletas. Se puede decir que somos una gran familia y estamos todos juntos desayunando los primeros kilómetros de asfalto mientras pedaleamos como una gran cofradía, a través del camino que separan la plaza del faro y el puente de la Barra.

A poco menos de media hora de haber comenzado a rodar, nos recibe la primer calle de grava y nos despedimos alegremente del asfalto. Esta prueba surgió en La Toscana Italia, como homenaje al ciclismo clásico y para concientizar sobre la necesidad de proteger los caminos rurales. Vinimos en búsqueda de la música que ejecutan nuestras ruedas apartando piedras y empujando tierra. El concierto ha comenzado.

Kilómetro 20, el estóico pelotón de los Jerseys desteñidos llega unido al primer checkpoint. El solo hecho de hacer sellar el pasaporte produce la separación de los ciclistas una vez reanudada la marcha. Comienza aquí una etapa distinta, en donde la cabeza comienza a jugar un papel importante, se comienza a pedalear solo y en las primeras trepadas nuestros queridos cambios a fricción empiezan a despertarse de su largo letargo. Mi Caloi 10 se siente como en 1978, año en que salió de fábrica. Yo podría decir que también me siento en esa época, con unos vitales 15 años. La realidad es que ya pasaron casi 40 primaveras y tanto mi Caloi como yo, nos estamos burlando de ese término moderno llamado “obsolescencia programada”.

La misa ciclista

Nos acercamos al kilómetro 50, las calles de tierra se han ido afinando y a esta altura ya son senderos poco transitados. Una gran bajada con una curva cerrada a la izquierda, cubierta con grava de la linda, hace sonar la alarma en la conducción. Conservo penosamente el equilibrio mientras derrapo, esta sensación produce éxtasis en mi alma ciclista. En el fondo de esa bajada, un ancho arroyo de aguas transparentes, apenas sombreado por un puente, me despierta las ganas de matear con los pies en el agua y una cañita mojarrera en la mano.

La subida es dura pero al final se divisa el próximo checkpoint. Llego a la pequeña Iglesia de San Benito, es domingo cerca de las 10 hs, no hay misa y la ceremonia es nuestra. Momento para recargar el alma, agua y un par de sándwiches mientras descansamos unos minutos y contemplamos el paisaje.

Lllega al checkpoint Joao, un Portugués que participa con una bicicleta idéntica a la mía y con el que nos auto nombramos “Equipo oficial Caloi”. Reanudo la marcha y al poco tiempo descubro que mi rueda delantera comienza a perder consistencia. Una rueda desinflada y una calle con serrucho no son una buena combinación, por lo que comienzo a parar cada 5 kilómetros para completar el aire perdido, con la esperanza de llegar al próximo checkpoint en la bodega Garzón, en dónde podré cambiar cámara con mayor comodidad.

Un lugar en el mundo

La fascinación que produce el vino en mucha gente, la comparo con lo que siento al pedalear a través de un viñedo. Entrar a los campos de Garzón es una experiencia fantástica, y gracias a los cárteles de la organización puedo ir hilvanado el recorrido  que se asemeja a un gran laberinto de hermosas plantas simétricamente separadas y con callejones que invitan a perderse. Luego de varios kilómetros llego al mejor checkpoint del recorrido, con dos metas a cumplir: zambullirme en la mesa de comidas que nos tienen preparada y comer un gran racimo de uvas, o en su defecto beber el producto derivado de ellas, y por supuesto si sobra algo de tiempo reparar la rueda delantera. No fue tan duro llegar al casco principal del Garzón, que está en la cima de una colina. Quizás por una baja altimetría del terreno o por las ganas de alimentarme.

Estamos en el kilómetro 80, casi a mitad del recorrido y es el momento de un buen relax. Solo falta una alfombra roja, nos reciben como estrellas, algo razonable por nuestra condición de Eroicos. Fotos, cámaras de video, drones que nos sobrevuelan captando ángulos cenitales, todo eso mientras compartimos el mejor momento de la prueba. Varios vasos de limonada y jugo helado hidratan mi pérdida líquida desde que salimos del faro. Esta es solo la entrada para luego ir al plato principal, un ahumado de cerdo, seguido de mortadela con pistachos regada de una fina lluvia de aceite de oliva. Todo esto acompañado con una copa de pinot noir de la casa, sentados cómodamente en un deck con vista al valle.

Abro paréntesis para recordar ese mágico pero real momento, e invitarlos a que cierren los ojos y sueñen con participar el próximo año, no acepto personalidades tibias en esta fantasía, se convierten en Eroicos o siguen leyendo mis crónicas.

Pueblo Garzón: 600 habitantes

Si alguno se pregunta si cambie la cámara en el checkpoint de la bodega, debo decir que si, quedaron unos segundos después del almuerzo para esa tarea; estamos nuevamente en camino después de una arquitectónica y estética salida de la bodega.

Como piezas de ajedrez sobrevivientes en una partida ya avanzada, los ciclistas nos separamos por la ruta en busca de Pueblo Garzón, un bello lugar con tan solo 600 vecinos, donde la plaza principal (obviamente única), tiene lo que hay que tener para ser desconocidamente famosa si se me permite el oxímoron: una infaltable iglesia; una pequeña casa que no llega a tener el título de municipalidad; cuatro calles de tierra que la rodean; y el restaurante de Francis Mallmann en una esquina. Si sumamos todo esto y le agregamos una mesa de checkpoint, será suficiente para volver al día siguiente a sentarnos en un banco de esa plaza a contemplar un rato su pacífica vida.

Dejando atrás el pueblo comenzamos a transitar una ruta asfaltada con apenas dos semanas de vida. Para los 600 vecinos es una revolución, para nosotros es un pequeño descanso de la grava en nuestro largo regreso al punto de partida.

The answer is blowing in the wind

Las sierras están quedando atrás y nuestro descenso hacia el mar es lento como arroyo de llanura, solo es interrumpido por un checkpoint sobre la ruta 9. Sellamos pasaporte y reponemos energías con más sándwiches. Los Eroicos no sabemos de barras energéticas ni de geles, y cuando nos hablan de carbono o de aluminio, es posible que el solo oír dichas palabras nos produzca algún brote alérgico en nuestro cuerpo. Me anuncian que el próximo destino en nuestro agradable recorrido será el faro de José Ignacio, la ruta de grava y luego de asfalto nos lleva hacia el mar, pero el arribo se hace desear en la tarde de domingo. Un empecinado viento en contra nos acerca la respuesta, se comienza a oler el mar en el viento. En la última trepada cierro los ojos al llegar a la cima, como al pasar la hoja en un tomo de enciclopedia pasamos instantáneamente del paisaje de llanura a una postal marítima. Casi a la entrada del faro me encuentro con la camioneta de la organización que me da las instrucciones de seguir camino ya que el checkpoint del faro estaba siendo levantado por problemas técnicos, lamentaría mucho esto más adelante al saber que algunos pudieron disfrutar del lugar y de un sabroso plato de fideos que servían ahí..

La Linda

Pedaleo solo por la ruta, con el Atlántico bramante a mi izquierda y la laguna de José Ignacio a mi diestra, sin saberlo estoy cerca de un último regalo de esta prueba. Pocos kilómetros después de dejar atrás la laguna, el camino se interna nuevamente hacia la sierra, un circuito de 20 kilómetros me depositará nuevamente en la ruta por la que transito, pero antes me brindara la vista de un arroyo y chacras de la zona. Mientras gigantescos cuervos y caranchos planean gracias al viento y a las térmicas de las colinas, yo juego como un gato con sus sombras y trato de pisar sus siluetas por el recto camino que transito. Llegando a una zona urbana y prestando atención a las señales de la carrera, logro encontrar el parador La Linda. Llego solo y descubro a poco del final de la prueba un interesante restaurante con una gran salón y una interminable mesa de refrigerios. Mientras una chica sella mi pasaporte veo una gigantesca horma de queso oradada por una amable cuchara, una buena variedad de fiambres y un sabroso vino tinto que da un maridaje perfecto a esta hora de la tarde, junto con la tranquilidad de que nada detendrá mi avance hasta la llegada.

Llegan al checkpoint Eduardo y Maxi, compartimos un agradable y sabroso momento. Deben ser como las cuatro de la tarde pero poco importa, tampoco influye nuestra posición en la prueba, arrancamos para completar los últimos 15 kilómetros. Comparto este último trayecto con Eduardo Morena, de Buenos Aires, con 4 Eroicas en sus espaldas. Junto a él recorrimos una buena parte del trayecto charlando y disfrutando las bicicletas, una pedaleada que nos debíamos desde Argentina. Las amistades que se forjan entre Eroicos suelen ser inquebrantables, y lo confirmo un día después de la prueba al recibir un email de mi amigo Jean-Claude, un Chileno con el que corrimos a la par en la anterior edición. No pudo venir en ésta oportunidad, pero me envió saludos y deseos de que complete la vuelta.

Último sprint en el pasado

Quedaron atrás las calles de grava, los campos y colinas, entramos en Punta del Este y vamos en busca del faro, es el último sprint. Eduardo perdona mi retraso final, culpa de los 5 kilos de diferencia en nuestras bicicletas y bordeamos el último tramo de mar a la par. La llegada es sin bandera a cuadros, pero con la emoción y alegría de haber completado la larga vuelta. 180km, casi 9 horas, un promedio de 20 km/h. Será una anécdota para los que gustamos de las estadísticas y una idea de esfuerzo para los que gusten aventurarse en esta prueba.

Las fotos, los abrazos y las sonrisas se adueñan del paisaje en el atardecer peninsular, juraría que tengo ganas de largar nuevamente, pero tendre que esperar un año, o tal vez menos si tomo en cuenta el calendario mundial: California, Sudafrica, España, Japón, Italia, Canadá. Así es, la semilla está germinando en todos los continentes. Observo llegar a más corredores y en su cara veo algo más que felicidad. No sé cuál es la palabra justa para describirlo. Miro por un momento el mar, ese que transitó Darwin en busca de nuevas especies, y confirmo que la evolución se hizo presente aquí, nació una nueva especie de ciclistas, los Eroicos han comenzado a multiplicarse.

 

Fotos por: Rodrigo Guillenea y Gustavo Almada

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Instantáneas de un verano Neoyorquino

A la hora de empezar escribir estas líneas, algo me lleva a hacer referencia al genial cuento de Borges; “Funes el memorioso”. A ese extraño personaje que sufría de hipermnesia y que recordaba las imágenes de todo lo visto, que podía describir con perfecta precisión todo lo que había pasado delante de sus ojos.
Dicen los científicos que cuando dormimos, en la primer fase del sueño, nuestro cerebro se encarga de retener las imágenes más importantes para archivarlas como recuerdos, y borra todo lo demás. Así, en nuestra vida perdemos miles de recuerdos e imágenes, solo lo relevante perdura. Como decía Ireneo Funes, el protagonista del cuento de Borges: “el dormir me distrae del mundo”. En este viaje, la ciudad de Nueva York me mantiene en vigilia permanente; bicicletas a cada paso, en cada girar de esquina, en las veredas y en las calles, detenidas o desafiando la gravedad, con su dueño o abandonadas, pero siempre una bicicleta atrae mi mirada.

Estoy pedaleando en la ciudad y capturando imágenes con mi cámara fotográfica. Ella me ayudará a recordar las miles de instantáneas que la cultura ciclista de Nueva York me ofreció en este viaje y que mi cerebro diabólicamente se encargará de borrar. El otro camino, el que eligió Funes, el de no dormir para evitar perder recuerdos, me resulta un tanto difícil. De las cientos de imágenes capturadas, comparto algunas que representan parte de lo vivido en una nueva aventura en bicicleta.

Dos ciclistas comparten una parada obligada, esperan atentamente el momento exacto en que el caudal de vehículos disminuya para impulsar su pie apoyado en el pedal, preparados como soldados con el dedo en el gatillo. De no ser por un par de autos ya hubieran arrancado, aunque el semáforo negara ridículamente su avance.
Uno es un clásico Messenger de los que abundan en la ciudad, en su bolso transporta seguramente uno o varios elementos preciados, que otros sujetos indispensables en la ecuación estarán esperando ansiosamente. El otro ciclista no es un profesional del pedal, pero seguramente habrá elegido la bicicleta por una cuestión económica, de tiempo o comodidad y está viajando hacia o de regreso de algún punto.
Los dos comparten el carril de la ciclovía y el mismo gusto por un vehículo tan simple y tan poderosamente adictivo.

La arqueología es la ciencia que estudia los cambios que se producen en la sociedad, a través de restos materiales distribuidos en el espacio y en el tiempo. Existen diversas ramas, pero esta ciudad le abriría las puertas a especialistas en arqueología ciclística. Me animo a apostar, que caminando en cualquier parte de la ciudad, difícilmente transitemos más de 100 metros sin encontrar una bicicleta abandonada o semi-desarmada atada en algún poste.
Cuánto hace que esta bicicleta está en este lugar? Quien fue su dueño/a? Por qué se la abandonó? Quienes comenzaron con el desguace? Cuantos fueron y durante cuánto tiempo? Utilizaron sus piezas para venderlas o como repuestos? Creo que estas son preguntas que solo un arqueólogo podría responder.
Una ciudad poblada de ciclistas de mal corazón que abandonan sus corceles heridos en plena batalla y de misteriosos duendes reducidores de esqueletos de acero y de aluminio.

Recorremos el barrio Judío Ortodoxo de Brooklyn un día sábado, nos situamos en una ciudad desierta. Parece abandonada, pero solo faltan unas horas para que llegue el domingo y que en ese momento arranque la semana frenética y bulliciosa entre mercados y negocios de la colectividad. Edificios bajos, no más de 8 pisos, generalmente con frentes de ladrillos un poco grises y descuidados. Son familias numerosas con muchos chicos, y que por supuesto están influidos por la cultura ciclísta de Nueva York. Qué pasa cuando se mezcla una gran familia con niños amantes de las bicicletas y casas pequeñas? En este caso, en la puerta de acceso descansan varias bicicletas de distintos rodados y de juveniles dueños. A la hora de regreso del colegio seguramente rodarán por las veredas del barrio, se encargarán de cansar irremediablemente a sus pilotos antes de que estos sean llamados por sus madres para hacer sus tareas, al final del día serán depositadas nuevamente en la puerta de sus casas para la diaria rutina del abandono.

En más de una oportunidad, pude observar una inquietante y fugaz escena. Las primeras veces no tuve la oportunidad, pero ya alertado por la situación, la cámara estaba preparada y lista para disparar. En el barrio de Harlem y durante una pedaleada, logre captar una imagen bastante usual en la ciudad. Decenas de adolescentes sobre sus bicis, casi como un enjambre, aparecen y desaparecen con la misma velocidad; juegan con sus bicicletas recorriendo metros en una rueda y manteniendo una envidiable sincronización para no chocarse entre ellos.
Busqué infructuosamente algún canasto delantero con un E.T camuflado entre ese pelotón de chicos. Aunque no se elevaron hacia el cielo, los vi desafiar constantemente las leyes de gravedad.

Si la memoria no me falla, Lotus fue una marca diseñada para ser comercializada en Estados Unidos y fabricada en Japón, en este caso con una impronta ochentosa clásica: doble comando, frenos Diacompe y cambios Suntour. Me hace acordar a una de mis bicicletas, una Caloi Brasileña de la misma época. Caminando por el barrio de Tribeca me llamó la atención, no por su parecido con la mía, que sabía descansaba segura y abrigada en algún rincón de mi casa a más de diez mil kilómetros, si no por qué la vi en un estado de pre abandono. Tal vez dentro de unos meses apenas quede el cuadro atado al poste. Espero que su dueño recapacite, solo tiene que reparar una posible pinchadura en su rueda trasera y cambiar una cadena agonizante.

Desde 1934 en Broadway y la 80, en pleno barrio Upper West Side, funciona Zabar’s. Este negocio fue fundado por inmigrantes Judío-Húngaros y es literalmente un paraíso alimenticio. En sus góndolas abundan todo tipo de delicias: quesos, embutidos, panes y bebidas. No puedo dejar de fantasear con una imagen: vivir en esta ciudad, ser el dueño de ésta hermosa Bianchi, pedalear atravesando toda la ciudad y regresar con el tráiler cargado de provisiones mi casa. Será ésta la vida del dueño de esa bicicleta? Mientras pienso en esto entro a Zabar’s y compro el almuerzo que disfrutaré minutos después en una plaza contigua al museo de historia natural de NY.

 

Puede ser que los deliveries en NY tengan una imagen estereotipada, extraída de películas de mensajeros de Nueva York como “Premium Rush”, con Joseph Gordon Levitt dándole vida a un joven que pedalea velozmente en su bicicleta sin frenos con una gran mochila en la espalda cargando sus envíos.
No quisiera derribar su icónica imagen, pero debo decirles que el típico mensajero de Nueva York anda en una bicicleta híbrida o MTB, penosamente recubierta de tiras de cámaras viejas para protegerlas del maltrato y generalmente llevan un horrible canasto en la parte delantera. Luego de arruinar su imagen romántica del mensajero, les digo que ésta foto fue sacada en la puerta de una mensajería en el céntrico barrio de Lower East Side, donde minuto a minuto llegan y salen jóvenes con sus bicicletas, en su mayoría inmigrantes latinos, que son una parte fundamental en la distribución de mercadería, alimentos y correspondencia en la ciudad.

Los vagabundos duermen de día. Quizás porque a la noche se sienten a gusto lejos de la mirada de los otros, o quizás porque es el momento en que se sienten dueños de la ciudad que de alguna forma, y con historias diferentes, les dió la espalda.
Williamsburg es un barrio de Brooklyn con un interesante desarrollo en los últimos años. Galerías de arte, bares y negocios están haciendo pujante a éste lugar que le quitó el turismo a lugares clásicos como el Soho. Pedaleando pude observar en una tarde como este personaje dormía en un banco, aferrado a su bicicleta y junto a un oso de peluche. Las historias de la gente en situación de calle son crudas y nunca sabemos hasta dónde nos llevarán y cómo llegaron a esta situación. Lo cierto es que este señor duerme de la mano con su bien mantenida bicicleta. La cultura ciclista está en todas las clases y grupos sociales.

Ésta es una ciclovía que recorre toda la rivera del Río Hudson, de norte a sur, a metros del río y rodeada de verde. A la altura de la calle 100 aproximadamente, en el barrio de Morningside Heights, capturé ésta imagen. La bicicleta no es usada solamente por mensajeros y como medio de transporte, también es usada para actividades de ocio y para transportar a parte de la familia. Este pequeño y cómodo trailer es el elemento justo para que un padre lleve a su hijo, la herramienta justa para que el niño absorba la cultura de la bicicleta sin recurrir a cursos ni clases, lo hará con naturalidad y seguramente en poco tiempo querrá empezar a pedalear.

 


 

Estoy disfrutando un café, sentado en la vereda de un bar en Little Italy. Mi Tern D8 está plegada junto a mí y descansa del recorrido diario. Pienso en la fascinación que he tenido respecto a la cultura ciclista de este lugar. Una ciudad totalmente recorrible en bicicleta: amplias ciclovías; sectores en avenidas destinados a las bicis; amplios espacios verdes de cara al río y un respeto vehicular que dudaba encontrar. Todo esto colaboró para que la bicicleta forme parte de la rutina diaria de miles de personas: trabajadores, estudiantes, turistas, niños y como lo demuestra el registro fotográfico, hasta vagabundos.
Regreso a Buenos Aires, a la selva, a las ciclovías en declive, a las esquinas con profundos desagües, a los empedrados coloniales, a la ciudad de cómodos deliveries en moto, la de los paragolpes cerca de mis piernas, a la esperanza de crecer como sociedad y desarrollar nuestra cultura ciclísta. Regreso contento.

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En blanco y negro

Capítulo 1
“Él adoraba la ciudad de Nueva York. La idolatraba fuera de toda proporción. No, digamos que la romantizaba fuera de toda proporción. Para él, sin importar qué estación era, ésta aún era una ciudad que existía en blanco y negro, y que latía al son de las melodías de George Gershwin.”

No, comenzaré de nuevo.

“Él era muy romántico respecto a Manhattan, como lo era con todo lo demás. Medraba en el ajetreo y bullicio de las multitudes y el tráfico. Para él, Nueva York significaba mujeres bellas y hombres experimentados quienes parecían conocer todos los ángulos.”

No, no, banal. Muy banal para mi gusto. Intentaré profundizar más.

“Él era rudo y romántico como la ciudad que amaba. Detrás de sus lentes de armazón negro vivía el poder sexual de un felino. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería.”

No, no, eso va a sonar a plagio. Otra vez.

Simplemente amo la ciudad de Nueva York y podría recitar en primera persona el monólogo inicial de la película Manhattan. Por supuesto que no voy a hablar del poder sexual de felino detrás de mis gafas negras, pero sí recalcar la idea y coincidir con el señor Allen, de que a esta ciudad, como a las películas de Chaplin, los tableros de ajedrez y la camiseta de All Boys, el blanco y negro le queda perfecto. No es melancolía, tampoco algún problema visual, es que Manhattan no necesita de colores ni brillos especiales para atrapar a los turistas. Manhattan es como la describe Woody Allen: ruda, bulliciosa, romántica y monocromática.
Han pasado ya muchas palabras y todavía no escribí la que ansiosamente estarán esperando: “bicicleta”, así que empecemos.

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Viajamos a NYC de vacaciones, pero vacaciones me suena turista y no me siento así. Prefiero decir que viajamos en plan de descubrir una ciudad, de no parar ni un minuto en los fugaces ocho días programados, de empaparnos de su cultura ciclista, con ganas de pedalear Manhattan y fieles a nuestra idea de que la bicicleta es la herramienta perfecta para descubrir cada rincón de una ciudad.
El sistema de alquiler de bicicletas de la ciudad de NYC es uno de los mejores del mundo, bicicletas de muy buena calidad, distribuidas en puntos estratégicos (y no tanto), aseguran al turista poder recorrer la isla en toda su extensión.
¿Pero por qué alquilar una si me puedo llevar la mía? Decimos que la Tern Link D8 es la ciudadana del mundo y en cada viaje en que tenemos oportunidad lo demostramos. Así que en esta ocasión nos llevamos nuestras 2 bicicletas embaladas en una maleta AirPorter y en un bolso Stow Bag para recorrer la ciudad.
El mapa ubicaba a nuestro hotel en Little Italy, pero al arribar y descubrir que el hotel es de capital chino; con empleados chinos; en una calle con negocios y vendedores callejeros chinos; vendiendo las típicas verduras y frutas Chinas, me hace creer que los chinos se están expandiendo y Little Italy cada vez está más pequeña. Solo está quedando el cartel de entrada al barrio, algún póster de “El Padrino” y un puñado de restaurantes de pastas y pizza concentrados en pocas cuadras. Creo que en fútbol esto sería equivalente a un China: 5 , Italia: 1.

La bicisenda en la puerta del hotel es un llamado a pedalear, y las Tern Link D8 hacen su bautismo Neoyorquino. La primer sorpresa agradable y desconcertante es descubrir que muchas de las bicisendas de Manhattan son mano única, lo que hace más fluido el tránsito de bicicletas. Por supuesto que cada tanto aparece algún delivery a contramano, por que esto es NYC.

Woody Allen odia a las bicicletas

Estamos pedaleando en Manhattan y me surge la necesidad de ir al encuentro de Woody Allen y pedirle explicaciones. Hace días que estoy teniendo un sentimiento encontrado con esta persona; por un lado amo su obra y soy fanático de su cine, tal vez por eso se entiende que haya visto tres veces seguidas “Annie Hall” en el avión, ante la mirada extrañada de mi vecino de asiento; pero por otro lado no puedo entender cómo este señor ha tenido tantas expresiones agresivas hacia nosotros, y que se siga manteniendo hostil hacia la comunidad ciclista de NYC. Ustedes pueden imaginar a este pequeño personaje: neurótico; despeinado; con grandes gafas de marco negro; hablando rápido y por momentos casi tartamudeando al recitar su monólogo, manifestándose abierta y públicamente en contra de los ciclistas urbanos, tratándonos de “ciclistas descontrolados”, y asegurando que “cada vez más y más personas moviéndose en bicicleta se traducirán en una alienación de los ciudadanos”. Quiero que lo sepan, Woody Allen odia a los ciclistas y esto es algo personal.

Vi luz y subí

La primer ocurrencia fue ir a su casa. Siguiendo la pista, sabía que vive desde hace más de 20 años en la calle 70 entre Av. Park y Lexington. Salí del hotel chino en Little Italy, arme en 4.2 segundos la bicicleta creyendo que los vendedores ambulantes se sorprenderían, pero para ellos el mundo siguió rodando, absortos en vender verduras de extrañas formas y frutas con colores que no había visto ni en la paleta del mismísimo Chagall.
Navego por cuadras la Chrystie St hasta empalmar con la Av 1. Me detengo a un costado de la cómoda bicisenda para contemplar por un momento el paso de las bicicletas, es de mañana y el corazón de Manhattan está latiendo fuerte, los ciclistas fluyen sin detenerse como sangre en las venas de la ciudad marcando el ritmo diario.

El tránsito en NYC es bastante más ordenado de lo que creía, y viniendo de Buenos Aires esto es un lujo, hasta los taxis me respetan. Me gusta esta ciudad por qué es un equilibrio entre el orden y el desorden, en donde existe la cantidad justa de basura en las calles para mantener alerta a nuestros anticuerpos y la gente no se detiene a pelearse por qué no tienen tiempo.
Los barrios se suceden, East village, Murray Hill, Lenox Hill y llegamos al Upper East Side. Parado frente a la casa del señor Allen mi paciencia se agota y pienso que nunca va a aparecer. No hay luz en su ventana, pero el mundo es chico y se que en algún momento lo voy a cruzar, sigo pedaleando y a muy pocas cuadras me detengo en la 66 entre las avenidas 2 y 3. Recuerdo el plano secuencia de la escena de Annie Hall donde Alvy Singer (Woody), camina conversando o mejor dicho monologueando junto C. Wolken relatando su neurótica existencia: “¿Por qué me ofrecen judías en la ensalada, porqué!?” , “¿Por qué cada vez que voy a una disquería el vendedor me dice que tiene en oferta a Wagner, porqué !?”.
Si bien mi bicicleta es un vehículo que me da la ventaja de no necesitar combustible, el motor de la misma (yo) sí lo requiere. Con nuestras bicicletas plegadas paramos en un bar en la Av 5, frente al Central Park, a reponer energías antes del próximo checkpoint.

Dos extraños amantes

En cada viaje que hago imagino una foto que pretendo hacer, la de esta ciudad ya la tenía pensada hace rato. Manhattan es una isla donde abundan puentes que la unen con el continente, quizás el más famoso e icónico sea el Brooklyn Bridge, pero voy en búsqueda de otro menos pretencioso e inmortalizado por mi no tan amigo Woody Allen.
El Queensboro Bridge une Manhattan con Queens pasando sobre la pequeña isla de Roosevelt, construido a principios del siglo 20, también es conocido como el puente de la calle 59. Pedaleando desde el Central Park por esta calle y esquivando la subida al puente, chocamos con una pequeña plaza o espacio verde a orillas del río en medio de una zona residencial. Me cuesta encontrar el ángulo exacto y no tengo el banco de plaza típico que agregaron al lugar para la toma, demasiados carteles contaminan la foto pero trato de copiar aquella en la que los dos personajes descansan contemplando el puente en una mágica imagen monocromática, mientras cae el sol en la ciudad que nunca duerme.

Since 1888

Es hora de un paréntesis en la búsqueda y hacer una de las cosas que uno no puede dejar de hacer en NYC. Vamos en búsqueda de uno de los mejores lugares para comer el famoso sándwich de pastrami Neoyorquino.
Las opciones son tres; el primero Carnegie Deli es un negocio relativamente nuevo ya que funciona desde 1937; El segundo es Eisenberg’s Sandwich, que tiene un lema muy particular: “Elevando el colesterol desde 1929” y promociona a uno de sus platos como “el Woody Allen” en honor al director que filmó una escena de Brodway Dany Rose en esta locación, Decido no concurrir a este lugar ya que cenar aquí me haría recordar el problema personal que tengo con esta persona. La tercera opción es Katz’s Delicatessen, funciona desde 1888 en la esquina de la Houston Street y Ludlow Street en pleno Lower East Side. Un negocio con 129 años de historia, y que sea recomendado por Anthony Bourdain como el mejor pastrami de NYC es suficiente para mí.
Sentado en un rincón con la bicicleta plegada a mi lado, disfruto el (hasta ahora) mejor sándwich de mi vida, mientras observo en medio del salón un cartel alegórico a una famosa escena de una película filmada en esa mesa, donde seguramente Sally pidió el mismo sándwich que estoy saboreando, aunque sin ocultar sus sensaciones como yo trato de hacerlo.

Escucho a Fred Astaire.

Midwood es un barrio de Brooklyn que se mantiene intacto y a salvo del paso del tiempo. Andar por el barrio en donde se crió Woody Allen significa volver en el tiempo varías décadas atrás, es un tradicional barrio residencial Judío donde abundan pequeños chalés de dos plantas con jardín a la entrada, sinagogas y negocios de venta de elementos típicos de su cultura. Dejaré para la próxima nota contar mi experiencia en la “Pizzería Jerusalem” algo así como el “Güerrin” de Midwood.
Sabiendo que las posibilidades de encontrarme con Woody y pedirle explicaciones se están agotando, llego al último checkpoint del recorrido.

Vamos a reconocerlo, todos tenemos una película favorita que hemos visto varias veces y lo seguiremos haciendo por la fascinación que nos causa. En mi caso iré por la vez número 20 de “Casablanca”, y temo que en alguna próxima oportunidad Rick (Humphrey Bogart) salga de la pantalla y se ponga a conversar conmigo. Algo parecido le ocurrió a Cecilia (Mia Farrow) en una de las más lindas películas del señor Allen. En el 1070 de Coney Island se encuentra el Cine Teatro “Kent” al que el cineasta reconoce como uno de los lugares significativos de su infancia, lo eligió en 1985 para ser la principal locación de su película “La rosa púrpura del Cairo”.

Entro en él, y me atacan toda clase de colores que parecen estar refugiados en este lugar escapando de los grises tradicionales que abundan en el barrio. En la sala de espera encuentro butacas de los años 60 tapizadas con banners de publicitarios de películas, olor a pochoclo y pósters de películas se reparten equitativamente. En un rincón se destaca una máquina “grúa levanta peluches”. Recorro el lugar como astronauta que pisa el suelo lunar por primera vez y me detengo en la puerta de acceso a la sala de cine, miro a través de una ventana rectangular y puedo observar la proyección de una película de dibujos animados. La puerta se abre repentinamente y salen de la sala 4 chicos corriendo, se reparten en la búsqueda de un cono de pochoclo y en alimentar la “máquina grúa” con un dólar, en búsqueda de una suerte esquiva. Vuelven con la misma velocidad a sumergirse en la sala ante mi sorpresa. No estoy seguro si eran simples espectadores o si salieron de la pantalla. Solo atino a sacar de mi bolsillo cuatro monedas de cuarto para regresar en el tiempo y jugar en la “máquina grúa”, no hay peluches dentro de pecera de acrílico, solo veo cajitas con “Spinners” como premios, como una absurda metáfora de pasado, presente y futuro. El gancho de tres brazos se posiciona verticalmente perfecto y cae como una garra de ave rapaz sobre su víctima, lo levanta, lo transporta hacia las fauces de la máquina y lo suelta. Pero el spinner, luego de rebotar en el borde que separa a los mundos, cae del lado que siempre va a estar, el de la fantasía, para que otro chico salido de la sala (o de la pantalla), vanamente lo intente capturar.
No encontré a Woody Allen en este cine y tampoco en ningún rincón de Manhattan. Sí me tope con el espíritu de sus clásicas películas y de sus personajes. Por suerte ninguno de ellos odia a las bicicletas.
Salgo del cine, armo mi bicicleta y como Mía Farrow en el final de la película “La rosa púrpura” escucho cantar a Fred Astaire: “Heaven, i’m in heaven…”.

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El pelotón de los jerseys desteñidos

“La más emblemática carrera no competitiva de bicicletas clásicas llega a Sudamérica”. El título de la noticia me atrapó de inmediato y comencé a navegar y buscar información: “Los participantes deberán usar bicicletas clásicas, fabricadas antes de 1987, vestirse con indumentaria de la época de su bici y recorrer un circuito de 210 Km”. Compré el formato de inmediato y comencé la búsqueda de una clásica. No me costó mucho y tuve la suerte de dar con una Caloi 10 Brasileña de 1978 en un 95% original. Ahora agendar fecha, reservar hotel, entrenar y soñar. ¿Qué es esto de recorrer 210 Km con una bicicleta antigua que pesa 16 kilos, que apenas frena, por caminos de tierra con interminables subidas, vestido como nuestros abuelos y bajo un sol abrasador?
Más de veinte participantes largamos una mañana nublada y brumosa, a las 6.30 AM, desde el faro de la península de Punta del Este. Una frase lanzada al viento por uno de ellos define esta situación: “Que lindo que es no tener que andar a las chapas y poder disfrutar de todo esto!”. La Eroica estaba en marcha.


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En busca de la ballena blanca

Llegar a 5.30 am al faro es una sensación extraña. Sabemos que el sol está a punto de aparecer en el horizonte y nada puede detenerlo. Los primeros brillos se asoman y anticipan un día especial. Somos pocos los que contemplamos esta ceremonia y estamos reunidos aquí por la misma pasión. Se escuchan palabras en muchos idiomas, hay Italianos, Franceses, Alemanes, Ingleses, Brasileros, Uruguayos, Chilenos , Paraguayos y Argentinos.
Estamos vestidos de una forma extraña: jerseys viejos, medias a cuadros, algunas boinas, bigotes retorcidos y barbas. Algunos hasta parecen extraídos de la novela Moby Dick. Una breve charla técnica y estamos listos a partir de este simbólico puerto. Cargo en mi bici una pequeña cantimplora que será el tesoro máximo durante el viaje, un puñado de herramientas, un inflador y cuatro cámaras de repuesto. Creo que con esto tengo la supervivencia asegurada. Somos más de veinte heroicos los que estamos en la línea de largada, con nuestras Bianchi, Pinarello, Benoto, Spino, Caloi, DaRosa, Monark, etc.

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Estas bicis vencieron al tiempo, al olvido y hoy están reunidas para celebrarlo.
En la largada no hay adrenalina, la cuenta regresiva es en voz baja y la emoción va por dentro, largamos entre algunos aplausos de familiares. El pelotón va en dirección al mar como en busca de la ballena blanca, doblamos en la avenida costanera y nos vamos arponeando los primeros kilómetros. Los que vienen a correr son pocos y enseguida se escapan adelante, la mayoría preferimos ir juntos y compartir la vista del mar a nuestra derecha.
El pelotón de jerseys desteñidos avanza velozmente, se nota la experiencia de los años y para aliviar la dureza del viento de frente el pelotón comienza a rotar la punta para repartir el esfuerzo, arrancan los chistes típicos de los primeros kilómetros de una carrera que desaparecerán luego con el cansancio. Nos encontramos con la primera postal clásica de la ciudad, el puente de la Barra nos recibe con su doble joroba, los carteles que indican el recorrido de la carrera son pequeños pero visibles. Hay que estar atentos para encontrarlos y doblar a tiempo. El primero, señalando hacia la izquierda, nos saca de la postal marítima y nos interna en el primer camino de tierra.

San Carlos City

Los primeros kilómetros transcurren entre calles de tierra y asfalto. Pasamos por el pueblo de San Carlos y nuestro andar es saludado por decenas de vecinos sentados en la puerta de sus casas, un saludo tibio y respetuoso, bien Uruguayo diría yo, con un movimiento de cabeza vertical, ya que sus manos están ocupadas con mates y termos.
Dejamos definitivamente atrás el pueblo y nos internamos en un paisaje rural. Algún zorro se cruza en el camino, se detiene brevemente olfateando el horizonte y huye, los pájaros planean al lado nuestro escoltando el paso de los ciclistas, la naturaleza reina, el único sonido que es ajeno a la postal es el de los viejos frenos de nuestras bicis intentando (penosamente) hacer su trabajo. Mis herraduras Dia-compe están fatigadas por el paso del tiempo y descubro en una pronunciada bajada que el freno “suela de zapatilla en la rueda” sigue siendo tan eficaz como en aquellos viejos tiempos.
El suelo es duro y por momentos nos sorprende la arena blanda, hay que estar atentos para no perder la vertical y cuidar la bici para una larga jornada, ya que calculamos no menos de 9 horas de pedaleo.

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La cabellera de Kempes flamea en el viento

La cadena de mi bici se desmonta del último Piñon y me detengo a solucionar el problema, levanto el pulgar a un corredor que pasa ofreciendo ayuda, tomo un sorbo de agua mientras veo como se aleja y mientras subo de nuevo a mi bici pienso cuanta historia que tendrán estos “bichos”.
Mi bicicleta fue fabricada en junio de 1978, así que imagino una historia mientras pedaleo por una recta de tierra entre chacras . Imagino a un operario en una línea de montaje, en la fabrica de Caloi en la ciudad de Manaos. Está muy triste ya que su Brasil no llegó a la final del mundial, termina de ajustar la última tuerca de la bicicleta y le coloca una tarjeta con un gigantesco OK que asegura que el producto está listo para salir a la venta. La lleva junto a otras bicis idénticas colocadas en fila. Van a pasar muchos dueños y hogares distintos para que 38 años después este vehículo llegue a mis manos. Aunque no puedo asegurar que la historia del operario sea real, si puedo decir que esta Caloi me esta haciendo muy feliz, que la cabellera de Kempes ondulaba al viento en el festejo del tercer gol de la final del mundial de 1978 y que mi bici fue fabricada precisamente en ese año.

Segundo almacen de caballito

Un pequeño libro de 10x10cm será nuestro testigo de paso por los Check Points distribuidos a lo largo del circuito, lo tenemos que hacer sellar y viaja bien resguardado entre el casco y mi cabeza (técnica adquirida luego de perder el testigo en otra aventura)
Sabíamos que tendríamos aprovisionamiento de agua en estos puntos y algo de comida.
A lo lejos, en la cima de una colina, podemos ver un gazebo azul que imaginamos será el primer checkpoint. Hemos recorrido ya unos 30 o 40 kilómetros y el sol está haciendo sentir su presencia, nos detenemos para sellar el primer cuadradito de nuestro pasaporte.
La sorpresa es grata, los habitantes de ese oasis gauchesco son un parrillero en plena tarea, un mozo, dos payadores y una “china” que nos sirve agua. No es un espejismo, es parte del espíritu de esta carrera, disfrutar.
Mientras los dos músicos hacen su trabajo y suena una milonga; sello mi pasaporte, me tomo dos o tres vasos de agua fresca y lleno mi cantimplora. El mozo me ofrece un “chivito” y dudando, agradezco y rechazo la oferta. Jamás en mi vida en medio de una carrera me he comido un sándwich y me da miedo los efectos secundarios que dicho alimento puede ocasionar en los próximos 150 km.

Un participante con una rueda pinchada me pide un inflador. Que participante de una Eroica decide largar esta carrera sin un inflador? Francesco. Francesco llego de La Toscana, la mítica ciudad donde tiene origen esta prueba histórica, para participar en esta carrera. Se trajo su Bianchi “Cheleste”, alguna herramienta, una cámara, pero no inflador
A partir de este punto recorreríamos juntos todo el circuito, le presto el inflador y mientras repara su rueda, observo la carne asada que sale de la parrilla a la mesa del mozo. Quizas todo lo que observo en este lugar sea un espejismo así que no debería caerme mal, entonces decido aceptar el ofrecimiento gastronómico.
La carne se deshace sin resistencia mientras el mozo la corta; tomate, rucula, salsa, todo en un pan casero. Sombra, mi Caloi que espera al costado del camino y Francesco luchando con su rueda pinchada. Maridaje perfecto.
Llegan corredores al Checkpoint, y uno en especial me llama la atención. Jean-Claude es un Chileno que monta una DeRosa modelo 84 y, sin dudar, acepta el ofrecimiento de la persona encargada de las bebidas, cabe aclarar que a parte de agua, la organización de este Checkpoint pertenecía a el Restaurante “Segundo almacén de caballito” de Maldonado (Uy) , que tenían preparada una mesa de vinos de la que Jean-Claude no dudo de aceptar un Rosado extraido directo de la frappera, y un chivito. Otro personaje con el que llegaríamos juntos a la meta.
Luego de perder (o ganar) unos 15 o 20 minutos en este checkpoint, partimos a lo que realmente vinimos: andar en bici.

Finca Babieca

El segundo checkpoint estaba ubicado en esta finca productora de Uvas y un exquisito aceite de oliva. Los caminos son cada vez más angostos y pintorescos, también duros y sufridos. Tiramos juntos con Francesco y Jean-Claude, los carteles nos llevan directo al casco de la finca, el camino es arenoso y lo recorremos entre olivos. Checkpoint, sellado de pasaporte y una gran mesa de frutas bajo de un añoso árbol ideal para descansar brevemente.
Nos invitan a conocer una sala en una hermosa construcción de piedra a unos metros. Al entrar, una mesa con fiambres, pan y una degustación de aceites de oliva nos sorprende. Dan ganas de quedarse un largo rato al resguardo del sol, pero debemos seguir viaje.
Una vez en el camino nos sorprende un percance, la rueda delantera de Francesco se desinfla bruscamente. Estamos en el medio de la nada y nos detenemos a reparar. Francesco solo trajo una cámara de repuesto, yo cargaba con cuatro. Como dice el dicho: “un vaso de agua y una cámara, no se le niega a nadie“. Mientras ayudo a Francesco a desarmar su rueda, Jean-Claude a unos metros nuestros nos dice: “se que esto no es de atleta Po, pero lo necesito.“, prendiendo un cigarrillo. Entre risas y cargadas seguimos reparando la bici, esta carrera definitivamente será inolvidable.
Los tres seguimos viaje en medio de un paisaje que invita a andar en bici, las cuestas parecen ir creciendo y nuestras fuerzas empiezan a consumirse, el ácido láctico empieza a inundar los músculos. A lo lejos vemos un participante caminando a la par de su bici. Sergio es Uruguayo y vino a correr esta prueba para entrenar resistencia, ya que a fin de año participa en un nuevo Dakar. Pinchó su rueda y no tiene cámara ni inflador y mucho menos herramienta. Mi sorpresa es grande, y como dice el dicho “Una camara y un vaso de agua…”. Decido ayudarlo y ya me estoy sintiendo el mecánico oficial de la prueba, el mundo es chico y cuando me dice su apellido lo reconozco inmediatamente. Como yo también tengo un pasado en carreras de motos, conocemos la misma gente. Charlamos largo rato mientras pedaleamos a la par luego de reparar su bici.

Llegando al Edén

Viña Edén es uno de los sponsors de la prueba, el casco de su finca está ubicado sobre la cima de una colina cerca del kilómetro 110 de la carrera, y cuando digo en la cima no lo digo con agrado, ya que ahí arriba estaba el checkpoint para firmar el pasaporte.
Los últimos 200 metros los hice caminando ya que a esta altura de la prueba era imposible mover una bici de más de 15 kg en esta horrible trepada.
Llegando, nos esperaba una mesa con todo lo que una persona exhausta de pedalear necesita en la vida; agua, jugos, frutas frescas, frutas secas, pasas, turrones, quesos y panes. Todo abajo de un sol tremendo y sin nada de sombra. Jean-Claude insiste y protesta: “Que Huevones son los de la organización Po’, como van a poner este checkpoint en pleno sol!, mira esos quesos!, estan arto derretidos Po’…!”.Francesco insufla su rueda para prevenir un pinchazo y yo tomo el quinto vaso de limonada casera mientras observo la vista del valle.
El paso por el próximo checkpoint deberá ser ser antes de las 13.30 hs por reglamento. De otra forma no nos obligarán a realizar el circuito de 145km. Entonces lanzo el aviso de partida a la tropa.
En el camino y disfrutando de una hermosa bajada nos sorprende un nuevo percance, Francesco comienza a perder aire en una de sus ruedas y ante el temor de pinchar, nos tenemos que detener un par de veces a reponer presión. Llegamos al control de paso y nos dicen que estamos pasados de tiempo, nos piden que abandonemos el circuito grande de 210km y que en el próximo desvío continuemos por el de 145km. Llegamos a este punto y Francesco pincha definitivamente su rueda trasera. Tengo dos opciones: ayudar y ya sin tiempo continuar la carrera juntos en los 145km o abandonarlos y jugarme a seguir en los 210km.
A esta altura de la carrera estoy disfrutando la compañía y creo que eso es lo que realmente quedará en mi memoria más que el orgullo de hacer el recorrido largo. Pienso un segundo y sabiendo que el año que viene tendré revancha, reparamos la rueda poniendo como cláusula que mi última cámara no se la doy a nadie.

Punta Ballena

Los últimos kilómetros de tierra y ripio quedan atrás e ingresamos al hermoso y noble asfalto. En búsqueda del penúltimo checkpoint de sellado, vamos hilando el recorrido siguiendo los carteles y estos nos llevan directamente a Punta Ballena.

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El mar nos acompaña a nuestra derecha como en la largada y es señal que la vuelta se está completando. Contrariamente a lo pensado, tener la llegada cerca entristece al grupo, el viento de frente completa el panorama y sabemos que esta hermosa carrera está concluyendo. Un competidor se divisa a lo lejos y tratamos de darle alcance, Francesco tira conmigo y Jean-Claude se retrasa un poco. A la entrada de Punta Ballena alcanzamos a un Alemán que corrió los 215km en piñón fijo. Heroico si los hay, totalmente acalambrado, se detiene a descansar mientras nosotros seguimos camino. Entrando a la península, hacemos un alto junto a Francesco en espera de Jean-Claude, estamos a pocos metros de la llegada y queremos compartir el arribo a la meta. Nuevamente unidos, como casi en toda la carrera, cruzamos la línea de llegada ante el aplauso de la gente que nos espera desde hace horas.
Las fotos llueven desde todos lados. Los abrazos y festejos no se hacen esperar. La fiesta llega a su fin y el viaje al pasado concluyó. Los nuevos amigos volverán a sus casas y contarán la historia vivida, recordarán anécdotas esperando ansiosos la edición de la próxima Eroica.
Francesco prometió venir equipado con una buena provisión de cámaras para la próxima edición, Jean-Claude se prendió un nuevo cigarrillo una vez cruzada la meta. Los tres prometimos volver para completar el circuito largo.

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Pensando en el futuro

Si gustan de la bicis, de hacer amigos, de la naturaleza, de los chivitos y del chardonay bien frío, les recomiendo no perderse esta carrera. Tienen tiempo desde este mismo momento, de empezar la búsqueda de algúna bici clásica, adoptarla, revivirla y rescatarla del olvido. Tengan en cuenta que las bicis y nosotros, no tenemos fecha de vencimiento. Se consiguen un viejo jersey, y hacen un viaje en el tiempo para confirmar que todo tiempo pasado fue mejor.
Si deciden correrla y lo hacen, vengan preparados y equipados, si tienen algún problema mecánico en medio del recorrido y ven venir a un ciclista en una Caloi 10, no se les ocurra pedirle ayuda. No hace falta, seguramente me detendré a darles una mano. Para el recorrido largo siempre habrá revancha.

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La vuelta a Londres en una Tern

Phileas Fogg, un auténtico caballero Británico si los hubo, apostó la mitad de su fortuna entre sus colegas del exclusivo Reform Club, que partiendo de Londres, y utilizando los medios de transporte disponibles en la segunda mitad del siglo XIX, daría “La vuelta al mundo en 80 días”. Para lograrlo, Fogg utilizó en su viaje distintos vehículos; buques de ultramar, trenes, barcos a vapor, goletas, trineos y hasta elefantes. Todos fueron de utilidad para ganar su apuesta. En ningún momento a Julio Verne se le ocurrió que el personaje central de su fantástica historia utilizara una bicicleta como medio de transporte. Voy a perdonar al gran Jules en esa terrible falta. En parte por que de chico y sin salir de mi casa, me hizo viajar por el mundo, bajo el mar, al centro de la tierra y llegar hasta la mismísima luna. También obviamente, porque en su época no existían las bicis como las conocemos hoy, y ni hablar de las plegables. Se me ocurre que hubiese sido perfecto que el Britanísimo Phileas Fogg iniciara su viaje pedaleando en una Brompton, desde el Big Ben, y la llevara junto a él durante su periplo. Se me podrían seguir ocurriendo más incoherentes planteos como éste mientras miro por la ventanilla del tren en el que estoy viajando, pero una voz femenina suena a través de los parlantes y me avisa que Waterloo es la próxima estación. No tengo ninguna apuesta con nadie, pero un dia antes de partir a Buenos Aires, decidí hacer un último gran recorrido a Londres y mi único medio de locomoción a diferencia de Phileas es mi plegable Tern Link D8. Comienza la vuelta a Londres.

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Waterloo

La principal diferencia de los trenes de Londres con los de mi querida Buenos Aires, es que en estos tengo la curiosa sensación de no querer llegar nunca a destino. No sé por qué, quizás por su insonorización, por sus cómodas butacas, por sus mesitas rebatibles detrás de las butacas vecinas, por el paisaje de la campiña Inglesa, por las cómodas mesas armadas donde los pasajeros comen o utilizan sus laptops, por el personal de limpieza (que recorre limpiando los vagones antes que los papeles toquen el piso), por los vagones “silenciosos” en los que no se puede hacer ruido ni hablar por teléfono, por que hay otros vagones con capacidad de solo tres bicis (y nunca hay más de tres bicis), porque las plegables no cuentan como bici, o por que el pasaje cuesta unos $270 fuera de horario pico. Todo esto hace muy dificil y triste la decisión de levantarse de la butaca.

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Bajamos del tren, damos unos pasos para apartarnos de la marea humana, y armamos nuestras bicis. Me acompaña Juan, otro entusiasta de la bici, que ha traído para acompañarme y guiarme en el recorrido su Tern Eclipse P20.

Pasamos el boleto por la maquina, e ingresamos al hall de la estación. Gente corriendo, caminando velozmente sin dudar, y muchos inmóviles con la mirada dirigida hacia arriba, como iguanas tomando sol, observando atentamente el gran cartel electrónico, en donde segundo a segundo se publican salidas, horarios y más de 15 andenes desde donde partirán a sus destinos.

Salimos a la calle y quedo shockeado por una imágen; el estacionamiento de bicicletas. Habré visto muchas imágenes como ésta en la web, pero verla personalmente me impacta, hubiese perdido un buen tiempo del recorrido contándolas, asi que a groso modo diré que había unas 1000, y no creo equivocarme por mucho.

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Tate vieja, Tate nueva

Comienza el recorrido, nos vamos hacia el norte, buscando el Támesis. Si quiero volver sano a casa ésta noche, debo concentrarme en pedalear por la izquierda, aquí se maneja ordenado pero rápido y no hay tiempo para pensar. Si en Buenos Aires nos tenemos que cuidar de los colectivos, acá los bondis son de dos pisos. Tomamos la avenida A3200 y sorteamos con éxito la primer rotonda. Avanzamos cómodamente ya en la primer bicisenda que encontramos. Una cómoda pista de dos carriles en la misma direccion, pintada totalmente de azul. Junto a un grupo de ciclistas nos detiene el semáforo rojo y me sorprendo gratamente al ver como todos se detienen sin invadir la senda peatonal, respetando la posición de llegada y manteniendo un orden impecable. Aun cuando el tránsito por la transversal había cesado, nadie intentó cruzar y todos obedientemente esperamos el cambio del color del semáforo.

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Invitados por el mapa que llevo en el manubrio, doblamos a la izquierda en una de las tantas calles de la ciudad, esta no quiere mantenerse recta y empieza a serpentear entre viejos edificios.

Las calles son angostas pero a nadie se le ocurre estacionar en un lugar prohibido, lo cual agiliza el tránsito. Llegamos a la entrada de la Tate Modern, uno de los más famosos museos de la ciudad, que días atrás acudimos a la apertura del nuevo edificio que se conecta con el viejo. Con formas vanguardistas, la estructura de más de 10 pisos merece una tarde completa para su recorrido.

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Pedalear o no pedalear

Buscamos la rivera del Támesis y, a través de una vereda ancha que balconea el río, avanzamos un poco más lento entre la muchedumbre. A pocos metros nos encontramos con un antiguo edificio. Se complica pedalear pero imitando a otros ciclistas vemos que con respeto los peatones y nosotros podemos convivir, pedalear o caminar, ser o no ser, llegamos al Teatro Globo, el de  William Shakespeare. Durante mi estadía en la ciudad, me establecí como objetivo acudir a ver una obra en este colosal teatro, y pude disfrutar de “Sueños de una noche de verano” en una representación súper contemporánea. Excelentes actores y un gran director, en el lugar ideal para hacer teatro. Recuerdo mis años de actor amateur y mis guiones de MacBeth. Si me vieran los muchachos de actuación.

Volvemos a la calle, seguimos pedaleando, paramos a sacar una foto con “The Shard” en el fondo, un gigantesco edificio que llama la atención por multiplicar en altura a sus vecinos, y por su extraña forma.

Pliego la bici y la pongo en el medio de la calle, no viene ningún auto y creo lograr una linda foto, en la toma se ve la bici plegada, reducida a su mínima expresión y de fondo el segundo rascacielos en altura de Europa.

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Tower Bridge y la torre del terror

Les puedo asegurar que cruzar el Támesis en bicicleta es algo fantástico y más haciéndolo con mi querida y porteña D8. Cruzamos el río por el Tower Bridge. Este puente fue construído a fines del siglo XIX para aliviar el paso de peatones y vehículos, pero tal vez no estaría mal que vayan pensando en uno más, ya que ahora se ha agregado al paisaje la clase turista. Varios mitos urbanos se manejan en la actualidad sobre el color celeste y blanco con el que luce pintado, unos dicen que es costumbre pintar con los colores del último país vencido en una guerra. Dudo mucho de ésto porque al imperio no le habría alcanzado el dinero para tanta pintura en el último siglo, prefiero pensar que alguien apostó: “si ese gordito nos hace un gol, pintamos el puente de celeste y blanco.”

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A unas pedaleadas de ahí llegamos a la fortaleza de su majestad, construída por Guillermo el Conquistador en el año 1066, la famosa torre blanca se convirtió allá por el 1100 en prisión, y fue la figura que representaba el terror y temor de los adversarios y los opositores al reinado de turno. Ahora es una de las atracciones principales para los turistas, que pueden recorrer el castillo y subir a la torre y hasta encadenarse para la foto.

En ésta ciudad cualquier lugar es bueno para sentarse a almorzar en un espacio público, una costumbre tradicional de los Ingleses es comer y beber en la calle, parados, en parques, en la vereda, es hora de disfrutar los sándwiches que viajan en nuestras mochilas, no se muy bien donde estamos, pero hay un buen banco, una pequeña pileta con peces nadando, una banda con más de 40 personas tocando en la calle y gente por todos lados, despreocupadas de todo. Buen provecho!

En que te has convertido Whitechapel

Guiado por Juan, ya mareado por las rotondas y perdido al entrar y salir de callejones, llegamos a Whitechapel, a pocas cuadras del centro de la ciudad se encuentra este antiguo barrio. En sus inicios, este lugar era un área de clase baja, cercana a la zona portuaria. Humildes trabajadores, burdeles y prostitutas eran sus moradores. Durante años fue un lugar para evitar, y se hizo tristemente famoso hace algún tiempo por los crímenes de “Jack el destripador”. Actualmente existen tours especiales para recorrer la zona y visitar los lugares donde hace mucho  más de un siglo aparecieron los cadáveres de 5 prostitutas brutalmente asesinadas por Jack. Hoy Whitechapel es un barrio que florece por sus galerías de arte, músicos callejeros y locales de comida de todas las culturas que en pocas cuadras nos hacen sentir que dimos la vuelta al mundo, como Phileas. El aroma de los condimentos invade las calles, gente ocupando todos los espacios que la materia deja libre. En una esquina una postal perfecta: cuatro chicos tocan “Wonderwall” de Oasis y siguen con “Sultans of Swing” de Dire Straits”. Antes del famoso solo, decido irme por temor a sentirme decepcionado. A pocas cuadras nos encontramos con un moreno, de voluptuoso afro, que toca en la viola un tema de Hendrix, y lo hace muy bien, hasta que al llegar al solo empieza a tocar con los dientes, y ahí comprendo que lo hace perfecto. Evidentemente Londres te sorprende.

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Palacio de Buckingham

Seguimos avanzando y nos encontramos al palacio de Buckingham, no llegamos al cambio de guardia, y tampoco pude poner la bici plegada junto a un soldado como lo había soñado, pero era inevitable como punto tradicional del recorrido en la ciudad, y cumplimos.

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Promedia la tarde y como venimos bien de tiempo, decidimos tener la experiencia de viajar en el Underground con nuestras bicis, nos sumergimos en una de las tantas estaciones en la ciudad con la certeza de saber que podíamos ir a cualquier lugar combinando líneas. Dos combinaciones y media hora de viaje. El subte alterna por momento los túneles y la superficie, podemos ver el sol por momentos. Cabe decir que pese a la gran cantidad de pasajeros nadie nos objeto el transporte de nuestras bicicletas, eso sí, mantengan la derecha en la escalera mecánica porque por la izquierda te pasan por arriba.

Viajamos hasta casi las afueras de Londres en el Underground para visitar el gigantesco Museo de la R.A.F. Esos mismos avioncitos que armaba y jugaba de chico, ahora los tengo en escala 1/1 frente a mi. Sprifire, Mustang, Stuka, por un momento me siento en una película de la segunda guerra y hasta diría que le noto un cierto parecido a Jonh Wayne a un turista, que junto a mi, pasa por debajo del ala de un Bombardero Lancaster.

Descarten esa tonta idea.

Estamos cerca de Abbey Road, barrio residencial, mucho más tranquilo que el centro. Vamos en busca de la famosa foto, la que todos quieren, ustedes ya saben cuál, pero les diré que si algún día vienen por estos lados, olvídense de esta tonta idea. Una foto similar a la de esos cuatros muchachos cruzando por la senda peatonal es imposible de lograr en estos días, o al menos sin compartirla con turistas. Reconozco que tuvimos la mala suerte de llegar a la esquina junto con un contingente de chicos asiaticos, de un colegio en vacaciones. Pero esto es demasiado.

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Cruzo varias veces la calle para inmortalizarme, pero siempre alguien se cuela en la foto. Evidentemente aquí no existe el tradicional orden Inglés. Cansados y malhumorados por la desorganización que el imperio tiene en este sitio decidimos retirarnos con muchas fotos pero ninguna como la de esa tapa.

Son casi la cinco y como buenos muchachos, casi Británicos, necesitamos hacer la ceremonia del “Tea of five o’clock”, momento sublime del recorrido, a pocas cuadras de la esquina donde raramente no está hundida la senda peatonal y en vano tratamos de sacarnos una foto, se encuentra uno de los varios locales que tiene un conocido chef de la ciudad : “Le Mansión Blanc”, es el lugar ideal para saborear un té, o en mi rebelde caso un capuchino con scones, crema y dulce de Frutilla. Foto y a saborear.

Lo bueno dura poco

El té queda en el pasado cuando tomamos el último sorbo, y el sabor de esos scones comienza a ser difuso. Señal de partir a nuestro próximo punto.

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El Hyde Park es un pulmón verde de gran extensión en medio de la ciudad. Tan grande es, que el turista más cercano está a por lo menos 20 metros de distancia, lo que asegura un lugar de relax. No es nuestro caso y seguimos pedaleando. Recorremos el perímetro de este parque. Perdí ya la cuenta de cuantas veces, pero comienza a garuar nuevamente.

En el extremo opuesto del parque está una salida que nos lleva directamente al Royal Albert Hall. En este increíble teatro tocó Zeppelin!!

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Llegamos a Picadilly Circus justo cuando las nubes ayudan, con la llegada de la noche, a ocultar los últimos gritos del sol. Momento ideal para ver los carteles encendidos y el éxodo de los Londinenses a sus hogares, previo paso por un pub. Decenas de personas bebiendo cervezas en la puerta de los bares, una de las más tradicionales postales que recordaré de este viaje.

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La Rueda y nuestras ruedas

Ya estamos en la cuenta regresiva para alcanzar nuestro último tren de Londres, estoy por cruzar por última vez el Támesis y un tango suena en mi cabeza, “Mi Londres querido, cuando yo te vuelva ver…”. Paramos sobre el puente y podemos sentir la corriente del río, miro al frente y veo una gigantesca rueda, el London Eye se ha convertido en un ícono de la ciudad. No intenté subir a la misma, no por miedo a la sensación de vértigo, si no tal vez por que dudé que me dejaran subir con la plegable. Gran desilusión sería ver a la misma triste y abandonada ahí abajo, desde tan arriba. A ésta altura ya conocerán el cariño que tengo por mi compañera, asi que foto desde arriba del puente, y a seguir camino.

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Se cierra el círculo y regresamos a la estación de Waterloo. El tren está a punto de partir, y buscaremos cenar cerca de casa. Cuando la ciudad parece querer descansar de tanto ruido, nuestro tren comienza a moverse hacia nuestro destino. Llegar a la estación de Guilford en las afueras de Londres es como regresar a un pueblo. El tren se detiene y la gente empieza su peregrinaje por el andén hacia sus casas. Varias Brompton llegan con sus dueños, y nos hermanamos en el molinete especial para bicicletas. Salimos de la estación y la gente se dispersa en todas direcciones, como en una explosión de fuegos artificiales. Nosotros apuntamos a un pub en el que momentos después celebraríamos el final del recorrido con hamburguesas, papas y por supuesto unas buenas cervezas.

Recorrer y conocer una ciudad en bicicleta tiene un encanto especial, en este blog intentamos plasmar nuestras experiencias y por supuesto, de contagiarlos. Vale tanto Londres como un pueblito de nuestra Patagonia. Qué tiene de especial esto? Quizas solo lo comprendan quienes lo hicieron, y lo sentirán algún dia los que aún no tuvieron la oportunidad.

Y recuerden que Phileas Fogg pudo dar la vuelta al mundo en 80 días, ganó su apuesta, obtuvo fama y gloria, pero nunca pudo disfrutar de pedalear por una de las tantas ciudades que recorrió en su viaje.

Todo lo que se habrá perdido!, verdad?

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London Nocturne

“El sueño del pibe”

Por una sugerencia del momento me veo obligado a clickear “modo avión” en la pantalla del iPad y de paso en el interior de mi cabeza, hora de vacaciones.

Mientras iniciamos el recorrido en la pista de Ezeiza, la voz grabada de la azafata solicita e instruye, serán 13 largas horas en que mis piernas se tomarán un obligado descanso en su rutinaria y agradable tarea de propulsar una bicicleta. A decir verdad, rara vez pasan tanto tiempo sin empujar pedales, por una cuestión laboral y de placer (envidiablemente unidos), todos los días estoy de uno u otro modo, pedaleando.

Las tan anheladas vacaciones “coincidieron”, afortunadamente, con un evento del que nunca pensé ser parte.

“El sueño del pibe” definió un amigo mi próxima aventura. El London Nocturne es un evento anual celebrado en la capital del Reino Unido desde hace 10 años. Se realizan en el, distintas competencias de ciclismo en un circuito callejero especialmente diseñado para la ocasión. Durante una tarde, distintas categorías de nuestra querida amiga y compañera, se disputan la gloria. Entre ellas una muy especial: “Folding bikes”. Sí, las cada día más populares bicis plegables también tienen la oportunidad de medirse, y este año cumpliremos el sueño, ya que tenemos la oportunidad de participar. La cantidad de corredores inscriptos este año (64) es récord. Desconocemos el nivel de los competidores, pero asusta al saber que participará el Campeón de la liga mundial Brompton y algunos equipos de marcas importantes como Líos. Serán dos etapas, una serie clasificatoria, y una final con los 40 mejores de la anterior.

Armamos y modificamos para la ocasión una vieja Tern Link D8, le cambiamos la estética, le pusimos los mejores componentes, pero sigue siendo nuestra querida Tern. Ahora es una auténtica “pistera”. Entrenamos duro y el 4 de junio a las 16.00 hs largamos esta tradicional carrera de bicicletas plegables a metros de la Catedral de St. Paul, muy cerca del Támesis, ahí nomás del Big Ben.

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Es la mañana siguiente a mi partida,  y ya cómodamente instalado en Guildford (un pequeño pueblo ubicado a media hora de Londres) estoy terminando el desayuno y a punto de sacar la bici de la valija. Una voz comienza a sonar en mi cabeza: “Circular por la izquierda, circular por la izquierda, circular por la izquierda…”.Suena también la voz de arrancar a pedalear, a sacar fotos, a parar en un pub a tomar una cerveza, a escribir más. Estamos en esta maravillosa ciudad y listos para correr. Como dijo Forrest Gump: “La vida es como una caja de chocolates, nunca sabés lo que te va a tocar.”

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“Nada temas hasta que el bosque de Birnam suba a Dunsinane.”

Ya instalado cómodamente en la casa de un familiar en las afueras de Londres, estoy ansioso esperando la carrera. Nada sería más acertado para definir esta situación que una célebre frase de Wiliam Shakespeare: “Nada temas hasta que el bosque de Birnam suba a Duncinane”. Señores: me estoy sintiendo como Macbeth, viendo el bosque venir hacia mi. Faltan dos días para la carrera y empiezo preocuparme por los rivales, la mecánica de mi bici, el incipiente y molesto dolor de garganta, el clima frío y lluvioso de esos días, y por no poder dar riendas sueltas a mi afición por la cerveza entre tantos Pubs. La mejor forma de olvidarme de la bici es salir a pedalear. Guilford es una ciudad pequeña ubicada entre colinas y con un hermoso canal de la época Victoriana que la atraviesa de oeste a este. No hay prácticamente edificios y sus casas con techos de tejas y chimeneas brotando de ellas dan el color rojo, entretanto verde. Negocios y calles modernas contrastan sin salirse de la situación. Todo es orden, y pareciera que funciona de la mejor manera, todo es perfecto, salvo mi odiosa costumbre de manejar por la derecha, por estos lados se maneja rápido y no hay mucho tiempo para pensar que aquí todo es al revés, y ni hablar de las rotondas. De solo pensar en ellas me da vértigo.

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Salgo temprano y en pocos minutos llego al canal, un hermoso camino lo recorre y acompaña quien sabe hasta donde. Piso de tierra y asfalto, por momentos el agua del canal se encuentra a pocos metros y en otros momentos más cerca, del otro lado el verde de las enredaderas, arbustos y árboles, como en el bosque de Birnam. Estos canales fueron construidos hace mas de 200 años para comunicar las zonas rurales y transportar mercancía entre los pueblos. Es aquí donde navegan los famosos Narrowboats, barcos largos y estrechos que en la actualidad se alquilan para vivir, dormir o hacer viajes a través de los canales. Definitivamente pintoresco. Me gana la necesidad de detenerme a registrar fotográficamente estos momentos, mi vieja Tern D8 en lugares impensados, ¿hasta dónde podemos llegar con nuestras bicis? O mejor dicho : ¿a donde no podemos?.

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London Nocturne.

Llegue a esta ciudad para disfrutar unas vacaciones y obviamente a correr esta carrera con las ganas e ilusión de ganarla, pero me llevé dos sorpresas. No la gané, pero viví una fiesta que superó todas mis expectativas.

Mezclar distintas “tribus” de ciclistas podría ser algo complicado, pero en el London Nocturne es lo que mejor funciona, en el parque cerrado conviven y se lleva bien todos, desde ciclistas Pro calentando sobre rodillos, hasta los dueños de las pennyfarthings, plegables, clásicas ,las Santander de alquiler, nadie se preocupa por nadie y todos conviven, porque sencillamente las diferencias entre sus bicicletas no los separan. Si acá hay alguien en bici, es de los nuestros. No importa cuantas pulgadas tengan sus ruedas, si el piñón es libre o no, o que logo lleve estampado en su cuadro. Borges dijo: “Es imbatible un pueblo con el espíritu de Gran Bretaña”, y al menos en lo que a mi me concierne y pude ver en estos días, le doy la razón y empiezo a comprender cómo las distintas culturas ocupan un lugar en la escala evolutiva. Aquí la cultura ciclista se basa en el respeto. En las carreras y fundamentalmente en la calle, el “sorry” y el “please” está en cada momento. Si, estamos lejos; como en una carrera, depende de nuestro esfuerzo para meternos en el pelotón puntero, pero eso es imposible si no tiramos juntos.

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La mejor forma de llegar al centro de Londres desde donde estamos es el tren, media hora de viaje y estamos en Waterloo, desde ahí son unas diez cuadras hasta St Paul, lugar de largada este año. En los anteriores la carrera se realizaba en la zona del mercado de Smithfield. Sin poder comparar, llegamos a la zona del circuito y se empieza a respirar la Nocturne. La zona de la salida de estación del Underground está ocupada por decenas de carpas de comida, diversos stands y una zona vip del Sponsor principal, MR. Porter.

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Por los parlantes se anuncia que quedan pocos minutos y que la categoría Folding debe salir a la pista, estoy en el parque cerrado, ya tengo puestas las zapatillas con trabas y las calzas, termino de hacer el moño a mi corbata y ajustarme el cuello de la camisa. El chaleco está correctamente abrochado. De la cintura para arriba estoy listo para ir a la oficina, y de eso se trata la carrera. Un símbolo característico de la ciudad, es ver a la gente ir a sus trabajos elegantemente vestidos montados en sus bicis, y las plegables son muy elegidas por su comodidad y versatilidad.

El briefing está en marcha para los 65 pilotos que vamos a largar la serie clasificatoria, buscando un lugar entre los 40 finalistas. La charla suena pero yo estoy absorto en mirar todo a mi alrededor, las bicis, la ropa de los demás, algunos inclusive han completado su atuendo con saco y hasta veo alguna pipa (sin prender) que da el toque hipster a la largada. Puede parecer ridículo, pero es Londres y es fantástico. Es hora de entrar a la pista. “Cuando suena la campana hasta el banquito te sacan”, decía Ringo Bonavena, y es verdad, en la pista estás solo, y encerrados por las vallas parecemos toros sueltos en San Fermín. Vuelta previa y llegamos a la zona de largada. Tenemos que plegar las bicicletas a ambos costados de la pista. La ceremonia es impactante, 65 competidores  agachados preparando sus bicis y colocándolas en la posición correcta para armarla en el menor tiempo posible. Regresamos caminando 50 metros a la línea de “pique”, el silencio aturde hasta que entonamos la cuenta regresiva: ten, nine, eight…

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Correr 50 metros con zapatillas con trabas, chaleco, camisa, corbata, y calzas, se siente como despertarse y correr el colectivo para ir a trabajar olvidándose de ponerse los pantalones. Corrí como en mis viejos y atléticos tiempos. Llego a la bici, la armo en tres segundos, trabo la zapatilla derecha, comienzo a pedalear y calza el pie izquierdo. Algún video o foto reflejará mi “histórica largada”, llegué a la primer curva a unos 200 metros en punta y al doblar solo mire de reojo para atrás. Placer y pánico se apoderaron de mí, no me importó que fuese la serie y traté de poner todo. Casi una vuelta en punta demolió mis piernas y pulmones, comencé a hacer agua, no importaba , sabía que entraba en los 40 y eso era lo que valía. La segunda vuelta, una vez sobrepasado por los punteros, la dediqué a estudiar el circuito y sus curvas, corrimos entre edificios en calles angostas y cercadas por vallas, había que “embocar” curvas, las rectas no duraban más de 100 metros, salvo en la llegada con una pequeña pendiente de unos 400 Metros. Bandera a cuadros, y minutos después nos enteramos del puesto obtenido. 23 de 65, dentro del primer tercio y apuntando a buscar entrar entre los 10 en la final.

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La final es dentro de 4 horas, y ahora podemos disfrutar del espectáculo, la categoría Folding es la única que corre dos veces, somos privilegiados, nos vamos al entretiempo.

Receta para un buen espectáculo:

Una ciudad fantástica, un evento de ciclismo, varias categorías distintas: Criterium fijo, ruteras elite mujer y hombres, bicicletas de alquiler Santander, desfile-concurso de elegancia y una de Penyfartings (bicis de ruedas grandes). Música, miles de campanitas-souvenirs repartidos sonando, gente alentando y golpeando las vallas, una pizca de personajes raros, y algunos puestos de comida. Cocinar brevemente con el sol de Londres y servir.

Estamos bien los 40 aquí en la largada, no hay vuelta previa, no hay briefing, ya sabemos lo que hay que hacer, antes de largar nos avisan que la final no es a 5 vueltas, si no a 3, cambio de último momento. Para cumplir con los horarios, puntualidad Inglesa. Hubiese preferido que la final dure bastante ya que mi fuerte es el fondo, pero ya no hay tiempo para lamentos. Una décima de segundo tarde en la reacción y pierdo unos metros en el inicio, apuro un poco y llego entre los tres a armar la bici, la única Tern de la carrera tiene ventaja en el armado y la aprovecho para salir rápido, me recibe la primer curva junto a dos rivales, negociamos entrar en ella sin chocarnos y se arma la carrera, no hay mucho tiempo para las estrategias y no se arman pelotones a mi alrededor, así que hay que tirar solo. Los punteros son inalcanzables y trato de pelear un décimo puesto, los sobrepasos son constantes y los cambios de posiciones hacen perder la idea del puesto en que vamos, al salir de la segunda vuelta hay que poner todo, cerca de la recta final me acomodo en un pequeño pelotón y busco escaparme de ellos al asomarme a la última recta, pongo todo lo poco que tengo, miro de reojo y veo que ya no me pueden alcanzar, me recibe la bandera a cuadros. Puesto 21. Tristemente feliz es un sentimiento ambiguo pero real.

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Luego de ver la final del criterium a través del vaso de cerveza, o al menos tratar de verlos ya que la velocidad de estos muchachos es bastante alta, nos hundimos en el Underground de St Pauls y viajamos hacia Waterloo, tomamos el último tren a Guilford, miro la bici plegada dentro del vagón y me pregunto si podré repetir la experiencia, el tiempo lo dirá. Otras tierras y carreras me reclaman pero será difícil de igualar a esta experiencia. Por la ventanilla del tren veo como el sol se pone en la campiña. Es el anochecer de un día agitado.

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Jugando en el potrero

Lejos de los tiempos de aquellas andanzas, en ese potrero cerca de casa, donde reinaban la pelota, la bicicleta y las bolitas, partimos en vísperas de un fin de semana largo hacia un potrero aún más lejano. Con nuestras bicis y con el mismo espíritu que en aquellos tiempos.

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Parece ser que no fuimos los únicos con la idea de escaparnos aquel fin de semana, así que la ruta estaba por demás concurrida. Nos vimos obligados a hacer una extraña progresión descendente en el orden de los números de ruta por los que circulábamos. Nuestro plan inicial de ir cómodos por la autopista de la ruta 9, fue alterado por algún accidente que sobrecargó esta Via; atajo y hacia la 8. El plan B no duró mucho ya que alguna otra inoportunidad se repetiría por esos lares, y entonces, otro desvío nos dejó en la querida ruta 7, que nos llevaría luego de 850 km hasta el potrero tan ansiado.

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Potrero de los Funes es un pequeño valle enclavado en medio de las sierras de San Luis que ha tenido un desarrollo exponencial a partir de la construcción de su conocido autódromo en el año 2008.

Con un pequeño lago en el centro, sierras que lo rodean, varios campings, mucha naturaleza, y un parripollo del que me explayaré especialmente más adelante, este circuito de 6270 mts nos sitúa en un lugar extraño pero que nos incita a salir con nuestras bicis.

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CEREMONIA.

Llegamos cerca de las 20.00hs, tiempo suficiente para ir al camping y armar las carpas. Tengo la curiosa convicción de que para sentirnos jóvenes y recordar aquellos viejos tiempos (sin tener la sensación de que ya no volverán), hay que, al menos una vez al año, dormir en una carpa en medio de la naturaleza. Esta extraña ceremonia la vengo cumpliendo hace ya años y me funciona perfectamente.

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Entonces, luego de armar las carpas y de una pasada por una pizzería, nos quedó tiempo para unas vueltas de reconocimiento nocturna al circuito (para ayudar a la digestión, claro). 11:00 a dormir, despertador : 06.00 hs.

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“PISTEANDO COMO UN CAMPEÓN…”

Armamos nuestras bicis, una fixed para Octavio y mi vieja Tern Link D8 totalmente tuneada. Abro paréntesis aquí y les anticipo que en la próxima nota de este blog se enterarán de una carrera muy especial a realizarse en el viejo continente, en la que esta bicicleta y quien escribe participarán en un par de meses; cierro paréntesis.

El tercer integrante del Team, Bernardo, casi como en castigo por su reciente fractura y consiguiente yeso, estuvo a cargo del registro fotográfico. Cumplió con las expectativas y nos hizo tomar el tiempo para graficar correctamente esta nota.

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Circular por el circuito del autódromo es en principio extraño y al rato adictivo. El circuito es por demás ancho y cualquier auto que circula por aquí nos pasa muy lejos para lo que estamos acostumbrados a pedalear por Baires, la calle no es plana, tiene pendientes prolongadas y por ende duras trepadas. Aprovechando el poco viento, pudimos promediar 36 km/h. La sensación de levantar mas de 50 km/h en un sprint es tan divertida como aquellas sensaciones de juventud en el potrero cerca de casa.

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VAMOS SUBIENDO LA CUESTA.

Si alguno se acuerda de esta canción, vamos subiendo la cuesta. Arriba esta calle se viste de naturaleza y son unos 30km de curvas y trepadas, un mirador en el que apreciamos el horizonte de la llanura y una hermosa bajada que nos deposita en una curiosa ciudad.

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La quebrada de los Cóndores es un camino de montaña que atraviesa un cerro y nos lleva hacia la ciudad de La Punta, la más joven del país. Propuesta para albergar los juegos Panamericanos del 2019, esta ciudad cuenta con una réplica del Cabildo de Bs As en tamaño real, una universidad, un estadio moderno, calles limpias  y bicisendas.

Solo hay que sufrir un poco (o bastante) dependiendo del estado físico y la cantidad de cambios que tengamos, pero llegar al mirador en la parte más alta, nos presagia una bajada en la que nos olvidaremos de pedalear (salvo la fixed).

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La bajada es el placer de los Dioses, duelen las manos al rato de llevar los frenos apretados, la ciclocomputadora registra más de 60 km/h y las curvas ciegas anuncian incertidumbre. Por suerte, pocos o casi ningún auto se asoma. Aprovechamos las primeras horas del día donde los turistas aún duermen. Terminando una larga recta frenamos, extrañamos la pendiente, solo se oyen los latidos del corazón que vuelven a su ritmo normal.

DOS ANCLAS.

El salero ocupa un espacio en nuestra casa al que no le brindamos mucha importancia, salvo cuando le queremos dar gusto a lo que cocinamos. Pero como todo en la vida tiene una historia y un camino.

Las Salinas Del Bebedero están situadas a unos 40km de la ciudad capital de San Luis, y es uno de los tantos lugares de extracción de sal que tiene la empresa Dos Anclas. Partimos hacia allí con nuestras bicis, para conocer un extraño lugar que ahora recuerdo por ejemplo cada vez que le pongo sal a las papas fritas.

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Una laguna con alto contenido de sales que se seca es un campo propicio para “cosechar” sal, en efecto este lugar se secó y las máquinas periódicamente levantan los bloques de sal, transportandolos hasta lugares preestablecidos que forman grandes montañas amesetadas de pura sal.

Rodar por campos de sal es como por ejemplo sentirse en el planeta Tatooine de Star Wars, nos seguimos sintiendo chicos, derrapando, y clavando la rueda delantera en alguna parte demasiado blanda del camino.

Mañana tendremos que lavar las bicis y me acuerdo de cuando llegábamos embarrados a casa luego de pasar por el potrero.

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ULTIMO DÍA, ÚLTIMA CUBIERTA.

06:00 hs del último día y nos espera el circuito para hacer las últimas vueltas llegando a la bandera a cuadros.

Con el amanecer recibiendonos estamos girando en la pista, vuelta tras vuelta el aroma de los hornos de una panadería aún cerrada al borde de la pista nos anticipa el próximo desayuno.

Los hidratos son bien recibidos por nuestro organismo y nos dan la cuota extra para volver a la pista y seguir girando.

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Luego de un par de horas y cuando la última cubierta de la fixed dice basta, destruida por la mezcla de skiddear en la pendiente y el piso súper abrasivo del circuito, nos damos cuenta que el juego se terminó, como con la pelota pinchada nos vemos obligados a regresar a casa desde el potrero.

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Antes de regresar a la ruta hacia Buenos Aires, pasamos por un puesto callejero al costado de la pista al que vimos y olimos durante todas las vueltas: un parrilla “only” pollo, su dueño nos cuenta su secreto como el lugar donde esconde un tesoro.”A las 9 de la mañana empiezo a cocinarlos, despacito, despacito…”,

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No tenemos platos ni cubiertos, no hay mesas ni nada, solo naturaleza, entonces comprobamos el viejo dicho. “Nada mas lindo que comer el pollo con las manos”.

Regresamos a casa desde Potrero de los Funes, con la misma sensación que teníamos al volver a casa sucios y cansados, desde el potrero a la vuelta de casa.

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Cruzando los andes

DIA 1: Siempre es bueno tener un plan B

Partimos hacia la Patagonia poco después de levantar las copas en Navidad, prometiendo a la familia llegar a tiempo para estar en el brindis de fin de año. Tenemos una semana. El objetivo es llegar en auto a Junín de Los Andes, desde allí pedalear hasta Pucón (Chile) y regresar utilizando los pasos de Carririñe y Tromen, unos 320 km, mitad ripio y mitad asfalto. Como dice el dicho “el hombre propone, y (en este caso), Gendarmería dispone”. Es muy difícil desde Bs As asegurarse el correcto funcionamiento de las aduanas en algunos pasos, por eso partimos hacía Junín con la esperanza de poder lograr el itinerario original, pero respaldados por un plan B.

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Luego de 17 horas  de tener las manos en el volante, y en plena madrugada, llegamos a las puertas de Junín de los Andes. Un vivac improvisado a orillas del Río Collon Cura bajo las estrellas, con un bonus track de Luna llena, nos sirvió para descansar y dar la bienvenida al amanecer Patagónico. Amanece en la ruta y el Lanin nos saluda. La policía caminera en la entrada del pueblo nos dice que podemos cruzar por Carririñe a Chile en nuestras bicis y la empleada de la oficina de turismo de Junín lo confirma. Con estas dos afirmaciones nos retiramos contentos a buscar el camping donde prepararíamos las bicis para el recorrido y dejaríamos el auto hasta nuestro regreso.

Camellos rodantes parecían la bicis con las alforjas y el equipaje acuesta; en especial mi Tern Link D16 casi tapada por su pequeño tamaño. Mis compañeros de este viaje, Octavio con su “cyclocross” Vairo reformada para la ocasión y Jerónimo con una MTB 26, estaban listos para la gran aventura.

Cinco kilómetros hacia el sur por el asfalto de la ruta, nos dieron el adiós a la comodidad de rodar por pavimento;  nos recibe el ripio, los serruchos, la tierra y las cuestas interminables. Las alforjas y mochilas comienzan a aflojarse y tenemos que detenernos seguido para chequear su correcto agarre, luego de unos 30 km llegamos a la entrada del Parque Nacional Lanín. Continuamos viaje hacia el Lago Curhué, donde deberíamos pasar la noche. A mitad de camino un puesto de gendarmería y aduana nos recibe, un gendarme se acerca y nos dice que el paso está cerrado inclusive para pasar en bici. No dispone de papeles de migración ni de sello, y ante nuestro comentario de haber recibido el “OK” en la policía y en la oficina de turismo de poder hacer el recorrido, nos responde que su superior debería haber avisado a esa gente para que no envíen turistas por este paso. En un siglo caracterizado por el avance de las comunicaciones tres entes oficiales están totalmente desconectados. Seguimos camino hasta el lago para tomar una pequeña siesta y analizar el camino a seguir. Siempre es bueno tener un plan “B”.

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Con un día menos para realizar nuestro periplo volvimos al camping de Junín para pasar la noche y emprender camino la mañana siguiente a Villa Pehuenia a 200 km de distancia. Terminamos el día uno con 60 km (50 de ripio) y un buen asado para levantar el ánimo.


Recorrido del día: 60 km

Altura máxima: 950 m

Distancia acumulada: 60 km.

Asados: 1.


junin

DÍA 2: BIENVENIDOS AL PARQUE JURASICO 

Nos vamos de Junín no sin antes pasar a conversar unos minutos con la gente de la oficina de turismo y de la policía caminera. 200 km, o tres horas después, el paisaje cambia. Dejamos atrás los típicos bosques Patagónicos para llegar a Villa Pehuenia. Nos recibe el paisaje prehistórico de las araucarias (Pehuenes para los habitantes originarios de la zona) y un suelo de arena volcánica, inequívoca prueba de la existencia de grandes volcanes en la zona.

Veinticinco años antes visité la zona viajando en moto rumbo a Chile, en ese momento Villa Pehuenia comenzaba a nacer, ni siquiera tenía camping y apenas una despensa oficiaba de centro comercial. El progreso llega y cambia el paisaje, hoy es una villa con un gran crecimiento turístico que recomiendo para que pasen sus vacaciones. “Don Cirilo” es el nombre de uno de sus campings. Grandes parcelas con luz, tomas, mesas, fogones y parrillas. Su costa de lago y una pequeña laguna nos sitúan en un lugar perfecto para armar nuestra carpa a la sombra de una gran Pehuén.

El recorrido para el primer día fue corto ya que solo disponíamos de la tarde. Un puente en una pequeña angostura une los Lagos Aluminé y Moquehue, ingresamos por él  al territorio de la comunidad Mapuche Puel. Encontramos un camino de piedra volcánica entre bosques de Pehuenes, trepadas, descensos, un cartel que reza: “Territorio ancestral recuperado” y una bandera Mapuche que nos recibe. No estamos en otro país, estamos en un territorio recuperado por la descendencia de sus habitantes originarios. Este circuito consta de unos 20 km recorriendo 4 lagunas y un camino hacia la costa del lago Alumine.

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Nuestras bicis disfrutan las bajadas en los caminos y sufren las trepadas, mi Tern Link D16 está modificada y sus cubiertas Kenda con tacos hacen delicias de conducción en la arena volcánica. Desde mi último viaje a las altas cumbres de Córdoba modifique mi bici para ésta ocasión, colocando ahora un Mega Range (piñon grande de 34 dientes) que me permite trepar todo (o casi todo, que no es lo mismo).

El descenso hacia la costa del lago es una interminable bajada de arena blanda, la bici flota en ella y la adrenalina brota. A la hora del regreso toda hermosa bajada se transforma en una penosa subida, pero estamos de vacaciones y haciendo lo que nos gusta, solo disfrutamos lo que podemos hacer unas pocas veces al año o en la vida, así que señores: no hay quejas. 

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Cerramos otro día con 40 km (90% arena volcánica) y un segundo asado (hay que recuperar proteínas).


Recorrido del día: 40 km

Altura máxima: 1210m

Distancia acumulada: 120km.

Asados: 2.


lagunas alumine

DIA 3: “CUANDO PA’ CHILE ME VOY, CRUZANDO LA CORDILLERA…”

Decidimos hacer el cruce lo más rápido posible para no tener otro contratiempo y poder alcanzar el objetivo original del viaje. Desde el camping a la frontera tenemos unos 15 km de asfalto en subida, y el paso se encuentra en los 1300m  de altura. Partimos con un equipaje liviano solo para el día hacia Chile. Un breve trámite en aduana y nos recibe la Patagonia Chilena. Luego de la foto en cartel de “Bienvenidos a Chile” y una ultima instancia de aduana, comienza un gran descenso por una ruta asfaltada hacia el pequeño pueblo de Icalma. Descubrimos un camino que bordea la laguna homónima y comenzamos a transitarlo. La tierra compactada y algo de ripio nos permite ir entre 10 y 15 km/h, mientras la pendiente nos ayuda. El paisaje cambia y aparecen las típicas casitas de madera de la región. La laguna de Icalma con un color verde majestuoso nos acompaña durante todo el recorrido; abriendo y cerrando tranqueras, cruzando puentes semi destruidos, tomando agua de los arroyos, esquivando cabras, chivos y aprovechando algún chapuzón.

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La vuelta a la laguna se convierte en pasado y pasa a ser recuerdo cuando llegamos nuevamente al pueblo de Icalma. Decidimos almorzar y buscamos un restaurante (o algo que se la perezca), ya que a esta altura no tenemos muchas exigencias, solo tenemos pesos Argentinos que amablemente son aceptados en nuestro destino. “Cazuela vacuna, pollo asado (“Tuto”- pata) o carne guisada” es el menú a elegir. Nunca me gustó el múltiple choice y menos cuando tengo hambre, así que con el miedo a equivocarme elijo la cazuela. País hermoso Chile salvo por su fanatismo hacia el “cilantro”; tengo mucho apetito y momentáneamente me olvido mi aprensión por ese condimento. Tremenda subida bajo el sol Trasandino nos despide de esta región.

Regresamos al camping luego de casi 8 horas de estar pedaleando en dos países, doble cruce cumplido. Estamos cansados para hacer nuestra ceremonia de asar carne sobre las brasas así que vamos a comer al pueblo. “Sorrento”es un pequeño bar/restaurante en Villa Pehuenia. Se los recomiendo, en especial sus ñoquis rellenos de jamón y muzza, acompañados de una cerveza tirada  de Aluminé. He aquí mi pequeño aporte de crítico gastronómico al recorrido ciclístico. Linda profesión sería crítico gastronómico en bicicleta… no les parece? (medito, me ilumino, y tengo mi próximo viaje ideado, ya se enterarán).


Recorrido del día: 60km

Altura máxima: 1350 m

Distancia acumulada: 160km.

Asados: 2.


chile

DIA 4: EL DÍA DEL VOLCÁN

Quedando dos días por delante, decidimos que es el momento para ascender a lo más alto del recorrido, inclusive más que el cruce fronterizo. A 14 km del camping se encuentra el acceso al volcán Batea Mahuida. Este es un territorio cuidado y administrado por la comunidad Mapuche, funciona en invierno una pequeña pista de esquí ideal para principiantes, y en verano se puede ascender (si la fuerza te acompaña) a la cima del volcán. Desde la entrada hasta la cima es todo subida, no hay descanso y no hay piedad para los ciclistas; piedra volcánica, algún arroyo y los últimos Pehuenes nos despiden camino a la cumbre.

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Cruzando a campo traviesa un terreno de piedra volcánica, llegamos al cráter del volcán. Allí una laguna es nuestro premio, bordeamos la misma y alcanzamos las últimas morenas de la temporada (nieve acumulada del invierno).Nuestro altímetro mide casi 1800 Mts de altura. Efímero tiempo que quedará grabado eternamente en mi memoria.

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Comenzamos el regreso y los 15 km que recorremos hasta la ruta son en bajada, nunca recorrí tantos kilómetros sin pedalear.


Recorrido del día: 40 km

Altura máxima: 1778m

Distancia acumulada: 200 km.

Asados: 3.


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DIA 5: VUELTA AL LAGO ALUMINE

Ciclistas locales que realizan excursiones nos dan el dato de que se puede circunvalar el lago Aluminé por un camino que no figura en los mapas turísticos. Allá vamos para despedirnos de esta aventura Patagónica. Ingresamos por el camino de las cuatro lagunas en el territorio Mapuche hasta la costa del lago copiando el recorrido del día dos y a partir de allí descubrimos un camino utilizado solo por los pobladores, bordea el lago atravesando campos de Pehuenes, pura arena volcánica y arroyos (algunos solo atravesables por 4×4). El agua cubre por completo la Tern y solo asoma el manubrio y asiento. En los últimos km nos recibe la ruta 23 con un hermoso serrucho que termina de destruir nuestros cuádriceps, unos km más de asfalto y llegamos al camping a tiempo para emprender el regreso programado a las 16 hs hacia Bs As. 

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Cerramos un tremendo recorrido de 60 km en el día para sumar un total acumulado de unos 260 kilómetros, promediando más de 50 km diarios, casi en su totalidad sin asfalto, prueba contundente de la fortaleza de mi Tern. Como dijo Charly García: “Ya no se más que hacer, no sé qué decir”

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El equipo de camping y las tres bicis son acomodadas en el auto, comienza el regreso. Por el espejo del auto puedo ver la imagen de las últimas montañas. Mañana por la noche esperamos estar en casa para brindar y despedir el año con nuestra familia, con nuestras bicis lo acabamos de hacer.

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Una bicicleta plegable en la montaña

Las bicicletas plegables están revolucionando la movilidad urbana en Buenos Aires. Con más de 2 años en el rubro, identificamos siempre las mismas inquietudes sobre este tipo de bicicleta: “¿Andan rápido?”;  “¿Hay que pedalear mucho?”;  “¿Son resistentes?”; “¿Se rompen?”. Decidimos entonces llevar una Tern al extremo, y comprobar las cualidades la misma.

El objetivo fue realizar el trayecto Copina-Cóndor-Copina, clásica travesía de mountain bike.  Preparé para esta aventura mi Tern Link D16. La única modificacion  que le hice fue cambiar las cubiertas originales (Schwalbe Kojak) por unas Kenda con tacos, imprescindible a la hora de circular con seguridad un camino de montaña.

-Etapa 1: “Cien años de soledad”-
Copina y El Cóndor son dos parajes ubicados en el Camino De Las Altas Cumbres en la provincia de Córdoba,  nacieron en el siglo pasado a principios de 1913 con la construcción de un camino en la montaña que uniria los valles de Punilla y de Translasierra.  En la década de los 80, con la construcción de un tramo asfaltado alternativo, estos parajes prácticamente desaparecieron y solo un día al año vuelven a tener vida con la realización de una etapa del ya clásico Rally de Argentina.
Un tramo de 18km une estos dos lugares. Es un típico camino de montaña, duro y pedregoso, con la particularidad de que hay que ascender desde los 1448 msmn hasta 2200 msmn.

Comenzamos a pedalear en Villa Carlos Paz (600 msnm). La ruta hasta Copina es de asfalto. En los primeros kilómetros de ruta, si bien extrañé las cubiertas originales (Kojak), me adapte rápido a los tacos en el asfalto y pude mantener un promedio de 20/25 km/h.

Una pequeña recta de unos 500 mts en Bajada me permite probar la bici a fondo. La ciclocomputadora marca 52 km/h, la estabilidad de la bici es asombrosa y la inercia me permite adelantar aún sin pedalear a mis compañeros en MTB.

Luego de 25km aparece un desvío a la derecha con un camino en bajada y como única referencia una pequeña casa. 5 km más y llegamos a Copina.
Recorrimos 40km desde Carlos Paz y estamos a 1448 msnm.
Hacemos una pequeña parada en este caserío, no hay ningún lugar para comprar salvo un pequeño quiosco donde hay más bebidas alcohólicas que alimentos para la venta.
Miro los árboles y están cubiertos de líquenes, clavel del aire y barba de viejo, síntoma de aire puro y polución cero.
Algún poblador curioso se asoma por una ventana, otro sale raudamente de una casa y se mete en otra, por un momento me acuerdo del pueblo de “Macondo”.
Comienza el ascenso a El Cóndor, tenemos 18km por delante para llegar hasta los 2200 msnm, somos los únicos locos que subimos ya que la mayoría hace el camino inverso.

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Me despido del plato grande de mi Tern  D16, entra en acción el plato de 39 dientes y juego con los piñones. Los tacos de la Kenda se agarran como garras al piso y solo es cuestión de pedalear. La bici trepa y en ningún momento se traba, comienzan a aparecer los famosos puentes colgantes, es inevitable parar a sacar fotos, atrás y a lo lejos se ve el lago San Roque, da miedo ver lo que ascendimos.

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Cargamos agua en las vertientes y devoramos barritas de cereal. En el último tramo de este camino está la parte más difícil, el cansancio y lo empinado del camino nos acompañan en las últimas horas de luz del día. A lo lejos vemos las antenas en la cumbre, es el faro a dónde nos dirigimos, pero siempre que  parece ser  la última curva, aparece otra.

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Finalmente llegamos. No se si algun ciclista hizo este recorrido con una plegable antes, pero me tomo el atrevimiento de autoproclamarme como el primero. Una auténtica locura, la confianza que tenía en este producto se confirmó.

-Intermedio-
Cansados y con un poco de frío llegamos al “Parador El Condor”. Como un oasis nos recibe en medio de la nada, y todo lo que un aventurero en dos ruedas puede esperar está en este lugar: Comida, Refugio, y más comida.
Si hablamos de calorías consumidas en el ascenso, creo que fueron recuperadas en pocos minutos.
Alquilamos unos cómodos dormis para pasar la fría noche en la montaña.
Una gran cena en el salón del parador, un baño de agua caliente y una buena cama. Este es el premio completo a una dura jornada de bici.
El sol se filtra por las rendijas de la ventana y me invita a despertarme, el salón comedor cobra vida nuevamente y nos encontramos con gente que tal vez estará solo unos minutos de su vida en este lugar. Un buen desayuno y las consabidas explicaciones a algún curioso que pregunta como subimos con esa bici “chiquitita”.
Chequeo rápidamente la bicicleta.

Bisagras: el sistema OCL, que equipa a la mayoría de las Tern, se comportó de una forma increíble, ningún juego ni ruido, sin dudas es el mejor sistema de bisagras del mundo de las plegables.

Frenos: Si bien en subida prácticamente no los usé. Controlo el estado y los preparo para un uso extremo en la bajada.

Cambios: Entran todos perfectamente y la pata del descarrilador, que a la vista parece muy expuesta a los golpes, no tiene ni una marca.

Ya estamos listos para lo mejor del fin de semana: el descenso.

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-Etapa 3: “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”-

Cuarenta, tan solo 40 minutos nos llevó lo que ayer fue un etapa maratónica de subidas interminables, pero como dice el dicho: lo que difícil viene, fácil se va.
Empezamos a bajar. Parado en los pedales tirando el peso hacia atrás y tratando de copiar los peraltes y esquivar las rocas, duelen los gemelos y las manos, pero el viento en la cara y la vista del valle me hacen olvidar todo. En la inmensidad de la montaña el hombre-ciclista se reencuentra con su espíritu de niño y se divierte como bajando por un tobogán.
Los frenos chillan luego de pasar por el agua que cruza el camino pero no pierden eficacia, el poste de manubrio es rígido y me permite exigirlo, en las curvas cerradas y derrapando en los ángulos cerrados la D16 baja velozmente , chequeo la computadora y la velocidad máxima me marca 42 km/h, en un terreno donde no hay rectas largas, es increíble para una plegable.

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Llegamos a Copina, nos queda el camino a Carlos Paz y es todo en bajada, poco tránsito y bajando se puede observar quien sube, así que podemos correr a gusto y ocupar toda la ruta cortando las curvas. Alcanzo una máxima de 62 km/h.
El viaje llegó a su fin y no quiero mirar atrás, creo que ya estoy extrañando la montaña. Mientras pedaleamos hasta el auto para iniciar el regreso a Bs As agendo a Copina – El Condor – Copina como uno de los 10 recorridos que un ciclista no debería dejar de hacer en Argentina.

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24 hs en New York (con Tern)

No estaba en mis planes, lo juro, pero sin pensarlo me encontré un día pedaleando por las calles de New York. Todo empezó con un cambio de pasajes que me obligó hacer una larga escala en medio de un regreso a Buenos Aires, desde Miami.
Mi primer pensamiento fue como pasar un día entero esperando mi próximo vuelo y no morir en el intento. La respuesta estaba ahí, ya que entre mi equipaje viajaba mi bicicleta plegable.
“Las únicas cadenas que te dan libertad son las de la bicicleta” leí en un graffiti de Valparaíso, Chile. Pero esa es otra historia.

LaGuardia 12.00 AM
Llegar a medianoche a una ciudad con un idioma y costumbres desconocidas, me hizo pensar que lo mejor sería dormir en el aeropuerto hasta que salga el sol. Una película de Tom Hanks me había mostrado que era posible hacerlo.
Una improvisada sala de descanso acogió mi sueño. No conté ovejas pero estoy seguro de la cantidad de veces que se abrió la puerta automática del lugar. La madrugada más larga que recuerdo desde aquellas del mundial de Japón.

Manhattan 07.00 AM
En Buenos Aires el 60 te lleva a casi todos lados. Saliendo del aeropuerto de La Guardia, el M60 es la salvación. Un colectivo articulado con buena capacidad que te lleva hasta Manhattan. El sol está saliendo y empiezan a aparecer las primeras imágenes de la ciudad. Luego de media hora de viaje me bajo en Broadway y 125. Estoy en pleno Harlem. No me animo a tomar el subte en hora pico con dos valijas. Con varias horas por delante hasta el check-in del hotel, empiezo a caminar las 50 cuadras que me separan de él.
Las postales son hermosas. Empiezo a recordar películas.

Manhattan 10.00 AM
El hotel que tenía reservado era el Y.M.C.A. Sí, el mismo de la canción de Village People. El mismo pertenece a la Asociación Cristiana de Jóvenes y funciona como guardería, colegio, colonia y hotel. Dudé si entrar pero la dirección y el cartel me aseguraban que había llegado a destino.

Tern bag, New York

Tiré todo en la habitación y de rápidamente armé mi Tern, cómplice de una aventura una vez más.
Desde que dejé la habitación hasta que salí a la calle, más de una mirada me siguió, o mejor dicho, a mi bici. Me sentí feliz.
Estoy a media cuadra del Central Park. Lo primero que decido hacer es alimentarme.
En la esquina sur-este del parque está la estación Columbus Circle (Colón para nosotros). Ya están dispuestos los puestos de comida en la calle. Procedo a atacar uno de la cadena Jalal, del cual elijo un Falafel completo. Creo que un “not hot, please” hubiera funcionado pero ya era tarde, no me hizo falta entrar en calor antes de subirme a la bici.

Manhattan 12.00 PM
Entro al Central Park para chusmear un poco aunque la idea es dejarlo para la mañana siguiente. El día esta hermoso y arranco a recorrer los puntos emblemáticos. Saco una foto en la intersección entre la Sexta Avenida y la 59, que es una de las que mejor refleja esta ciudad.
Rara esquina la de la Quinta y 59, hay un terreno de unos 20 x 20 metros que supongo valdrá varios millones. Los dueños de este lugar decidieron no construir ningún edificio, solo un cubo de vidrio de unos 10 x 10 x 10 metros, con una puerta y una escalera que te dirige a lo que pareciera ser un gigantesco sótano. La única imagen que se ve en la entrada del lugar es la de una manzanita.
Decido no bajar, sigo camino.

Tern New York Apple Store

Manhattan 1.00 PM

Estoy pedaleando entre taxis amarillos por la Quinta Avenida. ¡Esto es Nueva York! A unos metros el MOMA. Luego la catedral de San Patricio, la iglesia neogótica más grande de América. Imponente. Y muy cerca de ahí y aún más imponente, se encuentra el EmpireState. Levanto la vista y aunque no esta King Kong en la cima lo puedo imaginar.

Tern New York

Sigo pedaleando y una fixie tripulada por una chica llena de tatuajes y completamente calva me pasa esquivando de forma suicida a varios taxis. No la corrí.

Manhattan 2.00 PM
Gente, mucha gente. Caminando, almorzando, leyendo, patinando.
Paro a sacar unas fotos y un señor que limpia el lugar se aproxima. Se muestra interesado en mi bicicleta plegable y me pregunta donde la compré. Le muestro como se pliega y lo práctica que es. Le doy mi tarjeta personal. Estoy en medio del Rockefeller Center y casi vendí una bici.

Manhattan 2.30 PM
Hace 24 horas estaba en Wynwood (Miami), ahora en el Soho.
Tony Goldman remodeló ambos barrios, que pasaron, de ser sectores peligrosos y abandonados, a turísticos y reconocidos mundialmente. Él decía que estos barrios olvidados con casas amplias y baratas atraían a los artistas, que los artistas atraían a sus clientes y que estos, aparte de arte necesitaban comer y hacer compras. Así de fácil y mágicamente hizo crecer a estos lugares. Hoy cuando decimos Soho, decimos mucho.
Saco fotos, observo los bares, los edificios reciclados, las escaleras en sus frentes y las que se internan en las entrañas de curiosos negocios.

Manhattan 3.30 PM

Little Italy y Chinatown , dos pequeños barrios separados por una avenida. De un lado los carteles me llaman, prosciutto y mozzarella entre otras tentaciones. Del otro no los entiendo pero abunda la comida , las salas de belleza y los comercios de chucherías.
Un gigantesco camión de bomberos pasa velozmente por la avenida, nadie se sorprende, todo sigue al mismo ritmo frenético.

Tern Little Italy

Tern China Town

Manhattan-Brooklyn 5.00 PM
Estoy en la subida del puente de Brooklyn. Cientos de personas en el camino peatonal que va por arriba del puente, nadie necesita cruzarlo, todos estamos haciendo lo mismo. Cual peregrinación de lado a lado, la gente avanza por un camino de unos 5 metros de ancho. Mitad peatonal, mitad para bicicletas. Todos respetan las flechas de señalización, o casi todos. Llego a Brooklyn y fantaseo con encontrarme a Woody Allen, con el cine de “La rosa púrpura del Cairo”, con las calles de “Días de radio”. Me quedaría a vivir esas historias pero tengo poco tiempo.

Tern Brooklyn Bridge

Memorial Center, Manhattan, 6.00 PM
Todo lo fantástico se vuelve solemne. El monumento deja a todos en silencio, solo se escucha el obturador de alguna vieja réflex y el agua. Son simplemente dos caídas de agua, y de ninguno de sus cuatro lados se ve el fondo. Por un lado aterra y por otro incomoda.

Tern Memorial Center

Manhattan 7.30 PM
Me pierdo en la belleza del este de la ciudad y acompaño por un momento el éxodo diario de los trabajadores que regresan a sus casas. A lo lejos puedo observar una gigantesca figura con una antorcha en su mano, Cae el sol en la ciudad que “nunca duerme” y necesito comprobarlo.

Manhattan 10.00 PM

Times Square no es grande. Está concentrado, como en el inicio, como en el Big Bang. Son solo unos trescientos metros pero las marquesinas y sus luces están en todos lados. Publicidad, consumismo y gente, mucha gente.
Radio City Music Hall, Carnegie Hall, los iconos del teatro y música en Manhattan.

Tern Times Square

Manhattan 11.55 PM

El día se acaba y me doy cuenta que tengo hambre, hay mucho para elegir pero me decido por la clásica pizzería al corte. Como en cualquier boliche de la avenida Corrientes, entro con la plegable, nadie mira ,todos comen. El muchacho Pakistaní me da cuatro porciones que empatan a una grande de las nuestras. Calmo mi apetito mientras planeo el día siguiente.

Manhattan 07.00 AM

No hizo falta el despertador. De un salto me levanto de la cama y en menos de 10 minutos estoy en la calle.
Cruzo la avenida y entro al Central Park. Cae una pequeña garúa, pero nada me detiene. Este parque es fantástico. Es el horario justo, no hay turistas y los pocos valientes que están corriendo o pedaleando me acompañan. Los edificios en el horizonte son los faros que me guían para no perderme. Doy una vuelta completa, unos 12/15 km tal vez. No voy a describir este lugar, las fotos hablan por sí solas.

Tern Central Park Lake

Tern Central Park Bridge

Manhattan 09.00 AM
Desayuno en un puesto saliendo del parque y arranco para hacer la costa oeste de la isla. Un extenso parque bordea el Río Hudson de sur a norte. Las ruedas de mi Tern giran velozmente mientras disfruto de la vista. El parque termina en un hermoso barrio con caserones muy antiguos perfectamente conservados y con un nombre que es perfecto para describir la situación. Estoy en Morningside Heights. Si tengo que elegir, este es el lugar de Manhattan en el que quisiera vivir.

Harlem, Manhattan, 10.30 AM

Fantástico. Dudaba en recorrerlo pero por suerte lo hice, las veredas repletas de gente, tanta que camino con la bici al lado para no molestar, trabajadores en su mayoría, ningún turista, camino y siento el barrio. Veo una pizzería al corte y no puedo evitar entrar. Mientras como algo, estoy varios minutos observando la gente, mirando por la ventana el ritmo de todo.
Las imágenes me absorben, me abstraigo por un momento y soy uno más. Me pellizco y es verdad, estoy comiendo una porción de muzza junto a mi bicicleta plegable en un bar en el Harlem. Tacháme la doble.

Manhattan 11.00 AM

Dejando atrás Harlem oeste y el barrio dominicano, bajo por la avenida York dirigiendome a Yorkville. Paso especialmente a conocer el famoso local NYCeWheels, donde venden bicicletas plegables. No me hizo falta comprar , mi Tern viaja siempre junto a mi.

Manhattan 12.00 PM
Regreso al hotel, recojo las valijas y me quedan por tomar dos subtes y un tren para llegar al aeropuerto.24 horas recorriendo y descubriendo una ciudad fantástica desde arriba de la bici.

Tern Columbus Circle

Mientras el avión carretea en el JFK pienso en que otra ciudad me gustaría hacer una escala, y recuerdo aquel grafiti: “Las únicas cadenas que te dan libertad, son la de la bicicleta”.